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Foto: Especial

¿Usas ropa? Entonces  eres parte del problema

Muchos de los candidatos demócratas a la presidencia han dado a conocer planes ambiciosos para reducir las emisiones de carbono a la vez que vuelven más ecológica la economía

Elizabeth L. Cline

Las protestas climáticas atrajeron a millones de personas en todo el mundo en septiembre. Muchos de los candidatos demócratas a la presidencia han dado a conocer planes ambiciosos para reducir las emisiones de carbono a la vez que vuelven más ecológica la economía.

Hay un fuerte impulso para resolver nuestra crisis planetaria. A pesar de ello, una causa importante del cambio climático continuamente se sigue pasando por alto o trivializando: la ropa.

La industria del vestido y el calzado es responsable del 8 por ciento del total de las emisiones de gases de efecto invernadero del mundo, lo cual casi equivale a las emisiones de toda la Unión Europea, según un estudio del grupo de servicios ambientales Quantis.

Si no hay una intervención pronto, el impacto de esta industria en el clima aumentará casi la mitad para 2030.

Sin embargo, al parecer esta industria no se menciona ni en los planes climáticos de los candidatos demócratas ni en el Nuevo Acuerdo Verde propuesto por los demócratas de la Cámara de Representantes. Aunque ya se ve más en la cobertura mediática sobre los cambios necesarios para tener un estilo de vida con bajas emisiones, todavía se considera un problema que se limita principalmente a los amantes de la moda.

De hecho, preocuparse por las prendas de vestir suele considerarse una frivolidad, algo que no encaja con la preocupación por el destino del planeta. El actor y ambientalista Woody Harrelson manifestó esta postura cuando condujo ‘Saturday Night Live’ la semana después de las recientes marchas en torno al cambio climático en Nueva York.

“Siempre estuve en contra de la moda, porque siempre me pareció que había cosas más importantes por las cuales preocuparse”, dijo, como el deshielo de los casquetes polares, los incendios en la Amazonia y la contaminación del agua, el aire y la comida que consumimos. Muchos no entienden cuál es la relación entre los 2.5 billones de dólares de la industria de la ropa y nuestro medioambiente, lo cual significa que de manera sistemática no prestamos atención a cómo podría ayudarnos a resolver nuestra crisis climática.

Es fácil ignorar esta industria porque las prendas de vestir se fabrican en regiones lejanas y, a lo largo de la historia, han sido confeccionadas por trabajadores esclavizados, muchas veces mujeres, que reciben un salario escaso o nulo. Sin embargo, la indumentaria afecta todos los problemas ambientales que nos preocupan.

Supongamos que llevas puesta una playera de algodón: para fabricarla se requieren miles de galones de agua. Si esa playera es de rayón (viscosa), bien puede provenir de un árbol talado en la Amazonia (este material se obtiene de las plantas). Si es poliéster, acrílico o nailon, llevas puesto plástico. Cuando lavas esas prendas de plástico, contaminas nuestros océanos con microplásticos.

Por fortuna, algunas empresas textiles están cobrando consciencia sobre la crisis climática. Una creciente cantidad de marcas está cediendo ante la presión ciudadana y las encuestas de los consumidores que muestran que la sustentabilidad y la ética se encuentran entre las principales preocupaciones de los compradores jóvenes.

En agosto, en la cumbre del Grupo de los Siete, 32 marcas de ropa se unieron para determinar los objetivos basados en la ciencia para la reducción de emisiones, desde entonces, otras veintitantas marcas se han suscrito al llamado Pacto de la Moda Kering, el conglomerado de lujo propietario de Gucci, Yves Saint Laurent y Balenciaga, ha fijado una meta para que todas sus marcas sean neutras en carbono.

Sin embargo, la moda no puede volverse ecológica por sí sola. Ni siquiera tendrá incidencia en el problema sin la cooperación internacional y la atención de la corriente dominante. Dos nuevos informes, uno de Stand.earth y el otro del Instituto de Asuntos Públicos y Ambientales, demuestran que la mayoría de las marcas no están midiendo sus emisiones, ya no digamos reduciéndolas.

Eso se debe a que la gran mayoría de las emisiones de gases de efecto invernadero de la industria de las prendas de vestir se emite en la cadena de suministro, es decir, en fábricas y campos que no son propiedad de las marcas y que están repartidos en lugares remotos.

La industria del vestido, al igual que muchas industrias, también se obstina en depender de combustibles fósiles. Se utilizan para encender los calentadores en las fábricas de textiles, para elaborar los pesticidas que se vierten en los campos de algodón y para fabricar los montones de químicos que tiñen y dan acabado a las telas.

Los combustibles fósiles también son materia prima de las fibras sintéticas, que se encuentran presentes en la mayoría de las prendas que usamos. Eliminar el petróleo de la ropa no será fácil.

Los consumidores son un factor importante para hacer sostenible la industria del vestido. Podemos conseguir expandir la vida de todas las prendas si compramos cada vez más ropa de segunda mano y de reventa en línea, si rentamos atuendos para ocasiones especiales y si reparamos nuestras prendas en lugar de deshacernos de ellas. Podemos elegir ropa refabricada y supraciclada como las que ofrecen Eileen Fisher y Converse.

Podemos hacer que nuestra lavadora use agua fría y secar la ropa al aire libre en lugar de en la secadora. También deberíamos apoyar a empresas que estén haciendo esfuerzos verdaderos por limitar su huella de carbono y obtener materiales más sustentables (la aplicación Good on You y las clasificaciones de Stand.earth nos ayudan a encontrarlas).

Asimismo, necesitamos que los activistas, periodistas, científicos, investigadores y académicos que se centran en la sustentabilidad incluyan a la industria del vestido en su trabajo. Necesitamos innovación tecnológica e inversión en nuevas fibras y procesos de confección, investigaciones más profundas e ideas más vanguardistas.

También necesitamos acción gubernamental y políticas de innovación que consideren el impacto mundial de las prendas que compramos. Otros países ya han hecho avances: Francia promulgó una ley que prohíbe la destrucción de ropa no vendida y exige a las grandes empresas que garanticen los derechos humanos y ambientales en sus cadenas de suministro. La Comisión de Auditoría Ambiental del Parlamento Británico ha pasado los últimos dos años buscando la forma de hacer que la industria de la moda sea más sustentable.

Necesitamos a alguien que encabece el movimiento de la moda en Washington; tal vez Nancy Pelosi, cuyo abrigo de Max Mara que tiene desde hace seis años se hizo viral el año pasado, sea la lideresa que nuestro movimiento espera.

No obstante, también podría ser un republicano, pues algunos de ellos están hablando de la acción climática y deberían considerar el potencial de la manufactura ecológica. Necesitamos que centros de la moda importantes como Nueva York y Los Ángeles, así como gigantes manufactureros en el sur y el medio oeste del país, también se unan a esta causa.

Pero primero necesitamos que todos aquellos a los que les importa el cambio climático entiendan que son parte del problema y la solución, por el solo hecho de usar ropa.

THE NEW YORK TIMES/FOR

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Juan Carlos Sámano es Licenciado en Administración y Gestión de PyMES, Miembro del Centro Taurino Queretano AC, Expresidente del CTQ, representante del CTQ en la función de Asesor Aficionado en diversos festejos taurinos y colaborador en programas taurinos como ‘Mano a mano’, ‘Rocalla Taurina’ y ‘Toros’.

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Sacerdote, profesor de la Universidad Panamericana, miembro de la Academia Mexicana de Teología y columnista internacional, comenta noticias de actualidad desde la razón creyente.

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