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Contra todo pronóstico, en Asia central sobrevive un pueblo menonita

La comunidad menonita que sobrevivió a la furia de la Iglesia católica romana, al imperio ruso y la Unión Soviética, es pequeña y se está reduciendo

Andrew Higgins y Rot Front

Todos los domingos, un destartalado autobús blanco pasa resoplando por la calle principal de uno de los reductos del cristianismo más remotos en el mundo musulmán.

Este autobús solo viaja unos cientos de metros, pero continúa un largo y sinuoso trayecto iniciado hace casi 500 años como resultado de la persecución en Europa de menonitas cristianos de habla alemana. Después de haber sobrevivido a la furia de la Iglesia católica romana, al imperio ruso y luego a la Unión Soviética, su comunidad, que actualmente se encuentra en Asia central, es pequeña y se está reduciendo, pero contra todo pronóstico, todavía se mantiene.

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Rot Front, anteriormente conocido como Bergtal, o Valle de la Montaña, es el reducto más oriental del éxodo menonita procedente de Europa, el cual también dispersó a los creyentes hacia el oeste, a Norteamérica y Sudamérica.

Durante generaciones, esta comunidad alemana de Rot Front vivió en un mundo cerrado: totalmente de habla alemana, controlado por la religión, y en contra de invasiones modernas como la televisión. Todavía desconfía de los forasteros, pero a medida que los residentes empezaron a emigrar a Alemania a principios de la década de 1990, y los que se quedaron comenzaron a usar teléfonos celulares, ha desarrollado su interacción con el mundo en general.

De una aldea de más de mil personas, solo quedan diez familias alemanas. La pastelería alemana cerró hace varios años y la escuela primaria local dejó de dar clases obligatorias en alemán. Ahora toda la enseñanza es en ruso y kirguiso.

Sin embargo, el autobús dominical matutino ayuda a mantener viva la fe religiosa en el corazón de los residentes alemanes que todavía son muy devotos.

Conducido por Nikolai Pauls, un mecánico de origen alemán, de cuyos once hermanos ya se han ido casi todos a Alemania, el autobús recoge a los devotos —una mezcla de menonitas alemanes y kirguisos conversos— en sus casas para llevarlos a la edificación más grande de la aldea, un recinto de oración decorado con versículos de la Biblia en versiones arcaicas tanto rusas como alemanas, escritos en caracteres góticos.

Irina Pauls, esposa del conductor del autobús y cantante del coro de la iglesia, comentó que, hace años, ella y su esposo habían planeado emigrar a Alemania, pero permanecieron ahí porque sus hijos no querían dejar a sus amigos.

Según ella, la decisión de irse “es algo muy doloroso”.

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Con frecuencia ha visitado a sus familiares en Alemania, donde ahora viven nueve de sus once hermanos, y admira el orden y la limpieza de ese país. “Aquí los kirguisos creen que estamos locos porque cortamos el pasto”, comentó.

Tres de sus hijos adultos se han ido a Alemania, y ella se preocupa por las posibilidades de matrimonio de las dos hijas que aún quedan en Rot Front. Los menonitas pocas veces se casan con personas que no son de su religión, y aunque los creyentes alemanes algunas veces se casan con kirguisos conversos, Pauls afirma que le gustaría que sus hijas se casaran con hombres de origen alemán.

“Todavía existe una división entre nosotros”, señaló Pauls, de 56 años. “Los alemanes estamos de este lado, los kirguisos del otro”.

No obstante, mencionó que cada vez es más difícil encontrar cónyuges adecuados para sus otras hijas debido a que la emigración los deja sin novias o novios idóneos que compartan la religión de la familia y que hablen plautdietsch, un dialecto del bajo alemán.

De las aproximadamente 100.000 personas de origen alemán que vivían en Kirguistán cuando se derrumbó el imperio soviético en 1991, solo quedan 8300.

En Rot Front, el éxodo hacia Alemania ha estado acompañado de una oleada de personas que llegan, la mayoría kirguisas, pero también algunos occidentales.

Un canadiense cristiano compró tres casas construidas por alemanes, e instaló un albergue para huérfanos kirguisos, una casa de huéspedes y una granja.

Wilhelm Lategahn, un maestro de primaria que no es menonita, llegó a Rot Front desde Alemania gracias a un programa gubernamental para promover el idioma alemán. Planeaba quedarse más o menos un año, pero casi una década después, todavía sigue aquí. Montó un pequeño museo en honor a la herencia alemana de la aldea que ahora está en desaparición.

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En el recinto de oración, construido en 1987 después de que el dirigente soviético Mijaíl Gorbachov relajó las restricciones religiosas, las devotas se sientan de un lado mientras que sus esposos, padres e hijos se sientan del otro.

Los alemanes y los kirguisos se mezclan constantemente: en la oración, en la escuela y en el trabajo del campo, donde los residentes cultivan su comida y crían el ganado. Se comunican principalmente en ruso, el único idioma que todos hablan con fluidez.

La aldea también tiene una mezquita, pero es mucho más pequeña que el recinto de oración menonita.

Después de asistir a las oraciones un domingo reciente, los niños alemanes y kirguisos iban retozando juntos por la calle principal, charlando en ruso. Lotti Schmidt, de 12 años, comentó que extrañaba a sus amigos que se habían ido a Alemania, pero aun así quería que su familia se quedara en Rot Front.

Incluso muchos de los que se han ido regresan de visita con regularidad.

Adolf Koop, quien se fue a Alemania en 2011, todavía conserva la casa que él y su esposa construyeron en Rot Front en 1958 y recientemente regresó con un hijo y un yerno para hacer algunas reparaciones.

“Me aburro mucho en Alemania”, dijo. “Extraño a mis amigos de aquí”.

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Andrej Keller, un hombre de 59 años de origen alemán que nació y creció en Rot Front, mencionó que había intentado irse a Alemania en 2011, pero al no poder encontrar empleo, regresó a su aldea kirguisa después de tan solo dieciocho meses fuera.

Mencionó que, al igual que muchos otros, le había atraído la promesa de tener una vida fácil en Europa.

“Todos quieren conducir un auto, un Mercedes, y comer salchichas voluminosas”, comentó. “Pero yo no estaba acostumbrado a comer esas salchichas. La vida ahí era cómoda pero no pude acostumbrarme a ella”.

“Los seres humanos necesitamos muy poco para estar contentos”, añadió. “Como decía mi madre: ‘Se necesita muy poco para estar satisfecho y quien está satisfecho es un rey’. A la gente nada le es suficiente. Hay que estar feliz en donde vives. Si ahí no hay guerras, ¿qué más quieres?”.

“Alemania no es nuestro país”, señaló. “Nuestro país es aquí donde nacimos. Aquí crecimos”.

LRR





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