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Foto: The New York Times

Los niños desnutridos del mundo no necesitan una hamburguesa de 295 dólares


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Mientras uno de cada cuatro niños en el mundo sufre desnutrición, en restaurantes se ofrecen emparedados de 214 dólares y pastelillos con oro comestible

Nicholas Kristof

Raúl es un feliz estudiante de preescolar que convive con sus compañeros de 4 y 5 años, pero algo está mal.

No es su comportamiento, pues es el mismo que el de otros niños. Más bien es su rostro. Ya no tiene grasa de bebé, y aunque solo mide un metro, la altura de un niño promedio de 5 años, parece que tiene la cara de alguien mayor.

Desde luego, resulta que Raúl tiene 9 años. La desnutrición ha dejado a su cuerpo y su cerebro muy atrofiados. Es uno de casi un cuarto de todos los niños del mundo que se ven afectados por la desnutrición.

En Guatemala, casi la mitad de los niños están atrofiados. En algunas aldeas mayas, se trata del 70 por ciento.

En otro mundo, en el Upper East Side de Manhattan, el restaurante Serendipity 3 ofrece una hamburguesa de 295 dólares. De manera alternativa, vende un emparedado de queso asado por 214 dólares y una copa de helado por mil dólares.

“La atrofia quizá es el mejor indicador de la desigualdad de salud en los niños”, me dijo Kirsten Austad de la Alianza Maya de la Salud. “La atrofia es un factor clave de la pobreza intergeneracional”.

El gran problema con la atrofia causada por la desnutrición no es que la gente tenga baja estatura, sino que a menudo tienen un desarrollo cerebral deficiente.

“Es como un niño de 5 años”, dijo Rina Lazo Rodríguez, directora del Hospital para Niños Desnutridos Casa Jackson, refiriéndose a Raúl. Ahora está viviendo en el hospital y nunca ha asistido a la escuela, y el personal del hospital no está seguro hasta qué punto puede recuperarse física o mentalmente.

Los estudios han hallado que a los niños desnutridos les va peor en la escuela, y que el deterioro mental es visible en los electroencefalogramas.

La implicación es que miles de millones de puntos de CI se pierden con la desnutrición, y que el recurso no explotado más grande del mundo no es el petróleo ni el oro, sino las mentes de los niños hambrientos.

Para el comensal que lo tiene todo, los restaurantes ofrecen oro en la comida. Un restaurante de Dubái, por ejemplo, ha vendido un pastelillo envuelto en hoja de oro. El oro no tiene sabor (y no es tóxico), así que su único propósito es ser parte de una novedad extravagante a un precio deslumbrante, en este caso, más de mil dólares por pastelillo.

Foto: Cuartoscuro

Me encuentro en el viaje anual de expedición periodística al que suelo invitar a un estudiante universitario como premio. Este año la ganadora es Mia Armstrong de la Universidad Estatal de Arizona. Hemos estado visitando a pobladores de la zona rural de Guatemala y visto niveles sorprendentes de desnutrición. El problema no solo es la escasez de calorías, sino de micronutrientes vitales como el zinc, el hierro, el yodo y la vitamina A.

Caray, la palabra más aburrida en el idioma inglés quizá sea “micronutrientes”. Y las causas aburridas no se abordan ni se financian.

Ingrid, una niña que conocimos, tenía 14 años y medía 1,3 metros. Le pregunté si iba a la escuela.

“Dejé de ir durante el primer grado”, me contestó.

Le pedí que escribiera su nombre en mi cuaderno.

“No puedo escribir mi nombre”, respondió.

El año pasado, Sotheby subastó una botella de vino, una Romanée Conti 1945 Domaine de la Romanée-Conti. La marca estaba manchada y había señales de filtración, pero esa botella se vendió por 558.000 dólares.

Shawn Baker de la Fundación Bill y Melinda Gates se refiere a “la diferencia del 45 al uno por ciento”. Así lo explicó: “La desnutrición es la causa subyacente del 45 por ciento de las muertes de niños menores de 5 años, pero menos del uno por ciento de la asistencia extranjera global se destina a abordar la desnutrición”.

“Gran parte del daño se realiza los primeros mil días —desde la concepción hasta los primeros dos años de vida— y ese daño es en gran medida irreversible”. Además del daño cognitivo, los niños atrofiados crecen para tener más problemas de salud en la adultez, y las mujeres atrofiadas tienen bebés más pequeños, lo cual a veces da continuidad al ciclo de la pobreza.

The Ranch en Malibú, California, ofrece un programa de lujo para perder peso en nueve noches con un costo de 11.400 dólares por persona.

Los programas de nutrición son extremadamente baratos y a menudo son una de las maneras más rentables de combatir la pobreza global.

Los programas escolares de alimentación promueven la educación y la nutrición, y cuestan tan solo 25 centavos por niño por comida. La desparasitación cuesta alrededor de 50 centavos por niño al año para mejorar la nutrición y la salud; sin embargo, es más probable que se desparasite a las mascotas en Estados Unidos que a los niños en muchos otros lugares.

Como lo señaló Mia en un artículo aparte, una iniciativa de nutrición podría salvar más de 800 mil vidas al año y no requiere electricidad, refrigeración ni alta tecnología. Simplemente es un apoyo para amamantar.

Reforzar los alimentos con hierro, zinc, yodo y vitamina A es un proceso transformador. Asegurarse que los niños sean analizados para saber si sufren desnutrición y poder brindarles ayuda con suplementos que son similares a la mantequilla de maní es una medida bastante sencilla. Sin embargo, los niños desnutridos no son una prioridad, así que los niños están atrofiados de maneras que retrasarán nuestro mundo durante muchas décadas por venir.

Si algún planeta distante envía corresponsales extranjeros a la Tierra, se mostrarán desconcertados de que permitimos que casi uno de cada cuatro niños esté atrofiado, aunque disfrutemos de pastelillos con hojas de oro, helados de mil dólares y botellas de vino de medio millón de dólares.

En 2018, se calculó que el 60 por ciento de los gatos y el 56 por ciento de los perros en Estados Unidos tenían sobrepeso o eran obesos. La obesidad de las mascotas sigue siendo una grave amenaza sanitaria”. — Asociación para la Prevención de la Obesidad de las Mascotas.

Algo está mal con este panorama.

The New York Times / KO




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