La carrera para proteger a las fuerzas estadounidenses

Foto: AP

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Los ataques pusieron fin a un día lleno de confusión y desinformación, una peligrosa escalada militar que podía culminar en una guerra

Mark Mazzetti / Eric Schmitt / Lara Jakes / Thomas Gibbons-Neff

La alerta llegó a la Casa Blanca poco después de las dos de la tarde del martes, un mensaje urgente de las agencias estadounidenses de espionaje que a veces los funcionarios llaman “graznido” advertía que en las horas subsecuentes era casi inminente un ataque iraní contra las tropas de Estados Unidos.

Durante el día, ya había llegado una tormenta de amenazas potenciales: ataques con misiles y cohetes, ataques terroristas en contra de estadounidenses en otras partes de Medio Oriente, incluso una advertencia de que cientos de milicianos con respaldo de Irán podrían intentar un ataque en contra de la base aérea de Ain al-Asad, un complejo inmenso ubicado en el desierto occidental de Irak.

Sin embargo, la especificidad de la última advertencia de la tarde envió al vicepresidente Mike Pence y a Robert C. O’Brien, el asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca, al sótano del Ala Oeste, donde los asesores estaban reunidos en la Sala de Crisis. Poco tiempo después de terminar la junta, el presidente Donald Trump se reunió con el primer ministro de Grecia.

Tres horas más tarde, un granizo de misiles balísticos lanzados desde Irán impactó dos bases en Irak, entre ellas la de Ain al-Asad, donde están apostados casi mil soldados estadounidenses. Los ataques pusieron fin a un día lleno de confusión y desinformación, en el que a veces dio la impresión de que una peligrosa escalada militar podía culminar en una guerra de mayor alcance.

Trump monitoreó durante horas las últimas amenazas al lado de sus asesores. Los estrategas militares consideraron opciones para contraatacar si Irán asesinaba soldados estadounidenses.

Este recuento de las horas de tensión alrededor de los ataques del martes, 7 de enero, se basa en entrevistas con funcionarios retirados y en activo de Estados Unidos y personal militar en Washington e Irak.

Resulta que los ataques con misiles podrían ser un cierre sin sangre para el último capítulo del conflicto entre Estados Unidos e Irán, el cual se ha cocinado a fuego lento durante cuatro décadas. El 8 de enero, Trump declaró que Irán “parece haber hecho un alto al fuego” después de días de tensiones agudizadas desde el asesinato del general Qasem Soleimani, aunque pocas de las personas que siguen de cerca la dinámica de la relación entre Estados Unidos e Irán vaticinan un futuro pacífico.

Si en efecto esta es la suma total de la respuesta iraní, es una gran señal de reducción de las hostilidades que deberíamos recibir con agradecimiento”, comentó Kirsten Fontenrose, quien manejó los asuntos de Medio Oriente en el Consejo de Seguridad Nacional a inicios del Gobierno de Trump.

Los preparativos para un contraataque

El martes, horas antes de que los funcionarios de la Casa Blanca y el Pentágono llegaran a sus escritorios, las tropas estadounidenses en Irak se estaban preparando para un contraataque de parte de Irán que tenía como objetivo vengar la muerte del general caído.

Los satélites espía habían monitoreado los movimientos del arsenal de lanzamisiles iraní, y las comunicaciones entre los líderes militares de Irán que interceptó la Agencia de Seguridad Nacional habían indicado que la respuesta al asesinato de Soleimani podría llegar ese día.

La base de Ain al-Asad ubicada en la provincia de Anbar en Irak fue el blanco de amenazas vagas, de acuerdo con varios informes, entre ellas una advertencia de que cientos de combatientes de Kataeb Hezbolá, una milicia iraquí que recibe entrenamiento y equipo de Irán, podría lanzar un ataque frontal en contra de la base.

La base estaba relativamente vulnerable; ningún sistema antimisiles Patriot la protegía, de acuerdo con un funcionario del Ejército estadounidense. Los habían desplegado a otros países de Medio Oriente considerados más susceptibles a ataques de misiles iraníes.

Por lo tanto, los comandantes estadounidenses prepararon una evacuación parcial de la base y enviaron a la mayoría de las fuerzas restantes a refugios fortalecidos para protegerse de cualquier ataque que pudiera ocurrir.

Cuando amaneció en Washington, la inteligencia seguía siendo tan vaga que los funcionarios de la Casa Blanca decidieron seguir con la agenda normal de Trump, que incluía la reunión con el primer ministro de Grecia, Kyriakos Mitsotakis.

Los funcionarios del Gobierno continuaron con su defensa del asesinato de Soleimani en medio de un aumento en las críticas que los acusaban de no tener, o no querer compartir, la inteligencia que, según ellos, provocó el ataque. En una conferencia de prensa atestada que se celebró en el Departamento de Estado, el secretario de Estado, Mike Pompeo, les comentó a los reporteros que el asesinato de Soleimani “fue la decisión correcta”.

Horas más tarde, mientras Trump se reunía con Mitsotakis, la Casa Blanca recibió la alerta de “graznido” sobre un posible ataque con misiles. En la Sala de Crisis, Pence y O’Brien encabezaron la conversación inicial para encontrar la manera de confrontar la amenaza, evaluando la inteligencia sobre los posibles blancos que los iraníes podrían tener en la mira.

En el piso de arriba, dentro del Despacho Oval, Trump estaba sentado al lado de Mitsotakis cuando los reporteros lo acribillaron con preguntas sobre la crisis iraní. El presidente dio evasivas sobre las amenazas que había realizado días atrás en torno a que Estados Unidos podría considerar un ataque en contra de sitios culturales de Irán, pero mantuvo un tono amenazador.

Si Irán hace cualquier cosa que no debiera hacer, sufrirá las consecuencias, y con mucha fuerza”, mencionó Trump. “Estamos totalmente preparados”.

Confusión y desinformación

Después de que terminó la breve conferencia de prensa, Trump bajó varias escaleras hasta la Sala de Crisis.

Con emparedados apilados en un aparador de la habitación, en el grupo que había asesorado al presidente en la Sala de Crisis en diferentes ocasiones durante el día había un puñado de funcionarios expertos en seguridad nacional, entre ellos el presidente del Estado Mayor Conjunto, general Mark A. Milley, un veterano del Ejército con casi 40 años de experiencia; Keith Kellogg, un general teniente retirado del Ejército que sirve como asesor de seguridad nacional de Pence; y Joseph Maguire, el director interino de inteligencia nacional.

También estaba Pompeo, quien se ha convertido en una fuerza impulsora del Gobierno de Trump en torno a la política con Irán y un defensor de lo que a menudo llama la “restauración de la disuasión” en contra de la agresión de Irán en Medio Oriente. Pompeo, un proponente enérgico del ataque del viernes que terminó con la vida de Soleimani, había tenido una participación decisiva para llevar a Trump al punto de crisis.

Sin embargo, otros de los que estaban alrededor de la larga mesa rectangular de la Sala de Crisis solo tenían una experiencia modesta en política exterior, entre ellos Mick Mulvaney, el jefe de Gabinete interino de la Casa Blanca y excongresista de Carolina del Sur; y O’Brien, quien fue abogado en Los Ángeles antes de trabajar dos años y medio para Trump como negociador en jefe de rescate de rehenes y asumir el puesto de asesor de seguridad nacional en septiembre.

En una pantalla de video estaba Gina Haspel, la directora de la CIA, quien monitoreó la crisis desde las oficinas centrales de la agencia al norte de Virginia. Los días previos a la muerte de Soleimani, Haspel le había señalado a Trump que el general iraní representaba una amenaza mayor que la amenaza de la respuesta de Irán si este era asesinado, de acuerdo con funcionarios retirados y en activo de Estados Unidos.

De hecho, Haspel había predicho que la respuesta más probable iba a ser un ataque con misiles desde Irán en contra de las bases donde estaban desplegadas tropas estadounidenses, justamente la situación que al parecer tuvo lugar la tarde del martes.

Aunque Haspel no tenía una postura formal en torno al asesinato de Soleimani, funcionarios que escucharon su análisis salieron del lugar con la clara opinión de que la CIA creía que matarlo iba a mejorar –no empeorar– la seguridad en Medio Oriente.

No obstante, en ese momento días después de su muerte, el presidente y sus asesores estaban frente a una oleada de información contradictoria. Más o menos a las cuatro de la tarde, llegaron reportes de que un campamento de entrenamiento ubicado al norte de Bagdad pudo haber sido blanco de un ataque. Los funcionarios de la Casa Blanca y el Departamento de Estado esperaron con nervios a que el Pentágono diera a conocer los daños que había sufrido el campamento, la base aérea de Taji, donde había soldados estadounidenses apostados. Fue una falsa alarma, aunque el miércoles funcionarios estadounidenses mencionaron que creían que una ráfaga de varios misiles que dispararon el día anterior tenía como objetivo la base.

Cuando llegaron los reportes sobre Taji, los altavoces en la embajada estadounidense en Bagdad anunciaron que podría ser inminente un ataque. Como había ocurrido en días anteriores, el personal estadounidense e iraquí que se encontraba al interior del complejo corrió hacia los refugios antibombas.

Casi una hora más tarde, los primeros misiles con dirección a Ain al-Asad pasaron a toda velocidad por encima de sus cabezas.

Un granizo de misiles

Más o menos a las 17:30 horas de Washington, el Pentágono detectó el primero de los 16 misiles Fateh 110 y Shahab de corto y mediano alcance que se dispararon desde tres ubicaciones dentro de Irán.

Varios chocaron contra Ain al-Asad, pero solo provocaron daños menores. Fueron disparados contra un helicóptero Black Hawk y un dron de reconocimiento, así como contra partes de la torre de control del tránsito aéreo, de acuerdo con un funcionario militar familiarizado con una evaluación de daños del ataque.

El ataque también destruyó varias carpas.

Minutos más tarde, una descarga de misiles golpeó una base aérea en Erbil, al norte de Irak, que ha sido un centro de operaciones especiales para cientos de soldados estadounidenses y aliados, personal de logística y especialistas de inteligencia durante toda la lucha en contra del Estado Islámico. No fue claro el daño que sufrió esa base, aunque ningún miembro del personal murió ni resultó herido.

¿Por qué los ataques de Irán provocaron tan poco daño? Trump lo atribuyó a “las precauciones tomadas, la dispersión de fuerzas y a un sistema de advertencia temprana que funcionó muy bien”. Un alto funcionario militar de Estados Unidos desechó la idea de que Irán hubiera evitado a propósito el asesinato de soldados estadounidenses al atacar partes vacías de las dos bases.

Después de que se aquietaron los ataques, Trump y Pence realizaron una ronda de llamadas a líderes del Congreso e incluso algunos de los aliados de línea dura del presidente señalaron que Trump debía ser mesurado en su respuesta a los ataques iraníes.

Al relatar su conversación con Trump, Lindsey Graham, senador republicano por Carolina del Sur, mencionó que le había dicho al presidente: “Hagamos un alto al fuego y veamos qué sucede los próximos días”.

THE NEW TORK TIMES/FOR




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