La inquietud de Trump por controlar el límite de la identidad
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La inquietud de Trump por controlar el límite de la identidad. Un decreto del mandatario estadounidense tiene el objetivo de supervisar el manejo de la discriminación

Max Fisher

La inquietud de Trump por controlar el límite de la identidad. Un decreto del mandatario estadounidense tiene el objetivo de supervisar el manejo de la discriminación de las instituciones educativas de Estados Unidos.

El decreto del presidente Donald Trump que aborda el discurso antisemita y antiisraelí en los campus de las universidades de Estados Unidos podría plantearse como una estricta cuestión jurídica, pero ha tocado un tema determinante de la época actual:

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No está claro si el decreto considera a los judíos como una nacionalidad distinta o como una raza minoritaria, pero cualquiera de estas interpretaciones se apega a la inquietud de Trump por definir y controlar los límites de la identidad.

Además, la creación de una categoría especial para los judíos –pero no para otras minorías religiosas– en este decreto, se deriva de la costumbre del mandatario de aceptar a algunos grupos demográficos dentro de los derechos y protecciones de la identidad estadounidense y excluir a otros. Resulta revelador que la selección de los judíos para esta protección especial conforme al decreto hizo que algunos de ellos se sintieran aún más desprotegidos.

Estas inquietudes con respecto a la identidad no solo han alentado al Gobierno estadounidense, sino a gran parte del contragolpe populista a nivel global. Los dirigentes y los movimientos en todo el mundo demócrata se concentran cada vez más en defender las identidades nacionales restringidas del tipo que definió el final del siglo XIX y principios del XX.

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La era de endurecer las identidades nacionales incluye el surgimiento de partidos de extrema derecha en Europa, el nacionalismo blanco en Estados Unidos y una campaña por el predominio hindú en India.

El decreto de Trump, sin importar la mezquindad de sus intenciones, destaca el grado al que siguen sin resolverse los problemas y las contradicciones de la identidad nacional (un invento notoriamente moderno que reconfiguró al mundo antes de casi destruirlo).

Los dilemas de la nueva era nacionalista emergen en especial por el enfoque del decreto para los judíos, cuya relación con los conceptos de raza y nacionalidad siempre ha sido tensa. Abarca algunas de las cuestiones más delicadas sobre la identidad judía, los aspectos que son extensiones de las formas en que la identidad nacional configuró el mundo moderno, pero nunca volvió a organizarlo del todo.

¿Qué es la identidad nacional?

Este concepto, que a lo mucho tendrá 200 años de antigüedad, sostiene que la humanidad está dividida en comunidades fijas; cada una definida por rasgos en común como el idioma, la etnicidad y la tierra natal. Esas comunidades son naciones; la pertenencia es la identidad nacional de las personas. El principio básico del nacionalismo permea tanto en el mundo actual que casi parece lógico: todos los pueblos deben tener un país, y todo país debe constar de un pueblo.

El concepto de una identidad dominante vinculada al país no lo inventaron los poetas ni los guerreros antiguos, sino los Gobiernos europeos del siglo XIX. Cuando las monarquías se tambaleaban y la Iglesia se deterioraba, las Administraciones federales vieron la organización de idiomas y herencias étnicas comunes como una manera de justificar su dominio sobre los imperios políglotas, así como una oportunidad de ordenar a sus poblaciones en torno a actividades colectivas como la industria o la guerra.

Las naciones como algo innato, como una forma divina de clasificar a los hombres, como un destino político inherente, aunque muy postergado, son un mito”, escribió el teórico político británico-checo Ernest Gellner.

Sin embargo, esta manera de pensar le dio una nueva configuración a la Europa del siglo XIX y originó la creación de la Italia y la Alemania modernas. Luego se propagó al resto del mundo e inspiró los movimientos de independencia y liberación con el argumento de que todas las personas pertenecen a grupos nacionales a la espera de su nación.

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No obstante, el surgimiento de la identidad nacional también convirtió a las minorías y a los migrantes en ciudadanos de segunda clase, o incluso en amenazas aparentes. Convirtió la pureza racial en un asunto de supervivencia étnica y, por tanto, nacional. Definió a las naciones como territorios irrevocablemente divididos, por raza y herencia.

El mundo, incapaz de desenmarañar un orden global construido con base en la identidad nacional, buscó gestionar sus peores tendencias promoviendo el pluralismo nacional, la integración internacional y la protección para las minorías y los migrantes. Estos valores en realidad no remplazaron a la identidad nacional, sino que se colocaron incómodamente junto a ella y, a la larga, dieron origen a un contragolpe.

Los dirigentes como Viktor Orban de Hungría combinan las antiguas consignas de “sangre y suelo” con algo nuevo: las promesas de aplastar los sistemas de multiculturalismo e integración que, según ellos, plantean una amenaza tan seria a la identidad nacional como cualquier minoría o migrante. Trump ascendió al poder con un mensaje similar, al referirse a la inmigración y las restricciones fronterizas como elementos peligrosamente débiles y decir: “Tenemos un país o no lo tenemos”.

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Las raíces de la nación judía

El decreto de Trump, cuyo objetivo es supervisar el manejo de la discriminación de las instituciones educativas, les otorga a los judíos la protección de la Ley de Derechos Civiles con base en la raza, el color o el origen nacional. El decreto también se inspira en una definición de antisemitismo concebida en 2005 y de la cual, desde entonces, sus mismos autores han dicho que es demasiado amplia y fusiona el odio a los judíos con las críticas a Israel.

En ocasiones, Trump ha agrupado a los judíos estadounidenses con los israelíes. Al hablar con un grupo de judíos estadounidenses, se refirió a Benjamin Netanyahu, el dirigente israelí, como “su primer ministro”. También ha descrito a los demócratas judíos que criticaron las políticas de Israel como “desleales a Israel”.

Los grupos judíos son sensibles a las insinuaciones de que su religión conlleva una nacionalidad distinta. Siglos de antisemitismo europeo se construyeron a partir de la creencia de que los judíos eran extranjeros dentro del país. Hasta la década de 1980, los pasaportes soviéticos ponían “judío” como una nacionalidad semejante a ruso o ucraniano.

A fines del siglo XIX, cuando se arraigó una identidad nacional moderna, algunos dirigentes judíos llegaron a una posición que insinuaba las contradicciones de la época. Adoptaron el concepto de que los judíos europeos en realidad eran distintos étnicamente a sus vecinos no judíos, y que todos los judíos pertenecían a un pueblo unificado.

En esa era de autodeterminación nacional, esto también convirtió a los judíos en una nacionalidad que, al igual que muchos movimientos de liberación de ese momento, buscaba una nación propia.

Los nacionalistas serbios o armenios establecieron su nación donde vivían los grupos étnicos serbios y armenios, pero con los judíos dispersos en media docena de imperios, los dirigentes sionistas se asentaron en la antigua tierra bíblica de Judea.

Una cuestión de pertenencia

El decreto de Trump, al tratar las protestas en contra de Israel como una forma de antisemitismo, agita los prolongados debates judíos acerca de si Israel es la extensión de una identidad compartida.

El discurso nacional israelí, de una tierra natal olvidada desde hace mucho tiempo que volverán a descubrir los ciudadanos desperdigados por la historia, sugiere una identidad judía que es intrínsecamente étnica y nacional. Sin embargo, las actitudes de los judíos estadounidenses hacia Israel se están calmando; para muchos, la lealtad nacional es casi imposible.

Este decreto también insinúa que el Gobierno quizá vea a los judíos como una raza distinta.

Desde la Segunda Guerra Mundial, los judíos estadounidenses se han desviado generación tras generación de su origen judío como identidad nacional, lo cual ya no se sentía necesario. Sin embargo, una serie de cambios políticos y culturales ha puesto en tela de juicio esa identidad de la posguerra.

El creciente nacionalismo blanco señala cada vez más a los judíos como extranjeros no deseados. Las teorías conspiratorias, algunas de las cuales están incorporándose a la cultura popular, los muestran como cosmopolitas carentes de nación concentrados en perjudicar la pureza racial de los países occidentales.

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El decreto de Trump vuelve a plantear una interrogante que los judíos han encarado a lo largo del periodo de 200 años de identidad nacional: ¿esas identidades les ofrecen seguridad o solo peligro? Es un reflejo de los debates de finales del siglo XIX, cuando algunas personas exhortaban a aceptar una identidad nacional y formar un Estado, mientras otras abogaban por mejor desprenderse de ella e integrarse a las democracias multiculturales.

El mundo democrático en general se planteó esta misma pregunta a raíz de la Segunda Guerra Mundial. Se declaró que la identidad nacional a la vieja usanza era una maldición y que la democracia pluralista era el único camino para alcanzar la paz, pero desde entonces, este argumento ha ido y venido, al igual que lo ha hecho de manera paralela para los judíos.

El microcosmos de un momento a nivel global

En un giro de la historia, la creación de Israel colocó a los judíos en el lado opuesto del problema: ahora tenían que decidir si una identidad nacional judía tenía cabida para las minorías.

Los primeros dirigentes sionistas insistían en que sí. Aunque, los dirigentes israelíes más recientes han promovido la identidad israelí como algo exclusivamente judío y han impuesto serias restricciones a los palestinos.

Tal vez, como resultado, los debates entre los judíos, ya sean acerca de la dirección de Israel o el decreto de Trump, se han convertido en una especie de microcosmos del momento nacionalista a nivel global. Han dividido las opiniones de los judíos estadounidenses, como las de gran parte del mundo, acerca de si el movimiento encauzado a las identidades endurecidas del estilo nacionalista es la solución a sus problemas o el problema en sí.

AMIP.


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