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Así es como el COVID-19 nos mostró cómo descompusimos el mundo

Si las semanas recientes nos han enseñado algo, es que el mundo no solo está desgastado, sino que también es frágil. Y nosotros mismos lo hicimos así, con nuestras propias manos descompusimos el mundo.
Casas inundadas por el huracán Harvey en Beaumont, Texas, el 21 de agosto de 2017. / Foto: The New York Times
   

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Si las semanas recientes nos han enseñado algo, es que el mundo no solo está desgastado, sino que también es frágil. Y nosotros mismos lo hicimos así, con nuestras propias manos descompusimos el mundo

Thomas L. Friedman / The New York Times

Tan solo miremos a nuestro alrededor para ver cómo descompusimos el mundo. A lo largo de los últimos veinte años, hemos eliminado de manera constante amortiguadores, respaldos, regulaciones y normas, tanto naturales como hechos por el hombre, que proporcionan resiliencia y protección cuando los grandes sistemas –ya sean ecológicos, geopolíticos o financieros– reciben demasiada presión. Hemos estado eliminando esas defensas de manera imprudente debido a nuestra obsesión con la eficiencia y el crecimiento a corto plazo, o sin reflexionar en absoluto.

Al mismo tiempo, nos hemos comportado de maneras extremas, oponiéndonos y violando límites políticos, financieros y planetarios nacidos del sentido común.

Mientras tanto, tecnológicamente hemos llevado al mundo de la conectividad a la interconectividad y después a la interdependencia mediante la eliminación gradual de la fricción y la aplicación de cada vez más lubricante a los mercados globales, los sistemas de telecomunicaciones, el internet y los viajes. Al hacerlo, hemos provocado que la globalización sea más veloz, más profunda, más barata y más estrecha que nunca antes. ¿Quién sabía que había vuelos directos constantes de Wuhan, China, a Estados Unidos?

Si juntamos esas tres tendencias, lo que resulta es un mundo más susceptible a los impactos y los comportamientos extremos –pero con menos amortiguadores para suavizar esos impactos– y muchas más compañías y gente interconectadas para transmitirlos globalmente.

Si las semanas recientes nos han enseñado algo, es que el mundo no solo está desgastado, sino que también es frágil. Y nosotros mismos lo hicimos así, con nuestras propias manos descompusimos el mundo. / Foto: The New York Times
Con nuestras propias manos descompusimos el mundo. / Foto: The New York Times

Desde luego, eso se reveló de manera clara durante la crisis mundial más reciente: la pandemia del coronavirus. No obstante, esta tendencia de crisis desestabilizadoras más frecuentes se ha estado gestando a lo largo de los últimos veinte años: el 11 de septiembre, la Gran Recesión de 2008, la COVID-19 y el cambio climático. Las pandemias ya no solo son biológicas; ahora son geopolíticas, financieras y atmosféricas también. Además, sufriremos cada vez más consecuencias a menos que comencemos a comportarnos de manera distinta y a tratar al planeta de otra manera.

Observemos el patrón: antes de cada una de las crisis que mencioné, primero experimentamos lo que podría describirse como un infarto “leve”, el cual nos alertó acerca de que habíamos llegado a un extremo y eliminado las defensas que nos habían protegido de las fallas catastróficas. Sin embargo, en cada caso no nos tomamos en serio esa advertencia, y en cada caso el resultado fue una enfermedad coronaria global grave.

“Creamos redes globalizadas porque podían volvernos más eficientes y productivos, y podían hacer más prácticas nuestras vidas”, explicó Gautam Mukunda, autor de “Indispensable: When Leaders Really Matter”. Sin embargo, cuando se eliminan constantemente los amortiguadores, los respaldos y los protectores de sobretensión con el pretexto de la eficiencia a corto plazo o simplemente por avaricia, queda asegurado que esos sistemas no solo serán menos resistentes a los impactos, sino que los golpes se transmitirán por todas partes”.

11 de septiembre de 2001

Comencemos con el 11 de septiembre. Se podía considerar a Al Qaeda y su líder, Osama bin Laden, patógenos políticos que surgieron en Medio Oriente después de 1979. “El islam se quedó sin frenos en 1979” –su resistencia al extremismo se vio gravemente afectada–, dijo Mamoun Fandy, experto en política árabe.

Ese fue el año en que Arabia Saudita dio un salto retrógrada, después de que los extremistas islámicos se apoderaron de la Gran Mezquita en La Meca y una revolución islámica en Irán llevó al ayatolá Ruhollah Jomeiní al poder. Esos sucesos establecieron una competición entre el Irán chiita y la Arabia Saudita suní respecto de quién era el verdadero líder del mundo musulmán. Esa batalla coincidió con un aumento en los precios del petróleo que les dio a ambos regímenes fundamentalistas los recursos para propagar sus vertientes de islam puritano, a través de mezquitas y escuelas, en todo el mundo.

Al hacerlo, en conjunto debilitaron cualquier tendencia emergente hacia el pluralismo religioso y político y reforzaron el fundamentalismo austero y su violencia radical.

Recordemos: el momento más influyente del mundo musulmán en materia de cultura, ciencia y economía probablemente fue la Edad Media, cuando era una policultura rica y diversa en la España árabe.

Los ecosistemas diversos, en la naturaleza y en la política, siempre son más resistentes que los monocultivos y las monoculturas. Los monocultivos en la agricultura son muy susceptibles a las enfermedades: un virus o un germen pueden acabar con toda una cosecha. Las monoculturas en la política son muy susceptibles a las ideas enfermizas.

Gracias a Irán y Arabia Saudita, el mundo árabe musulmán se volvió mucho más monocultural después de 1979. Además, la idea de que el yihadismo islámico violento sería el motor del resurgimiento del islam –y de que purgar la región de influencias extranjeras, particularmente de Estados Unidos, era el primer paso necesario– se volvió mucho más generalizada.

Este patógeno ideológico se propagó –a través de las mezquitas, las cintas de casete y más tarde el internet– en Pakistán, el norte de África, Europa, India e Indonesia.

La alerta de que esta idea podía desestabilizar incluso a Estados Unidos sonó el 26 de febrero de 1993, a las 12:18 p. m., cuando una camioneta de alquiler llena de explosivos estalló en el estacionamiento del edificio One World Trade Center en Manhattan. La bomba no cumplió con la misión de hacer colapsar el edificio, pero dañó gravemente la estructura principal, además de que seis personas murieron y más de mil resultaron heridas.

La mente maestra del ataque, Ramzi Ahmed Yousef, un pakistaní, más tarde les dijo a los agentes del FBI que su único arrepentimiento era que la torre de 110 pisos no colapsó sobre su gemela para matar a miles de personas.

Todos sabemos qué ocurrió después: los impactos directos en las torres gemelas el 11 de septiembre de 2011, los cuales desataron una crisis económica y geopolítica global que terminó con el gasto de varios billones de dólares por parte de Estados Unidos para tratar de proteger al país del extremismo islámico violento –mediante un sistema masivo de vigilancia dirigido por el gobierno, rendiciones y detectores de metal en los aeropuertos– y la invasión del Medio Oriente.

Estados Unidos y sus aliados derrocaron a los dictadores en Irak y Afganistán, con la esperanza de estimular más pluralismo político, de género, religioso y educativo, anticuerpos para el fanatismo y el autoritarismo. Desafortunadamente, no sabíamos cómo hacerlo en tierras tan distantes y fracasamos; los anticuerpos pluralistas naturales de la región también resultaron ser débiles.

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La Gran Recesión

La crisis bancaria global de 2008 se desarrolló de manera similar. La advertencia llegó con un virus conocido como Gestión de Capital a Largo Plazo, o LTCM, por su sigla en inglés.

LTCM era un fondo de cobertura establecido en 1994 por el banquero de inversiones John Meriweather, quien reunió un equipo de matemáticos, veteranos de la industria y dos ganadores del Premio Nobel. El fondo usaba modelos matemáticos para predecir precios y mucho apalancamiento para ampliar su capital fundacional de 1250 millones de dólares con el fin de hacer apuestas de arbitraje enormes y muy rentables.

Todo funcionó… hasta que dejó de hacerlo.

“En agosto de 1998, Rusia dejó de pagar su deuda”, recordó Business Insider. “Tres días después, los mercados de todo el mundo comenzaron a hundirse. Los inversionistas comenzaron a retirarse a diestra y siniestra. Los márgenes de permuta se encontraban en niveles increíbles. Todo se estaba viniendo abajo. En un día, LTCM perdió 553 millones de dólares, el quince por ciento de su capital. En un mes perdió casi 2000 millones de dólares”.

Los fondos de cobertura pierden dinero todo el tiempo, dejan de pagar sus deudas y desaparecen. Pero el caso de LTCM era distinto.

La firma había redoblado sus apuestas con tanto capital de tantos grandes bancos globales (sin transparencia en sus transacciones, así que ninguna de sus contrapartes tenía un panorama de la exposición total de LTCM) que, si le hubieran permitido declararse en quiebra y dejar de pagar deudas, habría provocado enormes pérdidas en decenas de casas de inversiones y bancos en Wall Street y en el extranjero.

Más de 1 billón de dólares estaban en riesgo. Se necesitó un paquete de rescate de la Reserva Federal de 3650 millones de dólares para crear inmunidad de rebaño de LTCM para los toros de Wall Street.

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La crisis se contuvo y la lección fue clara: no dejen que nadie haga apuestas tan grandes, y en algunos aspectos tan extremas, con un apalancamiento tan tremendo en un sistema bancario global en el que no hay transparencia en cuanto a la cantidad de dinero que un solo participante ha pedido prestado de muchas fuentes distintas.

Una década después, ya se había olvidado la lección y vivimos todo el desastre financiero de 2008.

Esta vez todos estábamos en el casino. Hubo cuatro vehículos financieros principales (que se volvieron patógenos financieros) que interactuaron para crear la crisis global de 2008: las hipotecas “subprime”, las hipotecas de tasa ajustable (ARM, por su sigla en inglés), los valores comerciales respaldados con hipotecas (CMBS, por su sigla en inglés) y las obligaciones de deuda garantizadas (CDO, por su sigla en inglés).

Los bancos y las instituciones financieras menos reguladas se involucraron en préstamos de hipotecas de tasa ajustable y “subprime” extremadamente imprudentes, y después estas instituciones y otros agruparon esas hipotecas con valores respaldados con hipotecas. Mientras tanto, las agencias calificadoras evaluaron estos bonos como mucho menos riesgosos de lo que en verdad eran.

Todo el sistema dependía de precios de vivienda que aumentaban sin descanso. Cuando estalló la burbuja de la vivienda –y muchos propietarios no pudieron pagar sus hipotecas–, el contagio financiero infectó un gran número de bancos y aseguradoras globales, sin mencionar a millones de negocios familiares.

Habíamos violado los límites del sentido común financiero. Puesto que el sistema financiero mundial estaba más hiperconectado y potenciado que nunca, solo los grandes rescates por parte de los bancos centrales pudieron evitar que se desataran una depresión y una pandemia económicas provocadas por un desplome de los bancos comerciales y los mercados bursátiles.

La COVID-19

No creo tener que entrar en detalle acerca de la pandemia de la COVID-19, excepto para decir que la señal de alerta también estuvo ahí. Apareció a finales de 2002 en la provincia de Guangdong, en el sur de China. Fue una enfermedad respiratoria viral provocada por un coronavirus –SRAS-CoV–, conocida como SRAG.

Como lo señalan los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades: “A lo largo de los siguientes meses, la enfermedad se propagó a más de una veintena de países en todo el continente americano, Europa y Asia” antes de que se contuviera. Más de 8 mil personas en todo el mundo se enfermaron, de las cuales casi 800 murieron. Estados Unidos tuvo ocho casos confirmados de infección y ninguna muerte.

Si las semanas recientes nos han enseñado algo, es que el mundo no solo está desgastado, sino que también es frágil. Y nosotros mismos lo hicimos así, con nuestras propias manos descompusimos el mundo.
El coronavirus que provocó el SRAG se alojaba en los murciélagos y las civetas de las palmeras. Pasó a los humanos porque habíamos estado llevando cada vez más los centros de población urbana de alta densidad hacia lo profundo de las zonas silvestres. / Foto: The New York Times

El coronavirus que provocó el SRAG se alojaba en los murciélagos y las civetas de las palmeras. Pasó a los humanos porque habíamos estado llevando cada vez más los centros de población urbana de alta densidad hacia lo profundo de las zonas silvestres, lo que ocasionó la destrucción de ese amortiguador natural y su remplazo con monocultivos y concreto.

Sin embargo, es importante destacar que el SRAG se contuvo en julio de 2003 antes de que se convirtiera en una pandemia gracias en gran parte a la veloz puesta en marcha de cuarentenas y a la estrecha cooperación global entre las autoridades de salud pública de muchos países. La gobernanza multinacional colaborativa resultó ser una buena defensa.

Pero eso fue entonces. El coronavirus más reciente tiene el apropiado nombre de SARS-CoV-2, con énfasis en el número dos. Aún no sabemos con seguridad de dónde vino el coronavirus que causa la COVID-19, pero se sospecha ampliamente que fue transmitido a los humanos por un animal silvestre, quizá un murciélago, en Wuhan, China. Transmisiones similares ocurrirán cada vez más en tanto sigamos eliminando la biodiversidad natural y los amortiguadores de la naturaleza.

“Cuanto más simplificados y menos diversos se vuelvan los ecosistemas, sobre todo en zonas urbanas enormes en constante expansión, más susceptibles seremos a estas plagas emergentes que ya no se verán contenidas por la gran gama de especies distintas de un ecosistema saludable”, explicó Russ Mittermeier, dirigente de Global Wildlife Conservation y uno de los principales expertos en primates del mundo.

Sin embargo, lo que sí sabemos es que unos cinco meses después de que el coronavirus se transmitió a un ser humano en Wuhan más de 100 mil estadounidenses habían muerto y más de 40 millones habían quedado desempleados.

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La catástrofe climática

Debes estar en una negación total para no ver que todo esto es una señal gigantesca de advertencia sobre nuestro desastre global inminente, y posiblemente el peor: el cambio climático.

No me gusta el término cambio climático para describir lo que ocurrirá a continuación. Prefiero “enrarecimiento global”, porque lo que sucede es que el clima se está volviendo extraño. Están aumentando la frecuencia, la intensidad y el costo de los sucesos climáticos extremos. La humedad aumenta, el calor empeora, los periodos de sequía son más secos, la nieve cae en mayores cantidades, los huracanes se vuelven más fuertes.

El clima es demasiado complejo para atribuirle cualquier suceso individual al cambio climático, pero el hecho de que los eventos climáticos extremos se están volviendo más frecuentes y más costosos –sobre todo en un mundo de ciudades abarrotadas como Houston y Nueva Orleans– es indiscutible.

Lo inteligente sería que comenzáramos a preservar todas las defensas ecológicas que la naturaleza nos ha dado para poder gestionar los efectos ahora inevitables del cambio climático y enfocarnos en evitar consecuencias inmanejables.

Porque, a diferencia de las pandemias biológicas como la COVID-19, el cambio climático no llega a un punto máximo para después descender. En cuanto hayamos deforestado la Amazonía o derretido la capa de hielo de Groenlandia, será demasiado tarde y tendremos que vivir con las condiciones climáticas extremas que eso desatará.

Mirando en retrospectiva los últimos veinte años, lo que estas cuatro calamidades globales tienen en común es que todas son “elefantes negros”, un término acuñado por el medioambientalista Adam Sweidan. Un elefante negro es una mezcla entre un “cisne negro” (un suceso poco probable e inesperado con ramificaciones enormes) y el “elefante de la habitación” (un desastre inminente que todos pueden ver, pero que nadie quiere prevenir).

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En otras palabras, el recorrido que hemos hecho aquí quizá suene bastante mecánico e inevitable, pero no lo era. Se trató de decisiones diferentes y valores distintos que los humanos y sus líderes aplicaron o no en esta era de globalización.

Técnicamente hablando, la globalización es inevitable. La forma que le demos no lo es.

O, como me dijo el otro día Nick Hanauer, el capitalista de riesgo y economista político: “Los patógenos son inevitables, pero que se conviertan en pandemias no lo es”.

Decidimos eliminar los amortiguadores en nombre de la eficiencia; decidimos permitir que el capitalismo se saliera de control y reducir las capacidades de nuestros gobiernos cuando más las necesitábamos; decidimos no cooperar en una pandemia; decidimos deforestar la Amazonía; decidimos invadir ecosistemas prístinos y cazar su vida silvestre. Y demasiados clérigos musulmanes decidieron permitir que el pasado sepultara el futuro, en lugar de que el futuro sepultara el pasado.

Esa es la máxima lección aquí: conforme el mundo se entrelaza cada vez más, el comportamiento de todos –los valores que cada uno de nosotros aporta al mundo interdependiente– importa más que nunca. Y, por lo tanto, sucede lo mismo con la “regla de oro”. Jamás ha sido más importante.

Trata a los demás como desearías que ellos te trataran a ti, porque más personas en más lugares de más maneras en más días ahora pueden tratarte a ti como tú los tratas a ellos, y viceversa, como nunca antes.

AGA

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