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¿Por qué tantas madres sienten que son un fracaso?

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Un estudio anterior a la aparición del coronavirus reveló que los hijos señalan que el mayor problema de sus madres es el mal genio; solo 41 por ciento no grita tanto./Foto: Pexels

A un año de la pandemia, las exigencias de hijos, casa y trabajo ha causado que vivan en medio de interrupciones

Jennifer Senior/NYT

Los padres han sufrido durante esta pandemia; en especial, las mamás. Lo sabemos gracias a las redes sociales y los medios de comunicación tradicionales, a las encuestas y a los estudios. Los niveles de depresión y ansiedad materna pueden variar (de acuerdo con el nivel socioeconómico, el estado civil, así como las edades y las necesidades de sus hijos), pero al parecer el hecho constante es que son niveles elevados.

¿Por qué? Las madres han perdido de manera desproporcionada sus empleos y su seguridad económica durante esta pandemia y las cargas de la vida familiar recaen de forma desproporcionada sobre las que sí trabajan. El Estado les ha fallado rotundamente.

No obstante, ¿por qué tantas madres que conozco sienten que son un fracaso en este momento? Es evidente que los problemas con los que lidiamos no son obra nuestra.

Nosotras no soltamos una enfermedad zoonótica nueva en una población humana indefensa de miles de millones de personas. No cerramos nuestras escuelas ni pusimos fin a las citas de juego ni suspendimos la socialización de los adultos.

Entonces, ¿por qué estamos tan ocupadas culpándonos de las consecuencias del caos histórico? ¿Puede explicarse tan solo por la propensión de las madres a la autorrecriminación casual?

Tal vez en parte, pero también tengo una humilde hipótesis: esta pandemia ha provocado (no en todos los casos, pero sí en muchos) que nos sintamos más inseguras acerca de aspectos de nuestra forma de criar.

En este momento nos encontramos en medio de una crisis global que parece diseñada a la perfección para hacernos más malas. Estamos encerrados. Estamos aislados y no logramos encontrar la fluidez (mientras trabajamos, cuidamos, cocinamos y limpiamos) porque las exigencias de los hijos, la casa, el trabajo (si tenemos la suerte de seguir teniendo uno) chocan entre sí y subdividen nuestros días en intervalos de actividades de dos minutos antes de cambiar a otra cosa. Todo son interrupciones, todo el tiempo.

Esta disposición garantiza la presencia de mechas cortas y eso es exactamente lo que escuchamos cuando la pandemia llega a su primer aniversario: las madres están perdiendo la cabeza.

Por ejemplo, tomemos el nada insignificante asunto de nuestro temperamento. Hace más de 20 años, Ellen Galinsky, presidenta del Families and Work Institute, tuvo la idea de encuestar a más de mil niños, cuyas edades oscilaban entre los 8 y los 18 años, acerca de cuál era su visión respecto a sus padres trabajadores. Los resultados fueron muy alentadores, en realidad, desde el punto de vista de una madre trabajadora agobiada por la culpa: solo el diez por ciento de los niños deseaba que sus madres tuvieran más tiempo para ellos.

No obstante, ¿cuál fue el único aspecto en el que las madres tenían mucho margen de mejora?

¿En qué aspecto sacamos la peor nota?

El control del mal genio.

Solo el 28 por ciento de nosotras obtuvo un sobresaliente y el 41 por ciento recibió un suficiente o no aprobado. Muchas de nosotras gritamos mucho más de lo que les gustaría a nuestros hijos, incluso en las mejores circunstancias.

Nosotros también lo sabemos, muy en el fondo. Como dijo la novelista Fay Weldon a The Independent en 1991: “Solo cuando tienes hijos te das cuenta de que no eres una persona agradable en absoluto”.

¿Acaso no es lógico, dado el aumento de nuestros niveles de angustia, que parte de eso se manifieste en forma de gritos? Como me escribió una madre de niños pequeños: “Nunca he sido una persona paciente, pero este año he gritado o regañado a mis hijos con una frecuencia que me ha sorprendido y asustado (directo a terapia psicológica)”.

En diciembre, The New York Times abrió una línea telefónica para que las madres pudieran desahogar su furia en privado. “Llamaron cientos de personas”, afirmó en una entrevista reciente Jessica Grose, columnista del Times especializada en paternidad. “Muchas de ellas lo hicieron gritando, con gritos guturales y muchos improperios”.

Es algo retorcido. La pandemia ha agudizado algo que ya era motivo de vergüenza para muchas de nosotras.

La falta de autorregulación no es lo único que he escuchado recientemente. Si conversas con una muestra amplia de madres, una buena parte te dirá que están convencidas de que no hacen lo suficiente por sus hijos.

Sí, sí, sí, saben, en algún nivel abstracto, que nuestro gobierno no ha hecho su trabajo y así ha sido durante años. Nuestras escuelas públicas están mal financiadas, mal ventiladas y sobrecargadas de obstáculos burocráticos, lo que significa que muchas de ellas no han podido estar a la altura del reto del aprendizaje sostenido y presencial; nunca hemos tenido guarderías asequibles en Estados Unidos y desde luego no las tenemos ahora.

No obstante, eso no impide que las madres se reprochen a sí mismas, por no estar al tanto del plan de estudios a distancia; por no reprender a los hijos lo suficiente por sus tareas; por delegarle el cuidado de los niños a la computadora, a pesar de que es ahí donde la mayoría de estos niños ve a sus amigos hoy en día… divagando en la bruma del ciberespacio.

En general, se culpan a sí mismas por no encontrar maneras interesantes de hacer que este tiempo sin precedentes tenga sentido. Una madre de dos adolescentes me escribió lo siguiente:

Todo esto está remodelando la vida y la visión del mundo de mis hijos y no estoy haciendo mucho para ayudar con esa remodelación. No tenemos nuevas tradiciones familiares. No estamos haciendo voluntariado. No hemos ampliado nuestra comunidad. Vemos mucha más televisión y con frecuencia lo hacemos solos. Nos peleamos por rompecabezas y juegos de mesa y nuestra familia extendida odia Zoom.

Sin embargo, una vez más, no puedo evitar notar que nos preocupamos por las mismas cosas que nos hacían sentir incompetentes antes de que comenzara la pandemia. En el estudio de Galinsky, a los alumnos de séptimo a duodécimo grado se les hicieron preguntas ligeramente diferentes sobre sus padres que a los niños más pequeños. Las madres seguimos obteniendo la peor puntuación en el control de nuestro temperamento, pero obtuvimos casi la misma puntuación en “saber lo que está pasando en realidad” en la vida de nuestros hijos (el 35 por ciento de nosotras obtuvo un sobresaliente) y en “establecer rutinas y tradiciones familiares” (el 38 por ciento).

Al parecer, muchas de nosotras nacimos con una paciencia limitada y una imaginación promedio para divertirnos en familia. (Me incluyo. Mi idea de variedad pandémica consiste en encontrar películas de Paul Rudd cada vez más oscuras); sin embargo, aquí estamos, enfrentándonos a una catástrofe de categoría 5 que nos obliga a echar mano de los escasos recursos de la familia nuclear y de nuestros cerebros sumamente ordinarios (y a estas alturas sobredimensionados) para idear formas de afrontarla.

Es difícil saber cómo consolarnos en este momento, pero, en lo personal, lo que me ha parecido de mayor utilidad es lo siguiente.

Con respecto a nuestra falta de autorregulación: como le gusta decir a Galinsky, es imposible crecer sin conflicto. Si sentimos que tenemos más momentos de tensión y enfado estos días, eso significa que también hay más oportunidades de reparación.

En cuanto a nuestra supuesta falta de compromiso: tenemos que recordar que la familia nuclear nunca nunca ha sido suficiente para criar a los niños. Incluso en 1962, una época de apogeo de las madres y las tartas de manzana en la vida estadounidense, nada menos que Benjamin Spock escribió:

La mujer que se fastidia ante la monotonía de la crianza de los hijos (y supongo que a la mayoría de las madres les sucede en ocasiones) en realidad recibe un ataque desde dos frentes: la separación de la compañía adulta y el estar enfrascada en las continuas exigencias de los hijos. No creo que la naturaleza haya querido que esa relación fuera tan exclusiva.

“Somos tan individualistas que nos consideramos responsables de nuestros éxitos y fracasos”, me comentó Galinsky cuando la localicé la semana pasada vía telefónica. “Mientras que yo he visto cómo el sistema de cuidado de los niños se tambalea al borde del colapso, he visto cómo las escuelas avanzan y retroceden respecto a lo que es seguro. ¡No deben esperar que seamos maestras! No lo somos. Los profesores son profesores y ahora podemos apreciar cuán buenos son los buenos”.

En efecto. “En una situación positiva, añadió, podemos ser los padres que queremos ser. En las negativas es mucho más difícil”.

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