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Parteras: Dando a luz donde está la familia

Amaaya Tukkiapik-Suppa, nacida en el verano en Kuujjuaq, Nunavik, el 3 de agosto de 2019.
   

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Reconciliarse con las poblaciones indígenas es uno de los asuntos más apremiantes que enfrenta Canadá en la actualidad. El primer ministro ha dicho que es una prioridad

Amber Bracken / Megan Specia

Los gemidos de dolor de la mujer se mezclaban con el pitido intermitente del monitor de latido cardiaco fetal. Su partera la guiaba delicadamente en su lengua materna, inuktitut, mientras el sol matutino proyectaba una luz fresca en el piso.

Finalmente se oyó el llanto de un bebé. Su grito estridente fue un recordatorio de lo que las parteras inuits han reivindicado: el derecho de las mujeres embarazadas de elegir dar a luz en su ciudad de origen tras años de verse presionadas a viajar al sur para tener a sus bebés.

Mientras Canadá trata de redimirse del brutal historial de su relación con su población indígena, las parteras y otros miembros de la comunidad de Inukjuak, una ciudad de aproximadamente mil 800 habitantes en una región remota de Quebec, señalan la clínica como ejemplo de progreso. Hoy en día, aproximadamente tres de cada cuatro mujeres embarazadas en la ciudad dan a luz en su clínica, atendidas por parteras inuits.

“Siento alivio de poder dar a luz en casa, donde está mi familia”, dijo Susie Mina, madre primeriza.

Reconciliarse con las poblaciones indígenas es uno de los asuntos más apremiantes que enfrenta Canadá en la actualidad. El primer ministro Justin Trudeau ha dicho que es una de las prioridades de su Gobierno. La materia de historia se ha transformado en las escuelas, las reuniones públicas comienzan de manera rutinaria reconociendo las tierras indígenas donde se celebran, y se ha dado un nuevo nombre a algunos edificios.

Para muchos aquí, la clínica de Inukjuac es un ejemplo tangible de lo que es posible.

Durante incontables generaciones, los inuits de la región de Nunavik, en el norte de Quebec, vivieron como nómadas, recorriendo territorios azotados por el viento para seguir a los rebaños que cazaban según la temporada. Sin embargo, en la década de 1950, el Gobierno canadiense presionó a las familias para que se asentaran en comunidades permanentes.

La decisión encajó perfectamente con el patrón de la manera en que Canadá trataba a sus ciudadanos indígenas, incluyendo la separación forzada de niños indígenas y sus familias para enviarlos a escuelas residenciales por lo regular muy lejanas donde los despojaban de su lengua y su identidad cultural.

En muchas zonas inuits remotas, el servicio nacional de salud del Gobierno también comenzó a presionar a las mujeres embarazadas a viajar cientos de kilómetros al sur para dar a luz en hospitales. Las mujeres de Inukjuak eran enviadas a Montreal o a Moose Factory, Ontario, en vez de ser atendidas por las parteras locales que tradicionalmente habían prestado sus servicios.

La justificación dada para esta práctica, que comenzó a principios de la década de 1970, era mejorar los índices de supervivencia de los recién nacidos y las madres y reducir las complicaciones en las comunidades remotas sin hospitales y con cuidados prenatales limitados.

No obstante, para muchas mujeres indígenas, esta política convirtió el embarazo en una enfermedad y les quitó la alternativa de los cuidados siguiendo métodos tradicionales.

A muchas también les pareció que la experiencia de ser enviadas lejos de casa resultaba aislante y a veces traumática. Debido a que dejaban sus comunidades tiempo antes de la fecha de parto, pasaban semanas alejadas de sus familias para dar a luz en entornos desconocidos y atendidas por médicos y enfermeras que no hablaban su lengua materna.

En 1986, los ancianos locales que querían traer de regreso los partos a Nunavik convencieron a un hospital de la región de comenzar un programa de capacitación para certificar a las mujeres inuits como parteras.

Después se montaron tres clínicas de maternidad dirigidas por mujeres inuits en las aldeas de la costa de la bahía de Hudson.

En 1996, se abrió una de esas clínicas en Inukjuak, que ahora es una comunidad con unos cuantos cientos de hogares, tres tiendas, una oficina postal y algunos otros edificios conectados por calles de grava. Se ubica en la orilla de la bahía, constantemente azotada por el viento, y el mundo exterior solo puede acceder durante gran parte del año mediante un aeropuerto con una sola pista.

Brenda Epoo, una partera de la clínica de 49 años, dijo que la antigua práctica de evacuar a todas las mujeres era dañina.

“No está bien decirles que todos los embarazos son peligrosos y enviarlas a otro lugar, a un hospital donde no conocen sus costumbres, su cultura, su estilo de vida”, comentó. “No es una enfermedad; es la vida”.

A lo largo de los años, ha participado en el parto de cientos de bebés. Algunos son los hijos de bebés que también ayudó a nacer. La clínica tiene cinco parteras y tres aprendices, que evalúan y monitorean durante y después del parto.

LRR

“Salud

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