¿Ya es una pandemia?
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Pandemia: Un llamado a la unión

El mundo infectado por el COVID-19: Carlos Olguín
Foto: Especial

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¿Ya es una pandemia el brote de COVID-19, sin importar que la Organización Mundial de la Salud la califique o no de esa manera todavía? Si es así, ¿qué sigue?..

Michael T. Osterholm y Mark Olshaker

Hasta el 18 de febrero, ningún caso de coronavirus había sido reportado en Irán; este domingo 23, el Gobierno anunció 43 casos y ocho decesos. Alrededor de 152 casos (y por lo menos tres muertes) fueron confirmados en Italia el domingo, un aumento considerable en comparación con los únicos tres casos reportados el jueves. El número de personas contagiadas en Corea del Sur brincó a 763 (y seis decesos) en unos cuantos días.

Hasta el 24 de febrero, el COVID-19 ha sido detectado en por lo menos 29 países. En las naciones con escasos o nulos casos reportados hasta el momento, particularmente en Sudamérica y África, la ausencia de evidencia no debería ser interpretada como evidencia de ausencia. Lo más probable es que se deba a que no se están haciendo pruebas médicas.

¿Ya es una pandemia el brote de COVID-19, sin importar que la Organización Mundial de la Salud la califique o no de esa manera todavía?

Si es así, ¿qué sigue?

Primero, aclaremos qué se puede y qué no se puede hacer.

Ahora está claro que la epidemia no se iba a poder contener. A lo sumo, su propagación fue lentificada por la cuarentena impuesta en China y los esfuerzos de otros países para identificar a personas contagiadas y a todos los individuos con los que pudieran haber estado en contacto.

Al parecer, el Covid-19 se propaga como la influenza, a través del aire, de persona a persona. A diferencia del ébola, SRAS y MERS, los individuos pueden transmitir este coronavirus antes de la aparición de los síntomas o incluso aunque ni siquiera se enfermen.

Se calcula que una persona contagiada transmite la enfermedad a un promedio de 2.6 personas. Después de diez generaciones de transmisiones, cada una con una duración de alrededor de cinco o seis días, ese caso inicial ha generado más de 3,500, la mayoría con síntomas leves o sin ellos, aunque probablemente contagiosos. El hecho de que los casos leves son difíciles de diferenciar del resfriado o la influenza solo complica el diagnóstico.

En vista de las características de la enfermedad, la cuarentena de los pasajeros y la tripulación en el crucero Diamond Princess en la bahía de Yokohama, en Japón, parece un cruel experimento: mientras estuvieron confinados, estas personas fueron obligadas a respirar aire reciclado durante dos semanas. La medida logró poco, excepto probar qué tan efectivo es el virus para propagarse. Tratar de frenar un virus que se transmite de una manera parecida a la influenza es un poco como intentar detener el viento.

Las vacunas todavía están a muchos meses de estar disponibles, por lo menos. Y con base en experiencias previas con SRAS, MERS e influenza pandémica, no hay razón para creer que –como el presidente estadounidense Donald Trump afirmó– el COVID-19 desaparecerá esta primavera a medida que el clima más cálido llegue al hemisferio norte. La transmisión alrededor del mundo podría continuar durante meses.

El cierre impuesto por el Gobierno chino en Hubei, la provincia más afectada por la enfermedad, redujo sustancialmente el número de nuevos casos durante un tiempo; sin embargo, incluso eso tiene beneficios limitados. A medida que China intenta regresar a trabajar, el transporte público se pone en marcha y los ciudadanos se comienzan a mover, es posible que se registre un gran rebote de casos.

A menos que una población entera se refugie en un lugar durante muchos meses, los agentes infecciosos como la influenza o este coronavirus encontrarán a personas a quién contagiar.

Es decir, encerrar a un grupo de personas en realidad solo es una táctica dilatoria. Al espaciar los casos, puede ayudar a manejar un brote, pero solo si se realiza en el contexto de un sistema de salud de calidad. Incluso el mejor sistema es demasiado frágil, y un incremento moderado en casos contagiosos, ya sea de la influenza estacional o del Covid-19, puede saturar rápidamente los recursos, en China o en Estados Unidos.

A pesar de lo escalofriante que es imaginar esta situación, lo que ocurrió en Wuhan, la ciudad china en el epicentro del brote, es probable que también ocurra en otras partes del mundo. Los hospitales tal vez tendrán que rechazar a todos, excepto a las personas con las formas más graves de la enfermedad; su capacidad de atender a la cantidad usual de pacientes con infartos, lesiones críticas o cáncer podría verse gravemente afectada.

En un mundo mal preparado para una enfermedad que puede poner en riesgo la vida y además es de fácil transmisión, como el COVID-19, la forma más efectiva de mitigar el impacto de la pandemia es enfocarse en apoyar a los sistemas de salud, que ya están saturados.

Esta es la razón principal por la que la prioridad de cada país debe ser proteger a sus trabajadores de la salud.

Estados Unidos y otros países en el hemisferio norte ya están en medio de una moderadamente grave temporada de influenza. Sus inventarios de equipo protector para médicos, enfermeras y trabajadores de emergencias médicas –mascarillas de respiración N-95, guantes, protectores oculares, trajes desechables– se están agotando. Estos suministros limitados deben ir primero a los trabajadores de la salud, en lugar de al público. Esto es en parte para garantizar que los propios hospitales no se conviertan en sitios donde el coronavirus se propague más de lo que se contiene: si mueren grandes cantidades de trabajadores de la salud por el contagio, sociedades enteras podrían ser sacudidas hasta el punto del pánico.

Los gobiernos también deberían efectuar simulacros de preparación para el COVID-19 en hospitales locales y aumentar su capacidad temporal, por ejemplo, colocando tiendas de campaña de emergencia en los estacionamientos, como ya está ocurriendo en algunos lugares de Estados Unidos.

Para minimizar la carga en hospitales de cuidados intensivos saturados, tal vez sea necesario contar con atención de enfermería de apoyo, en instalaciones improvisadas y en los hogares de los pacientes, así como se hizo durante varias pandemias en el pasado, como la pandemia de influenza de 1918-1919.

Las cadenas de manufactura y distribución de fármacos y otros productos esenciales como agujas y jeringas deben permanecer abiertas, y esto, dada la naturaleza global de la industria, requiere de cooperación internacional. En conformidad con los lineamientos de la Organización Mundial de la Salud, los países afectados por el coronavirus no deben ser confinados de la misma forma en que Estados Unidos y otros intentan hacerlo con China en este momento. De otra manera, a medida que el virus se extienda, también nos estaremos aislando, y pondremos en riesgo nuestra capacidad para obtener recursos vitales. Muchos de los ingredientes activos de los medicamentos genéricos que salvan vidas –con los que se abastecen los carros de paradas de los hospitales y que mantienen nuestro bienestar diario– provienen de China e India. Si esa producción llega a detenerse, muchas personas podrían morir, no directamente debido al Covid-19, sino indirectamente debido a la falta de acceso a esos fármacos.

Garantizar todo esto significa enfrentar los duros hechos de esta pandemia en desarrollo, y eso requiere revelaciones completas y transparentes al público. Experiencias pasadas, como las cartas contaminadas con ántrax en 2001 y el brote de ébola en 2014, indican que las personas reaccionan de manera más racional y muestran mayor resiliencia a una crisis de gran magnitud si están preparadas intelectual y emocionalmente para afrontarla.

Aun así, incluso aquellos funcionarios y expertos, que de manera informal han predicho una pandemia, no dicen suficiente sobre qué se debe esperar y cómo prepararse. Todavía falta información básica, o no es transmitida con la suficiente eficacia: de acuerdo con una encuesta reciente, el 65 por ciento de las personas en Hong Kong tenían suficientes cubrebocas para un mes o más, a pesar de que dichos objetos ayudarán poco en prevenir la propagación del Covid-19.

Singapur, que atraviesa por un brote a pesar de contar con un sistema médico y de salud pública de clase mundial –89 casos hasta el domingo–, es el modelo que se debe emular. Está preparando a su ciudadanía para una crisis aún más grande brindándole instrucciones explícitas y consejos específicos sobre, por ejemplo, la asistencia a reuniones masivas o compartir áreas residenciales con personas en cuarentena.

¿Y qué debemos hacer cada uno de nosotros, además de mantenernos informados y lavarnos las manos frecuentemente? Debemos mantenernos tranquilos y ser racionales. Tal vez vale la pena comprar algunas reservas de medicamentos esenciales, por ejemplo, pero no demasiados, porque acumular en exceso podría generar escasez.

Nosotros, como individuos, también podemos intentar hacer planes para contingencias básicas. Las compañías pueden capacitar a miembros clave del personal para que la ausencia de una persona no afecte el negocio. Familiares y amigos deben estar al pendiente de la salud y el bienestar de los otros, y estar preparados para cuidar de los enfermos leves si los hospitales se saturan.

‘Pandemia’ no es solo un término técnico de salud pública, también es –o debería ser– un llamado a la unión.

THE NEW YORK TIMES/FOR


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