Roebuck, la arquera, había sido una de las estrellas de la victoria en el primer partido de la temporada./@EllieRoebuck_

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Fue un fin de semana triunfante para el fútbol femenil en Europa. Más de 65.000 aficionados asistieron a partidos en Inglaterra

Rory Smith

Justo antes de volver a los vestidores, de regreso a las celebraciones, Ellie Roebuck tenía otro trabajo que realizar. Un miembro del equipo de redes sociales del Manchester City le entregó un iPhone y le pidió que grabara un mensaje corto.

Roebuck, la arquera, había sido una de las estrellas de la victoria en el primer partido de la temporada para el City en el Etihad Stadium, una heroína del primer clásico con el Manchester United en el máximo circuito femenil, tras producir una atajada que definió el partido a la mitad del primer tiempo. Había una oportunidad de generar buen contenido que cosechara varios me gusta.

Roebuck, lista en su lugar, puso el teléfono en modo selfi, estiró el brazo y habló tan solo unos segundos.

“Manchester es azul”, afirmó, con tan solo un toque de regocijo. Les agradeció a los aficionados, una tradición del deporte. Sin embargo, el mensaje clave, la parte crucial, ocurrió al final. “Esperamos que puedan venir y apoyarnos en el estadio de la academia en partidos futuros”, mencionó Roebuck.

Fue un fin de semana triunfante para el fútbol femenil en Europa. Más de 65.000 aficionados asistieron a partidos en Inglaterra, lo cual incluyó entradas récord para los derbis en Manchester y en Londres, donde el Chelsea recibió al Tottenham. En España, el Barcelona enfrentó al CD Tacón, el club que, durante los próximos años, tomará la forma del equipo femenil del Real Madrid.

Y, a pesar de todo, hubo algo revelador, no solo en las palabras de Roebuck, sino en el hecho de que tuviera que decirlas. Ver a tantos aficionados llenar estadios por toda Europa para presenciar el fútbol femenil es un logro, pero un logro no es lo mismo que una meta.

Esto no le resta valor al éxito rotundo que ha sido. Como lo mencionó Emma Hayes, la entrenadora del Chelsea, su equipo ganó mucho “más que tres puntos” tras vencer al Tottenham. La exposición y la validación también tienen su valor. Como se le vea, es una oportunidad que se aprovechó.

De todos modos, el fútbol femenil ha crecido a un ritmo exponencial en los centros neurálgicos de Europa donde el deporte es dominado por los hombres: como prueba, queda el hecho de que las escuadras del Manchester United y el Real Madrid, dos de los últimos equipos en la élite del deporte varonil en resistirse a participar, alinearon conjuntos el fin de semana pasado. Sin embargo, para muchas personas, la Copa del Mundo había representado una especie de punto de inflexión.

No solo por las cifras duras de televidentes —ha habido récords de audiencia en Inglaterra, Francia, Brasil y casi cualquier otro país, y un nuevo límite pareciera establecerse cada tantos días—, sino por cómo dio la impresión de que las jugadoras del Mundial permearon en las consciencias de las personas que lo vieron desde casa. El interés no provenía de una curiosidad ociosa o del patriotismo reflexivo, sino de un vínculo que se ha cocinado a fuego lento con las protagonistas mismas.

Ellen White, la delantera de Inglaterra, ha recibido elogios de extraños en supermercados que imitan la celebración de las “gafas” que realizó después de cada uno de sus seis goles en Francia. Siempre hay un empuje tras un torneo importante, pero esta vez se sintió como si la gente hubiera prestado atención.

En definitiva, la WSL no quiere desperdiciar el momento. Su fin de semana inaugural se programó a propósito para que coincidiera con un descanso internacional en el calendario de los hombres, a fin de no tener que competir con la asfixiante Liga Premier que consume todo el tiempo y la atención del público. Tanto el Manchester City como el Chelsea cambiaron sus partidos de los estadios donde suelen jugar de local los equipos femeniles —la Academia, en Manchester, y Kingsmeadow, en Kingston, en los suburbios interminables de Londres— a escenarios más importantes: el Etihad y Stamford Bridge.

La respuesta fue casi abrumadora. El fin de semana pasado, el City anunció que unas 20.000 personas habían comprado boletos para asistir al derbi —con un precio menor a diez dólares para los adultos y regalado para los niños—, mientras que el Chelsea, después de tomar la decisión de dar gratis todos los boletos, señaló que se habían pedido 40.000.

En Londres, no llegó todo el mundo. Sin embargo, casi 25.000 aficionados vieron al Chelsea vencer 1-0 a los Spurs el domingo, con lo cual destrozaron cinco veces el récord del club, pero, de alguna manera, aun así se sintió como una decepción.

No obstante, en Manchester, la asistencia desafió incluso los estimados más ambiciosos. El anuncio sobre el tamaño del público —31.213 personas— fue recibido con vítores tan fuertes como el del gol que anotó la mediocampista escocesa Caroline Weir para darle la victoria al City.

No obstante, fueron igual de alentadores los públicos en otras partes, lejos de los encuentros que se habían promocionado de manera considerable, y que contaban con rostros familiares de la Copa del Mundo (tan solo en el Etihad había una decena, entre ellos el de Jackie Groenen, la finalista holandesa del Mundial). Asistieron 3000 personas a Bristol, unas 1500 a Liverpool y, en el recién acuñado Estadio Johan Cruyff en Barcelona, había más de 5000 para ver a las locales vencer 9-1 al Tacón.

Sería de mala educación debatir la aseveración que hizo Casey Stone, la defensa veterana de Inglaterra y actual entrenadora del Manchester United, de que esas cifras demostraron “el apetito” del público de presenciar el fútbol femenil, pero nadie en el deporte es tan ingenuo como para creer que ese es el único factor en juego.

En Europa, el fútbol varonil es una excepción: un deporte capaz de reunir inmensas multitudes cada fin de semana, incluso para los encuentros más marginales o anodinos. La mayoría de los otros deportes pueden atraer a miles a los eventos importantes, pero tienen problemas para lograrlo cuando se trata de los comunes y corrientes.

El sábado, Manchester también iba a albergar un partido de críquet: las entradas en Old Trafford, a unos pasos del estadio de fútbol, se agotaron para ver cómo Inglaterra perdía con Australia. Lancashire, el equipo local, juega la mayoría de sus partidos con una fracción de esa cantidad de gente. Sucede lo mismo con el tenis, el rugby, el ciclismo y el golf.

Los aficionados asisten en manada cuando hay una sensación de que habrá un acontecimiento, como lo fue el del sábado en el Etihad. Algunas personas, relegadas de la Liga Premier por los altos precios, tal vez se hayan sentido atraídas por la novedad de poder costear la asistencia a un campo de juego de la élite, o por la oportunidad de llevar a sus familias a un precio reducido.

Para la WSL, el desafío es trasladar el interés en el fin de semana inaugural al resto de la temporada.

“Espero que no sea solo en el primer juego”, comentó Abbie McManus, la defensora del Manchester United. “Espero que también sea en el último juego”.

Para lograrlo, Stoney, su entrenadora, mencionó que los clubes debían invertir en publicidad, en instalaciones y en el acceso.

“Debemos garantizar que nunca se tenga que elegir entre el equipo varonil y el femenil”, afirmó Stoney. “Debemos jugar en un horario en el que la gente quiera venir a verlo, en un lugar que sea accesible. Tenemos que eliminar todas las barreras, asegurarnos de que el fútbol sea bueno, y luego lo importante es su visibilidad”.

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