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Cecilia Landa, investigadora de la Facultad de Filosofía de la UAQ. /foto: Especial

Querétaro celebra la independencia de México


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De acuerdo con estudiosos de la historia de México, los criollos iniciaron el movimiento que tenía como única finalidad la autonomía y la igualdad política

Redacción

Hoy se cumplen 209 años de que la población de la antigua Nueva España se levantó en armas contra la monarquía en busca de su independencia. ¡No! ¡Corrijo! No fue toda la población y tampoco planeaban independizarse.

De acuerdo con estudiosos de la historia de México, los criollos iniciaron el movimiento que tenía como única finalidad la autonomía y la igualdad política, respecto a los miembros de la monarquía, pero una vez iniciado el –desenfrenado– levantamiento ‘de armas’, la gente de élite prefirió replegarse tras los muros de sus haciendas.

Mientras tanto, indígenas, campesinos, jornaleros, agrícolas, mineros, gente sin trabajo e incluso expresidiarios –la gente más pobre– lucharon con piedras, palos, hachas y demás herramientas de trabajo.

Pero ¿contra qué o quiénes luchaban? Ni siquiera ellos los sabían, asegura Cecilia Landa Fonseca, profesora e investigadora de la Facultad de Filosofía de la UAQ y autora del libro ‘Querétaro siempre fiel, baluarte realista durante la guerra de independencia’, ganador del premio Alejandrina a la investigación.

Además, asegura, el hambre que padecían y la esperanza de saciarla de manera inmediata incitaron al pueblo a unirse a la lucha iniciada por los ‘héroes que nos dieron patria’.

 

Cecilia Landa, investigadora de la Facultad de Filosofía de la UAQ. /foto: Especial

DE LAS TERTULIAS A CASI 400 MIL MUERTOS

Corrían los primeros años del siglo XIX y por amor a María de la Natividad Josefa Crescencia Ortiz Telles Girón, el corregidor Miguel Ramón Sebastián Domínguez Trujillo Alemán mandó a traer hasta su hacienda (ciudad de Querétaro) a un cura para “sacar el diablo” o “como mínimo sometiera” las palabrerías que con frecuencia saltaban de la cabeza de su esposa:

Cura: “Alguien dijo, que dijeron, que dijiste tú, que algún día nos separaremos de misóginos abusivos. ¿Es correcto?”

Josefa: “Sí, señor cura.Tenemos cultura que nadie nos obsequió, padre. ¿Colonizarnos? ¡Pamplinas! Bandidaje, invasión”.

Cura: “Cuida tus expresiones hija. Cuida la vida”.

Josefa: “Antes que la vida misma señor cura, será la libertad y la dignidad”.

Cura: ¡Hija! Explícame, ¿qué platicas?

Josefa: “Esto es inminente. Es cuestión de tiempo, cura, mediato por cierto: Francia invadirá tierras de Dios” –Fernando VII ya no dirigía el Imperio español y en su lugar se había impuesto el mando del rey de Francia, José Napoleón Bonaparte–.

Cura: ¿Qué cosas dices, hija?

Josefa: Si el factor concurriera (la libertad de España), usted podría obtener la independencia y cada cual su por qué… Señor cura, me aprecio de que esté usted en mi casa y que se quede a una plática que será a las 07:00 en punto. ¡Le aseguro que regresará pronto!”

Cura: Me quedaré, hija. ¡Me quedaré!

 

Dramatiza el guía turístico Enrique Landa Verde, mientras los paseantes miran las estructuras del que fue escenario de aquel intento de “exorcismo”; después, guarida de reuniones secretas, y hoy, el Palacio de Gobierno de Querétaro.

Esas tertulias de poesía, música, brindis e intriga política se hicieron más frecuentes entre Josefa Ortiz de Domínguez, el corregidor Miguel Domínguez, los hermanos Epigmenio y Emeterio González, el licenciado Parra, Ignacio Allende, Juan Aldama y el cura Miguel Hidalgo y Costilla, estos últimos provenientes de la zona del Bajío, de acuerdo con Landa Fonseca.

“Se empieza a discutir y a definir una estrategia para tomar las riendas del control político (de la Nueva España)”, agrega Blanca Esthela Gutiérrez Grajeda, doctora en Ciencias Sociales con especialidad en Cultura Política y con 35 años de experiencia en investigación.

Pero las voces corrieron hasta llegar a oídos de don Juan Ochoa, quien de manera inmediata notificó al virrey lo que en Querétaro se tramaba. Pronto llegaron a la casa del corregidor las tropas imperiales en búsqueda de Josefa. “Considero que son muchos hombres armados para venir a arrestar a una mujer”, exclamó ella.

Luego dio tres campanazos para anunciar a su fiel servidor, Ignacio Pérez Álvarez, que su vida estaba en riesgo y que con urgencia debía cabalgar hasta Dolores para avisar al cura Miguel Hidalgo que su plan había sido descubierto.

“¡Son unos cobardes! No aman al pueblo, no aman a su patria. Dejen las armas, dejen de defender a un rey extranjero y ¡únanse a nuestra causa!”, reclamaba ‘la Corregidora’ a los miembros del Ejército que la llevaban presa a la Ciudad de México, dice Gutiérrez Grajeda. En tanto, en el Bajío durante aquella madrugada del 16 de septiembre deja de ser tranquila, serena.

“Lo que sorprende es que en menos de una semana, buena parte del Bajío estaba levantada en armas”, agrega Gutiérrez Grajeda. También, asegura que la velocidad con que creció el movimiento –alejado por siglos del internet y las redes sociales– se debió a que “Había muchos agravios y mucha inconformidad política.

Los criollos tenían un enorme poder económico, pero no político, y los campesinos, los indígenas, tenían sus propias demandas”. La imagen popular y la cercanía que tenía con el pueblo hicieron que gran parte de este se uniera a las tropas del cura Miguel Hidalgo.

Sin embargo, la cantidad de integrantes rebasó la capacidad de orden y posibilidades económicas del cura.

“Eran ríos y ríos de gente, sin orden, sin formación, sin armamento y con hambre. Llegaban a las haciendas y las saqueaban e Hidalgo se los permitía para poder alimentarlos, porque no tenía con qué pagarles”, agrega Landa Fonseca.

Pese a que en un inicio el pueblo no tenía claro cuál era el objetivo de los criollos, de la élite de la Nueva España, ellos no tardaron en emitir sus demandas: “tierras, abolición del tributo y abolición de la esclavitud”… “La conciencia de independizarse se fue dando de manera paulatina a lo largo de los más de 10 años” que duró la guerra peleada con “piedras, palo, hoces, hachas, sus instrumentos de labranza con los que trabajaban”, añade.

Llegó el año 1821 y con él una nueva república, que nadie sabía dirigir, detalla Landa Fonseca y añade que otro resultado, perdido en la historia, son las 300 a 400 mil personas que acabaron en los panteones del naciente México.

 

“OBTUVIERON MUY POCO O ¡NADA!”

Al preguntar a las expertas sobre qué ganó el pueblo una vez consumada la independencia, la respuestas de Landa Fonseca y Gutiérrez Grajeda son las mismas: nada. “Así inmediatamente no ganaron nada, solo derramamiento de sangre, si acaso el botín de manera inmediata que les dio de comer.

En muchos casos perdieron, porque muchas haciendas se destruyeron, (quienes tenían) los capitales peninsulares huyeron, no hubo con quien ir a trabajar. Se quedaron ¡con sangre y con más hambre!”, lamenta Landa Fonseca.

Para colmo, “vuelven a ser los criollos, las élites novohispanas, quienes ganan y pierden los campesinos y los indígenas”, destaca Gutiérrez Grajeda. Según Landa Fonseca, hasta la actualidad se generan grandes debates respecto si hubo cambio o no en México después del 27 de septiembre de 1821, sin embargo ella asegura que no. “¡Completamente falso!.

México siguió siendo casi el mismo, pero ya sin tener instituciones. Los Gobiernos nacionales quisieron conseguir los mismos privilegios que la Corona había tenido sobre la Iglesia… seguir administrando el diezmo para poder ejercer los recursos” y “México necesitó casi 70 años para recuperarse”, dice Gutiérrez Grajeda. “El erario estaba en bancarrota”, replica Landa Fonseca.

Francisca, una otomí sin educación y que vive en la pobreza. /Foto: Especial

“¡YO ESTOY CIEGA, PUES!”

Hoy, a días de cumplirse 198 años de que se consumó ‘la independencia’, se les preguntó ¿en qué condiciones se encuentra el pueblo mexicano? a las dos expertas y también a Francisca, una indígena otomí de 42 años que hace y vende las tradicionales muñecas de Amealco en el centro de la ciudad de Querétaro –que en realidad, dice, no se llama Lele (carne y hueso), sino Ardonchú (trapo).

De nuevo las respuestas concuerdan. “Cuando uno empieza a estudiar, nos damos cuenta que hay una historia alterada… No voy a decir que estamos en la gloria, sigue habiendo mucha pobreza”, dice Cecilia Landa Fonseca.

En tanto, Blanca Esthela tiene una lista más larga por mencionar. “Hay viejas demandas de los llamados grupos subalternos (campesinos, indígenas). Todavía viven en condiciones donde ni la Independencia, ni la Reforma, ni la Revolución les ha hecho justicia.

¡Viven prácticamente en condiciones de semiesclavitud!”, exclama. Al ser cuestionada de en dónde se encuentran, sin titubear menciona a Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Morelos, Puebla y Michoacán. ¿Y en Querétaro, no hay? preguntó.

“Hay zonas donde los niveles de pobreza son escandalosos: Arroyo Seco, algunas zonas de la Sierra Gorda, donde siguen todavía los cacicazgos, las condiciones de esclavitud y opresión que había.

En Amealco también hay zonas terriblemente abandonadas”, respode Gutiérrez Grajeda. La intención de por fin cambiar este panorama y “volver a generar un nuevo reparto de la riqueza nacional, que permita hacer justicia a estos grupos”, que históricamente han pertenecido a la clase baja, se reaviva con el actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, “al menos a nivel discursivo”, añade la especialista.

No obstante, aclara, actualmente existen grupos que luchan contra “los megaproyectos que este Gobierno pretende impulsar”, porque “de lo poco que les queda (a los indígenas) estos proyectos llegan y arrasan con todo”.

En otro punto de la ciudad –lejos del ambiente de una oficina– Francisca, silenciosa y hábilmente, coloca cabello a una de las decenas de muñecas que a medio empezar carga en su canasto.

Decenas de indígenas otomíes se dedican a vender sus artesanías en el Centro de la ciudad de Querétaro. /Foto: Especial

A titubeos intenta expresar lo que su cuerpo desde lo lejos reclama y pone en evidencia: para los de su gremio, México aún sigue en el siglo XIX. Tras unos segundos de espera, por fin dice: “¡No! Haz de cuenta que yo estoy ciega pues, porque una hoja yo no la sé leer”.

Tras ser interrogada sobre si cree que le darían trabajo en otro lugar, vuelve a decir: “No, pues no sé leer”.

Ella se identifica como alguien pobre, económicamente hablando, y cuenta que vive pobre, como sus padres, y se dedica a lo mismo que sus padres.

Se le pregunta si sabe por qué las cosas no han cambiado y vuelve a su boca ese no, ahora acompañado de una expresión de que jamás se lo había cuestionado o quizá nadie se lo había preguntado. Tiene cinco hijos, el menor entró este año a la primaria y el más grande estudia la secundaria.

Ella vive sola, porque su esposo falleció y es Ardonchú quien ahora la mantiene; quizá por eso la defiende con tanta vehemencia cuando una mujer llega a pedirle una muñeca con cabello güero.

“Tú sabes que aquí nadie tiene el pelo güero. Todos lo tienen negro”, reclama. Para darles un mejor futuro a sus hijos, Francisca buscará pagarles hasta la educación secundaria, porque no es ‘gratuita’ y no le alcanza para más.

Mientras se levanta de la banqueta y recoge sus estambres y telas –porque los inspectores no las dejan estar sentadas– lanza otro reclamo al aire: “Más aparte el Gobierno nos engañó, dijo que nos iba a dar apoyo y en lugar de que nos dé, nos quitó”. Educadamente se despide y avanza invadiendo por completo la banqueta, pues es mucho lo que carga.

Se pone su sombrero, ese que logra cubrir su cara de los rayos del sol, pero que no logra hacer lo mismo con la realidad que ella vive y vive México. Hechos que año con año quedan en el olvido con un telenovelesco ¡Viva México!

AM




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