En la cultura de El Paso ha influido su cercanía con México y su lejanía de gran parte del resto del estado./AP

El Paso dice: Trump no ‘sabe quiénes somos’



Para muchos en El Paso, las consecuencias posiblemente devastadoras de la furia respecto de la inmigración y la raza se volvieron aparentes este fin de semana

Simon Romero y Rick Rojas

A principios de este año en su discurso del Estado de la Unión, el presidente Donald Trump le describió al país cómo la ciudad fronteriza de El Paso, Texas, alguna vez tuvo “índices extremadamente altos de delitos violentos” y era considerada “una de las ciudades más peligrosas de nuestra nación”. Después la convirtió en el argumento vivo a favor de su muro fronterizo.

“Gracias a su barrera poderosa, El Paso es una de las ciudades más seguras de nuestro país. Es decir que los muros funcionan y los muros salvan vidas”, continuó.

En esta ciudad fronteriza del oeste de Texas, fundada hace 360 años como puesto de avanzada del imperio español, esas palabras quedaron arraigadas, al igual que las palabras que Trump repitió en un mitin que sostuvo en las afueras de la ciudad unas semanas después. “Asesinatos, asesinatos, asesinatos”, dijo, refiriéndose a los inmigrantes, mientras la multitud gritaba: “¡Construye el muro!”.

Para muchos en El Paso, las consecuencias posiblemente devastadoras de la furia respecto de la inmigración y la raza se volvieron aparentes este fin de semana, cuando un tirador blanco que advertía sobre una “invasión hispana” asesinó a 22 personas en una tienda Walmart, hundiendo a la ciudad en el luto. Así que Trump regresó, esta vez para decir que quería ayudar a la ciudad en este momento de aflicción.

Sin embargo, rara vez en la historia hemos visto una relación tan tensa entre un presidente y una ciudad. Cuando Trump llegó aquí el miércoles para tratar de reunirse con las víctimas, los manifestantes se reunieron en un acto en conmemoración de las víctimas afuera de la escena de la masacre, muchos furiosos por la visita del presidente. The El Paso Times publicó una carta dirigida a Trump, en la que defendía la ciudad —que se encuentra frente a la ciudad mexicana de Ciudad Juárez, justo al otro lado de la frontera— y su profundo sentido de identidad bicultural. “Nuestra ciudad y Juárez siempre estuvieron conectadas. Actualmente, estamos entrelazados más que nunca. El demonio que nos visitó fue tras El Paso y Juárez por igual”, decía. “Nuestro pueblo está asustado”.

Así, esta ciudad predominantemente hispana en un estado cuyos líderes están fuertemente alineados con la agenda antinmigración del gobierno trató esta semana de marcar su propio camino en las turbias aguas políticas de Estados Unidos.

Los funcionarios de El Paso —señalando que la campaña de Trump aún le debe a la ciudad más de medio millón de dólares por los costos de seguridad de un mitin en febrero— se dividieron entre quienes rechazaban la política del presidente y los que daban la bienvenida a su intento de reconocer el dolor de la ciudad.

“La oficina del alcalde de El Paso, en su carácter oficial, le da la bienvenida a la oficina del presidente de Estados Unidos, lo cual considero que es mi deber formal”, dijo Dee Margo, el alcalde.

Otros en la ciudad no tuvieron paciencia para ese tipo de diplomacia.

“Absolutamente todo lo que defiende Trump se concentró y estalló contra los ciudadanos de El Paso ese día en la tienda Walmart”, dijo Christopher Bailey, de 43 años, coordinador de proyectos de una clínica de salud de El Paso. “Todos los simpatizantes que sigan justificando su lenguaje y su presidencia deberían sentir vergüenza”.

En el acto conmemorativo afuera de la tienda Walmart donde ocurrió el ataque del sábado y en un evento de creación de afiches una noche antes de la manifestación, muchos de los que se reunieron ahí dijeron que el presidente no debió haber venido.

“Sus palabras crearon el entorno que trajo a ese hombre lleno de odio a nuestra comunidad”, dijo Lyda Ness-Garcia, abogada y organizadora de la Marcha de las Mujeres de El Paso que estuvo en el evento de los afiches.

Dijo que cuando Trump describió a El Paso como una ciudad peligrosa que necesitaba imponer barreras más fuertes con México estaba usando a la ciudad como un accesorio. El Paso era una de las ciudades más seguras en Estados Unidos mucho antes de que se levantaran barreras en la frontera, y los delitos violentos son relativamente bajos, si se compara con otras ciudades de tamaño similar.

“Es objetivamente falso. Simplemente no es cierto. No es más que furia blanca mitificada”, dijo. “Debe disculparse y retractarse”.

En una serie de tuits extraordinarios la noche antes de la llegada del presidente, la representante Verónica Escobar, una demócrata que representa a El Paso en el Congreso, enfatizó la manera en que la ciudad estaba adoptando un papel de liderazgo —incluso en un estado conservador como Texas— al oponerse a Trump. Solo alrededor del 26 por ciento de los electores en el Condado de El Paso votaron por Trump en 2016.

Escobar reveló que la Casa Blanca la había invitado a unirse a Trump durante la visita del miércoles, pero dijo que había solicitado una llamada telefónica con el presidente en un esfuerzo por explicar que el lenguaje que usa para describir a los latinos, a veces equiparándolos con criminales violentos, es deshumanizador.

“He dicho públicamente que tiene la responsabilidad de reconocer el poder de sus palabras, disculparse por ellas y retractarse porque aún nos están afectando”, escribió Escobar.

El presidente, dijo, estaba “demasiado ocupado” para hablar, y ella rechazó acompañarlo en su visita. “Me rehúso a ser un accesorio de su visita”.

La visita del miércoles tenía como propósito darle a Trump la oportunidad de consolar a los familiares y los sobrevivientes y recordar a los que murieron en el ataque del sábado. Sin embargo, pocos parecían estar listos para cerrar la brecha entre la ciudad y el presidente, la cual se había profundizado incluso antes del tiroteo.

En la cultura de El Paso ha influido su cercanía con México y su lejanía de gran parte del resto del estado, dijo Richard Pineda, profesor de Comunicación Política en la Universidad de Texas en El Paso. En otra época, antes de los aviones, un viaje a El Paso desde muchas ciudades podía hacerse en diez horas o más. Aún toma once horas conducir ahí desde Houston. Es una zona horaria distinta que el resto de Texas.

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La ciudad, señaló, no era tan tolerante como muchos la pintan. Sin embargo, cierta influencia proviene de vivir tan cerca de otro país, con la vitalidad, la pobreza y a veces la violencia de Ciudad Juárez visible del otro lado de la cerca fronteriza. “Literalmente puedes ver un mundo totalmente distinto”, dijo.

No obstante, algunos de los mensajes de Trump han encontrado apoyo en El Paso, aunque pocos estaban dispuestos a hablar al respecto en medio del luto y la furia que prevalecían el miércoles.

Jordan Flores, de 20 años, que limpia mesas en Peter Piper Pizza, se presentó afuera de la tienda Walmart usando una gorra con la sigla MAGA: “Hagamos a Estados Unidos grandioso de nuevo”. Dijo que seguía siendo simpatizante del presidente, aunque se sentía incómodo respecto de los asesinatos.

“No es verdad cuando la gente me incluye en la retórica que supone que soy racista y homofóbico”, dijo Flores. “Apoyo de corazón a cada una de las personas que se vieron afectadas por esta masacre”.

Jason Carr, de 53 años, que se describió como libertario, dijo que incluso a él le quedaba claro que habría sido mejor que el presidente no hubiera ido a El Paso.

“Es bastante claro que no lo quieren aquí”, dijo. “Puedes ver que la gente está herida”, dijo acerca del ataque, una herida reciente después de unos cuantos días. “Simplemente está mal. En muchos aspectos estuvo mal”.




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