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La época en la que tratar de obtener ayuda del extranjero era impensable


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Bush estuvo de acuerdo con la estrategia. Sin embargo, tanto a él como a su equipo les pareció que la siguiente propuesta ya se pasaba de la raya

Peter Baker

Cierto día de octubre en 1992, cuatro congresistas republicanos se presentaron en el Despacho Oval e hicieron una recomendación muy audaz. El presidente George Bush iba perdiendo en la contienda para su reelección; los cuatro legisladores le explicaron que lo único que podía hacer para ganar era cuestionar el patriotismo de su oponente Bill Clinton por haber protestado contra la guerra de Vietnam en Londres y visitado Moscú cuando era joven.

Bush estuvo de acuerdo con la estrategia. Sin embargo, tanto a él como a su equipo les pareció que la siguiente propuesta ya se pasaba de la raya.

Pretendían que nos pusiéramos en contacto con los rusos o los británicos para obtener información sobre el viaje de Bill Clinton a Moscú”, escribió más tarde ese día James A. Baker III, jefe de Gabinete de Bush en la Casa Blanca, en un memorando. “Mi respuesta fue que de ninguna manera podíamos hacerlo”.

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El presidente Donald Trump insiste en que sus acciones y las de su fiscal general, que intentaron buscar información perjudicial para sus oponentes en el país con ayuda de Ucrania, Australia, Italia y el Reino Unido, además de alentar públicamente a China a investigar a su oponente demócrata más destacado, no tienen nada de malo. Sin embargo, para cualquier otra Casa Blanca de la era moderna, liderada por un republicano o por un demócrata, la idea de pedirle ayuda a alguna potencia extranjera para lograr una ventaja política no solo se hubiera considerado imprudente y peligrosa en el ámbito político, sino también una falta total de moral.

Una encuesta realizada a diez antiguos jefes de Gabinete de la Casa Blanca durante las presidencias de Ronald Reagan, Bush, Clinton, George W. Bush y Barack Obama reveló que ninguno recordaba un solo caso en que la Casa Blanca hubiera solicitado o aceptado ayuda política de otros países, y todos afirmaron que la sola idea les habría parecido inconcebible.

Trabajé con tres presidentes en la Casa Blanca y ni siquiera recuerdo haber escuchado alguna especulación sobre la posibilidad de pedir algo así”, señaló Andrew H. Card Jr., encargado de la Casa Blanca durante el mandato de Bush hijo y el funcionario que más tiempo se ha desempeñado como jefe de Gabinete en los últimos sesenta años.

William M. Daley, quien fue secretario de Comercio durante la presidencia de Clinton y jefe de Gabinete al mando de Obama, dijo que si alguien se hubiera atrevido a proponer eso, lo más probable es que su reacción hubiera sido “recomendar que escoltaran a esa persona fuera de” la Casa Blanca, y después despedirla y reportarla a los encargados de ética.

Otros antiguos jefes de Gabinete expresaron posturas igual de decididas. “Nada así ocurrió en la época de Reagan. No podría haber pasado al mando de Reagan”, aseveró Kenneth M. Duberstein, su último jefe de Gabinete. “Yo lo habría impedido”, dijo Leon E. Panetta, quien fue jefe de Gabinete de Clinton y secretario de Defensa durante la presidencia de Obama.

La incredulidad que expresaron los veteranos de la Casa Blanca en días recientes no fue exclusiva de algún partido o ideología. “Se trata de un comportamiento que no tiene precedentes”, indicó Samuel K. Skinner, antecesor de Baker en el cargo de jefe de Gabinete de Bush. Otros antiguos jefes de Gabinete que afirmaron nunca haberse topado con una situación similar fueron Thomas F. McLarty III y John D. Podesta (Clinton), así como Rahm Emanuel, Denis R. McDonough y Jacob J. Lew (Obama).

La historia ha demostrado que las relaciones exteriores pueden causarles problemas a los presidentes, incluso si solo se sospecha que mezclaron asuntos de política con los intereses nacionales. Cuando era candidato en 1968, Richard M. Nixon intentó impedir que el presidente Lyndon B. Johnson concretara un tratado de paz para Vietnam justo antes de las elecciones.

También se acusó a algunos colegas de Reagan de haber intentado retrasar la liberación de rehenes de Irán cuando era candidato en 1980 por temor a que ese logro pudiera ayudar al presidente Jimmy Carter, pero una investigación bipartidista de la Cámara de Representantes concluyó que la acusación había sido infundada. Clinton enfrentó meses de investigaciones en relación con aportaciones hechas a su campaña de 1996 por intereses chinos vinculados con el gobierno de Pekín.

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En ninguno de esos casos el presidente en funciones aplicó presión personalmente para que alguna potencia extranjera dañara a sus oponentes políticos. Para presionar al presidente de Ucrania a que investigara este verano cualquier vínculo con los demócratas en 2016 y con el exvicepresidente Joe Biden, Trump suspendió un paquete de ayuda de Estados Unidos equivalente a 391 millones de dólares. La explicación dada por Trump es que solo quería investigar casos de corrupción y no tenía ninguna intención de obtener algún beneficio.

La forma correcta de ver el incidente es que el vicepresidente traicionó al país”, dijo el domingo en una entrevista Rudy Giuliani, abogado personal del presidente. Según dijo, Trump cumplía con su deber. “No veo qué hizo mal el presidente”.

Giuliani ha encabezado las acciones de Trump para encontrar pruebas de actos corrupción por parte de los demócratas en Ucrania, para lo cual se ha reunido con distintos funcionarios y negoció con el nuevo gobierno instalado en Kiev para que se comprometiera a investigar teorías de conspiración acerca de la participación de Ucrania en las elecciones de 2016 y supuestos conflictos de interés de Biden.

Cuando se le dijo que antiguos jefes de Gabinete de la Casa Blanca habían dicho que el Departamento de Justicia debía manejar cualquier acusación legítima, no el presidente, Giuliani respondió: “Eso es cuando es posible confiar en el Departamento de Justicia. Mis testigos no confían en él, y tampoco en el FBI”. Añadió que él tampoco lo hubiera hecho, hasta que el fiscal general William P. Barr tomó las riendas.

Barr se ha puesto en contacto con funcionarios extranjeros para solicitar su ayuda en la investigación del origen de la investigación dirigida por el fiscal especial Robert Mueller en relación con la interferencia rusa y sus vínculos con la campaña de Trump, parte de un plan para demostrar que todo eso fue un “engaño”, como dice el presidente.

En su defensa, Trump afirma que otros presidentes han recurrido a gobiernos extranjeros para obtener su ayuda. Es verdad, pero cuando otros presidentes han presionado a sus homólogos e incluso retenido ayuda estadounidense para forzarlos a cooperar, en general ha sido para lograr metas de política pública, no para favorecer las ambiciones personales o políticas del presidente.

El hijo de Biden, Hunter Biden, era miembro del consejo de administración de Burisma, una empresa ucraniana del sector energético, y recibía una remuneración de 50.000 dólares al mes. El oligarca propietario de la empresa, Mykola Zlochevsky, había estado sujeto a investigaciones encabezadas por el fiscal, por lo que Trump dice que Biden promovió la remoción del mismo para ayudar a su hijo.

Si solo se consideran las apariencias, es cierto que la familia del exvicepresidente lo puso en una situación comprometedora. Incluso algunos de sus defensores creen que no es nada adecuado que Hunter Biden haya dado la impresión de aprovechar la influencia de su apellido. Joe Biden ha dicho que nunca habló con su hijo acerca de sus tratos comerciales en Ucrania, pero algunos demócratas consideran que debería haberlo hecho, aunque solo fuera para evitar que se presentara una situación como esta.

No obstante, con todo y los rumores, no se ha descubierto nada que demuestre que Biden influyó para favorecer la destitución del fiscal con el propósito de beneficiar a su hijo. No se ha dado a conocer ningún memorando ni mensaje de texto que demuestre algún tipo de vínculo entre ambos. Ninguno de los funcionarios estadounidenses de esa época se ha referido a una supuesta conexión. Tampoco hay ningún informante que quiera presentar una queja.

Biden ejerció presión para solicitar la salida del fiscal conforme a la política de Obama desarrollada por su equipo de seguridad nacional y coordinada con aliados europeos y el Fondo Monetario Internacional, pues todos ellos estaban convencidos de que el fiscal ucraniano ignoraba deliberadamente actos de corrupción.

De hecho, en la época de las intervenciones de Biden, no había ninguna prueba de que la oficina del fiscal estuviera investigando a Burisma, aunque los aliados de Zlochevsky explican que el fiscal siguió amenazando con formular cargos para intentar obtener sobornos del oligarca y su equipo.

El episodio de 1992 protagonizado por Bush y Baker es un caso de estudio curioso que ilustra la opinión que tenían gobiernos previos sobre la decisión de pedir ayuda política al extranjero. En esa época, Bush iba detrás en las encuestas y estaba dispuesto a aprovechar cualquier estrategia para cambiar la situación.

Los representantes Robert K. Dornan, Duncan Hunter y Duke Cunningham, de California, y Sam Johnson, de Texas, urgieron al presidente a pedir ayuda a Rusia y el Reino Unido.

Dornan, en una conversación la semana pasada, comentó que Baker no externó ninguna objeción durante la reunión. “Baker se sentó en el Despacho Oval, en total silencio”, recordó. “No dijo ni una palabra”. Si Baker le aconsejó a Bush no ponerse en contacto con los gobiernos extranjeros, lo hizo después de que se retiraron los congresistas, explicó Dornan.

Dornan considera que fue un error y que Bush debería haber hecho lo mismo que Trump.

Mi conclusión definitiva fue: ‘Si no hace esto, señor presidente, líder del mundo libre, va a perder’”, dijo Dornan. “No lo hizo, y perdió. Baker le costó a Bush ese segundo periodo”.




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