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The New York Times Syndicate

La belleza de ser bilingüe

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El descubrimiento agridulce de que la lengua, y las historias que lleva consigo, no es un camino en línea recta

Natalia Sylvester 

Mis padres se rehusaron a permitir que mi hermana y yo olvidáramos cómo hablar español, así que fingían que no nos entendían cuando hablábamos en inglés. El español era el único idioma que nos permitían hablar en el apartamento de una habitación en el que vivíamos en Miami a finales de la década de 1980. En el jardín de niños y el primer grado de primaria, ambas nos graduamos en tiempo récord de las clases de inglés como segunda lengua, y anhelábamos jugar, hablar y vivir en inglés como si fuera un reluciente juguete nuevo.

“No te entiendo”, decía mi madre, mientras negaba con la cabeza y encogía los hombros para demostrar una falsa confusión, cada vez que hablábamos en inglés. Mi hermana y yo suspirábamos exasperadas por tener que repetir en español lo que acabábamos de decir, solo para que nos interrumpiera cada dos palabras con una corrección de nuestra gramática o nuestro vocabulario . Un día me lo agradecerán, contestaba mi madre.

Ese día ha ocurrido 30 años más tarde en lugares comunes y corrientes como Goodwill, un estacionamiento de Walmart, una tienda de neumáticos de Costco.

Estoy de lo más agradecida de hablar español porque me ha permitido ayudar a otros. En Goodwill, una joven madre quería saber si podía dejar una voluminosa pañalera al lado de la caja registradora mientras compraba. La cajera hizo un gesto de desdén con la cabeza y le dijo que no entendía. No era difícil leer los gestos de la mujer: estaba batallando para empujar la carreola de su bebé mientras cargaba con trabajos la caja grande por toda la tienda. Incluso después de que le dije a la cajera qué estaba diciendo la mujer, su molestia era palpable.

He llegado a reconocer la actitud de la gente que juzga: ¿cómo se atreve esta mujer a no hablar inglés?, ¿cómo se atreve esa otra mujer a hablar inglés y español? Fue un momento breve, pero demuestra lo fácil que habría sido para la cajera ignorar a una joven madre latina que estaba sufriendo por cuidar a su hijo si no hubiera habido alguien que actuara como intérprete. “No entiendo”, insistía, aunque los gestos de la madre trascendían el idioma. Lo que en realidad quería decir era: “Decido no entender”.

Aquellos de nosotros que crecimos como personas bilingües comprendemos las complejidades de conservar y acoger cualquiera de los dos idiomas. Hace poco tiempo, la representante Alexandria Ocasio-Cortez mencionó en Twitter: “Cuando era niña, el español fue mi primer idioma pero, como muchxs latinxs estadounidenses de primera generación, debo trabajar de manera continua en este y mejorar. No es perfecto”.

En el español que hablan los hijos de migrantes, escucharás los ecos de las risas de los primos que se ríen de nuestros acentos cuando los visitamos en Latinoamérica. Si nos remontamos una generación atrás, escucharás historias de gente como mi familia política, cuyos maestros en Florida les pegaban por hablar en la escuela la lengua que hablaban en casa. Si retrocedemos una generación más, te enterarás sobre el terror autorizado por el Estado que se infligía en los habitantes de ascendencia mexicana en Texas a finales del siglo XIX e inicios del XX.

En videos que circulan en redes sociales, podrás escuchar a estadounidenses que acosan a hispanoparlantes en supermercados y restaurantes. Nuestro propio presidente habla fluido este idioma de xenofobia y supremacía blanca, el cual está en el origen de por qué la relación con el español de tantas generaciones de latinxs estadounidenses está permeada de dolor.

Se espera que las personas cuyos padres intentaron protegerlos de la discriminación al no inculcarles esa herencia hablen con fluidez un idioma que nunca tuvieron la oportunidad de olvidar. Los que pudimos aferrárnosle, a pesar de las presiones para integrarnos, sabemos que nuestro español imperfecto es un privilegio por el que a menudo nos humillan dentro y fuera de nuestras comunidades. Y, con demasiada frecuencia, los que solo hablamos español somos desestimados y, peor aún, somos agredidos… por mujeres que empujan carritos del supermercado, por redadas del Servicio de Inmigración, por hombres armados que profesan manifiestos antiinmigrantes. Su terror nos convierte a todos en víctimas.

Unas semanas antes de las elecciones de 2016, una mujer en un estacionamiento de Walmart en Manor, Texas, corrió a la carpa donde yo estaba ayudando a registrar votantes; lloraba porque le habían robado el auto. En un pueblo donde casi el 50 por ciento de la población es latinx, ninguno de los oficiales de la policía en el sitio le podía entender. Mientras presentaba su denuncia a la policía, conmigo como su intérprete, me percaté de que casi no hicieron contacto visual con ella. Me podían entender a mí, así que solo me veían a mí. Ella me contó que sus papeles migratorios estaban en el auto.

¿Cómo traduces el miedo para que lo comprendan aquellos en quienes no puedes confiar?

Esta semana, en una tienda de neumáticos de Costco en Texas, una mujer le preguntó si hablaba español al hombre que me acababa de ayudar. Le respondió que no, sin ninguna emoción. Me ofrecí a ser su intérprete. Cuando buscó su tarjeta de miembro, me llamó la atención algo familiar en su cartera, su green card. La reconocí por la gruesa franja magnética en la parte trasera, la forma en que brillaba su color azulado y negro.

Me encontré interpretando sus palabras textualmente, y olvidé cambiar de la primera a la tercera persona. “El auto está registrado a nombre de mi hija”, dije. En su rostro, vi a mis amigos, a mi madre, a mi abuela y me vi a mí, cada uno de nosotros con diferentes grados de español e inglés, todos arraigados en un deseo por sentirnos aceptados y comprendidos.

Solía pensar que ser bilingüe me había hecho escritora, pero cada vez veo que es más profundo que eso. Es el acto constante de interpretar. El viaje de ida y vuelta. El descubrimiento que la lengua, y las historias que lleva consigo, no es un camino en línea recta. Los que hemos servido de intérpretes en la vida diaria sabemos que es un privilegio agridulce. Encuentras verdades en los espacios intermedios del idioma, pero nunca las palabras adecuadas para expresarlas. Escuchas el sonido de alguien a quien escuchan en tu voz, y el sonido de alguien que no ven en el silencio. Hablas de cosas simples, cosas difíciles y cosas alegres, todas las cuales son diluidas por la separación de su fuente. Nunca parecerá justo que las palabras de una persona no basten.

LRR

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