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¿Los dragones de Komodo podrán sobrevivir a una invasión de turistas?

Los dragones de Komodo parecen dinosaurios que no alcanzaron a extinguirse. Los ataques mortales a los humanos por parte de estos, son extremadamente raros

Hannah Beech 

El dragón de Komodo, un lagarto de tres metros nativo solo de un puñado de islas en Indonesia, sacudió su lengua bífida. Dos niños estaban parados cerca de él, eran del tamaño perfecto para un bocadillo de dragón.

Un guía local ignoró su nerviosismo y los exhortó a acercarse más al reptil.

Los dragones de Komodo parecen dinosaurios que no alcanzaron a extinguirse. Son capaces de oler sangre a kilómetros de distancia, comen búfalos de agua, ciervos y también a otros dragones de Komodo. Su saliva está espolvoreada de veneno. Las hembras son tan poco sentimentales que devoran a sus crías recién salidas del cascarón.

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Los ataques mortales a los humanos son extremadamente raros, aunque sí ocurren. Sin embargo, la lagartija gigante recostada al lado de los dos jóvenes turistas acababa de comer carne de pollo y cabra, y seguía en un estado parecido al estupor digestivo que algunos estadounidenses experimentan después del banquete de Acción de Gracias.

El guía le aseguró a una familia que no había problema con que se tomara una fotografía con el predador alfa, uno de los tan solo 3000 dragones que quedan en el mundo.

Los turistas vienen al Parque Nacional de Komodo, que se extiende a lo largo de una explosión volcánica de islas al sur del océano Pacífico, a ver a los dragones y también la vibrante vida marina que permite a los buceadores con tanques de oxígeno o con esnórquel compartir el agua con tortugas y mantarrayas.

Sin embargo, al igual que otros destinos turísticos en el mundo, desde Venecia hasta las islas Galápagos, el parque está en riesgo de que su propia popularidad lo lleve a la ruina. La inundación de turistas está amenazando a los animales y la belleza virgen que motivan a la gente a ir hasta allá.

Aunque el turismo de Komodo genera ingresos importantes para una de las regiones más pobres de Indonesia, también ha traído consigo pilas de basura, intrusión humana y el ocasional contrabando de lagartos.

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A algunos ambientalistas les preocupa que la estampida de visitantes desequilibre el ecosistema. Los dragones, dicen, deberían alimentarse de ciervos y cerdos, en lugar de los pollos y las cabras que les avienta un guardabosques desde la parte trasera de un camión.

En general, el número de turistas extranjeros que visitaron todo el parque nacional, un sitio considerado Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, se ha duplicado desde 2015, y el número de visitantes nacionales se ha quintuplicado.

Ahora el parque está incluido en las escalas de los circuitos de cruceros, por lo que todos los días desembarcan miles de personas ahí.

Los dirigentes provinciales, preocupados por la embestida de visitantes en esta remota parte de Indonesia, quieren cerrar la isla de Komodo, donde habita la mayor población de dragones —y donde los cruceros atracan— en enero de 2020. El acceso a la isla estaría prohibido durante al menos un año.

Renunciar a los ingresos del turismo no es una decisión fácil para una región tan pobre, pero los funcionarios dicen que es fundamental para el futuro del parque.

“Si no les damos a los dragones su hábitat, se extinguirán en los próximos cincuenta a cien años”, comentó Yosef Nae Soi, vicegobernador de la provincia de Nusa Tenggara Oriental, que incluye las islas que conforman el Parque Nacional de Komodo.

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No obstante, el plan se ha visto frustrado por el gobierno nacional de Indonesia, que tomará la decisión final este año, según dijeron funcionarios del Ministerio Nacional de Medioambiente y Bosques.

Además, mientras los funcionarios locales se proponen cerrar la isla de Komodo, el gobierno federal ha dado a conocer un plan para crear diez “nuevos Balis” a lo largo de esta nación formada por un archipiélago. Se espera que este plan repita el éxito de la isla vacacional más famosa de Indonesia, que también enfrenta las serias consecuencias del turismo excesivo.

“Indonesia necesita diversificar sus destinos turísticos”, afirmó Guntur Sakti, vocero del Ministerio de Turismo del país.

Uno de los diez nuevos Balis es Labuan Bajo, un descuidado pueblo portuario en la cercana isla de Flores que es la puerta de entrada al Parque Nacional de Komodo.

Dos de las pocas opciones que los lugareños ahora tienen para subsistir, desde que su forma de vida dedicada a la pesca y a la caza se vio restringida debido a la creación del parque en 1980, es trabajar como guías de las caminatas en el hábitat del dragón o atender tiendas de recuerdos.

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Sin embargo, la mayoría de los 300 millones de dólares que el turismo inyectó en la región no llegaron a los lugareños, explicó Shana Fatina, directora del consejo de la autoridad turística de Labuan Bajo, que está tratando de asegurarse de que una mayor cantidad del gasto se dirija a los bolsillos de los que viven en la región.

“No queremos que las comunidades solo sean una cuestión secundaria, sino que se conviertan en el centro de atención”, dijo Shana. “Queremos educar al público para que sepan que ir al Parque Nacional de Komodo no es como ir a un parque de diversiones”.

La nación de Bután, en el Himalaya, ha evitado algunos de los males del turismo en masa imponiendo mínimos de gasto diario, una solución efectiva, aunque elitista, pues garantiza que solo los ricos puedan experimentar los encantos del país. Algunos funcionarios provinciales de Komodo creen que el precio de ver en persona al lagarto más grande del mundo debería aumentarse al menos a 500 dólares, un aumento de los aproximadamente diez dólares que ahora se pagan por entrar al parque.

“Komodo tiene que tener su prestigio”, afirmó Yosef, el vicegobernador. “Este es el único lugar en el mundo con dragones de Komodo, así que no hay que malbaratarlos”.

(Muktita Suhartono colaboró con este reportaje desde Yakarta, Indonesia)

 

The New York Times Syndicate / AM 




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