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Un circo atrapado por la pandemia

Un circo atrapado por la pandemia
Un circo atrapado por la pandemia. / Foto: Yarhim Jiménez
   

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Para subsistir, los integrantes del Circo Rivers venden alimentos como manzanas con chile, papas y elotes

Yarhim Jiménez y Carlos Uriegas

La pandemia trajo a la COVID-19 y se llevó a la gente de los circos. En la comunidad de la Galera, en Colón, desde hace siete meses está estacionado el Circo Rivers, por lo que sus 15 integrantes hacen circo maroma y teatro para vender manzanas, elotes, fresas con crema para sobrevivir.

John Brandon Benítez es quien lleva la batuta del circo. Ha tenido que guardar el disfraz de payaso ante una realidad que poco tiene de comedia y se acerca más al drama, al tener que salir de la pista hacia las calles para promover la venta de alimentos, ya que las risas pueden ser el alimento del alma, pero el cuerpo y la familia de 15 integrantes requieren nutrientes más reales.

El Circo Rivers es fiel a esa tradición circense donde la aventura gitana los convierte en nómadas que van de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, en donde el circo se establece el tiempo que duren los aplausos y se vendan los boletos.

“Empezó mi abuelo, luego mi papá y ahora sigo yo, soy la tercera generación de familia de cirqueros. Veníamos de Guanajuato, pero llegó la pandemia y ya tenemos aquí siete meses estacionados. Por fortuna la comunidad nos ha apoyado, también el municipio de Colón y nosotros estamos saliendo a vender manzanas con chile, papas, fresas con crema, elotes, lo que esté al alcance”, detalla John Brandon Benítez

Los quince integrantes del circo se dividen las tareas, desde levantar la carpa, instalar las gradas, en donde cabrían hasta 700 personas, cobrar los boletos, hacer las palomitas, los malabares y rutinas en el trapecio, las cuales se vieron interrumpidas con la pandemia.

San Juan del Río era el siguiente destino para el Circo Rivers, a donde llevarían las tres cajas y dos camiones, en una travesía que costaría 5 mil pesos de diésel por cada camión.

Lesly Catalina es bailarina y trapecista, madre de Gohan Pérez Benítez, pequeño de 10 meses, el miembro más pequeño del circo, que tenía dos meses cuando empezó la pandemia y que en sus genes ya lleva el ADN del acróbata, algo que confirma al mantener el equilibrio sobre el fuerte brazo de su padre.

Abigail Hernández es otra trapecista y bailarina, la única nuera que participa en las funciones, madre de tres hijos luego de la unión entre dos familias cirqueras.

“Yo venía de otro circo y fue cuando conocí a mi esposo y ya me quedé con él”, explica Abigail, quien hace 7 años cambió de carpa.

La tradición del circo se fomenta a las nuevas generaciones de cirqueros de donde han surgido cuatro familias, en donde todos forman parte del mismo tronco, en el que 15 elementos han tenido que cambiar el trapecio para poder sobrevivir tras 7 meses de silencio.

El sonido de las risas de los niños se mezcla con el ruido del viento que levanta el polvo en un llano en el que el tiempo se detuvo y atrapó a un circo que lucha por mantenerse en pie antes de poder moverse hacia San Juan del Río.

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