Chalecos amarillos no pueden pagarse vacaciones. /Foto: NYT

‘Chalecos amarillos’ no pueden pagar sus vacaciones

“Las vacaciones se ganaron gracias a la lucha social, y por eso se consideran sagradas”, dijo André Rauch, un historiador que ha escrito de la evolución de las vacaciones en Francia

Norimitsu Onishi

No debía ser de esta manera, pasar las vacaciones de verano junto a una rotonda.

A pesar de que el resto de Francia pasó el mes de agosto en la playa, los manifestantes de los chalecos amarillos se reunieron cerca de su rotonda habitual la noche de un viernes. Compartieron bebidas, sentados en sillas dispares y relajándose en sofás desechados dentro de su refugio de madera. “Estás en el lugar indicado”, decía un anuncio a la entrada.

Chalecos amarillos no pueden pagarse vacaciones. /Foto: NYT

“En la televisión, siguen mostrando imágenes de todos esos embotellamientos vehiculares”, dijo Rolland Gambioli, en referencia a las gigantescas marañas en las carreteras nacionales en el pleno apogeo de las vacaciones de verano.

“Podrías pensar que todos salen de vacaciones, pero muchos de nosotros no lo hacemos. La realidad es otra”.

Francia es famosa por sus largos periodos vacacionales. En París, aparecen notas escritas a mano en las puertas de las panaderías, restaurantes o cerrajeros locales para avisarles a sus clientes que los dueños están de viaje y que ellos también deberían estarlo.

Chalecos amarillos no pueden pagarse vacaciones. /Foto: NYT

Las calles, al menos aquellas que no suelen frecuentar los turistas, se vuelven sepulcralmente silenciosas.

Las vacaciones son sagradas de un modo que parecería extraño en Estados Unidos, en parte porque son consideradas como una parte intrínseca de la democracia francesa.

Tal como los niños aprenden en el salón de clases, todo ciudadano francés tiene derecho a unirse a la migración humana de temporada en agosto y quedar atrapado en el espantoso tráfico. A menos que estés relajándote en una rotonda.

“En Francia, si no sales de vacaciones en el verano, como todo mundo, significa que ya no te va bien”, afirmó Jérôme Fourquet, un destacado encuestador que hace poco publicó un estudio acerca del periodo vacacional y la creciente inequidad en Francia.

Jérôme Fourquet descubrió que, aunque el 60 por ciento de los habitantes sigue saliendo de vacaciones de verano, cada vez hay más personas que ya no pueden pagar estos viajes.

Chalecos amarillos no pueden pagarse vacaciones. /Foto: NYT

Además, de acuerdo con los grandes cambios en las tendencias de la economía de consumo del país, los lugares turísticos populares tradicionales, como los sitios para acampar, ahora buscan atraer a clientes con ingresos mayores ofreciendo bungalós de lujo.

La erosión de una tradición preciada refleja una sociedad cada vez menos igualitaria, uno de los muchos cambios que están destrozando el contrato social tácito en Francia.

Esto contribuyó al surgimiento del movimiento de los chalecos amarillos, cuyas quejas incluyen la incapacidad de pagar pasatiempos, y cuyas primeras exigencias incluían, simbólicamente, hacer que el estacionamiento de Disneyland París fuera gratuito.

Los manifestantes de los chalecos amarillos ya no representan la amenaza política que representaron hace apenas unos meses, y en muchos poblados y ciudades los han echado de sus rotondas o les han prohibido protestar en absoluto después de un aumento en la violencia el invierno pasado.

No obstante, sobreviven como una organización social en zonas de pobreza como Aumetz, un pequeño poblado que anteriormente se dedicaba a la minería en la parte norte ahora desindustrializada.

Chalecos amarillos no pueden pagarse vacaciones. /Foto: NYT

Entre los asistentes habituales estaba Aurélie Mery, una de las primeras en ocupar la rotonda en lo que se ha convertido en el recuento casi mítico de su fundación.

También estaba “Casse-cou”, el temerario que se regodea por haber sido pateado, golpeado y maltratado en general durante las protestas en París. “Le Corse”, un tipo taciturno. Una pareja inseparable, Danièle y Clément, preocupada por sus perros. Y estaba Gambioli, quien es conocido afectuosamente como “Papi”, o abuelo, porque es el más viejo del grupo y quien mantiene una fogata ardiendo en el lugar, una responsabilidad que se toma en serio.

“Los chalecos amarillos son como una fogata”, dijo. “En ocasiones solo ves brasas, pero se necesitan solo unos segundos para volver a encenderla”.

La mayoría de los asistentes habituales se quedaron ahí este verano y dieron razones variadas.

“En realidad, la mayoría no puede pagar una salida de vacaciones”, dijo Mery en voz baja.

Danièle Blel-Canon y su esposo, Clément, quienes se quedaron en Aumetz cuidando a sus perros este verano, afirmaron que ella solía tomar la carretera conocida como “Autopista del Sol” para ir al sur cada año, a “la playa, el mar, el Mediterráneo”.

“Las vacaciones son sagradas en Francia”, dijo. “A la gente le encantaría irse de vacaciones con sus hijos para refrescarse y despejar su mente, pero no pueden. Es difícil”.

Chalecos amarillos no pueden pagarse vacaciones. /Foto: NYT

“Así que pasamos las vacaciones en la rotonda”, dijo, “porque aquí hemos hecho amigos”.

La mayoría de los franceses sabe que en 1936 los trabajadores en huelga ganaron concesiones clave del gobierno, incluyendo una reducción de la semana laboral a 40 horas y la instauración de 14 días de vacaciones pagadas al año, que ahora son 25 días. El gobierno creó hostales juveniles y recortó las tarifas de los pasajes de tren para los vacacionistas.

La cantidad de vacacionistas en verano remontó de inmediato, de 600 mil en 1936 a 1,8 millones el año siguiente. La cifra continuó elevándose en las décadas de auge económico de la posguerra.

“Las vacaciones se ganaron gracias a la lucha social, y por eso se consideran sagradas”, dijo André Rauch, un historiador que ha escrito acerca de la evolución de las vacaciones en Francia.

Rauch, quien ahora dirige un estudio social en las rotondas de los chalecos amarillos, afirmó que muchos de ellos se consideran guardianes de las rotondas. Perderlas significaría perder su causa y su comunidad.

“Se han convertido en un lugar casi bíblico, un lugar sagrado”, dijo.

The New York Times / AM 





Deja una respuesta

avatar
  Suscribete  
Notificación de


/* ]]> */