Andrew Jackson en el golfo Pérsico: Ross Douthat
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Andrew Jackson en el golfo Pérsico: Ross Douthat

Foto: Archivo

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Hay un dicho que se usa mucho en Twitter cuando Donald Trump hace algo especialmente plutocrático o corrupto

Ross Douthat

Hay un dicho que se usa mucho en Twitter cuando Donald Trump hace algo especialmente plutocrático o corrupto, alguna variante de la siguiente frase: Mira por lo que votaron esos tipos que van a restaurantuchos en el Medio Oeste. El sarcasmo puede ser que el populismo de Trump fue un timo que usó de emblema a la clase obrera, o que los partidarios de Trump aparentaron tener interés en sus promesas populistas solo para humillar a los liberales.

Sin embargo, en el caso del asesinato de Qasem Soleimani, me temo que debo usar la frase en serio: de hecho, cierto tipo de partidario de Trump votó exactamente por esto, incluidos tanto los conservadores insatisfechos o menos comprometidos que lo respaldaron en las primarias como los moderados de clase obrera que antes habían apoyado a Obama, pero luego optaron por Trump, quienes definieron el voto del Medio Oeste en las elecciones generales.

No me refiero específicamente a la muerte de Soleimani; justo como Trump cuando estaba haciendo campaña, algunos de estos electores no saben en qué se diferencia la Fuerza Quds de los kurdos. Más bien hablo del espíritu estratégico detrás de su muerte, de la preferencia por un solo acto de venganza y no otras formas más ambiciosas de intervención, de la fe en el contragolpe más contundente posible, del rechazo de cualquier tipo de normas o reglas y hábitos cautelosos para contener la violencia que Estados Unidos aplica. Todo esto es lo que prometió Trump en la campaña de 2016, con el desdeño simultáneo tanto del neoconservadurismo como del internacionalismo liberal y la promesa de aplastar a los enemigos de Estados Unidos a como diera lugar.

Esta promesa combinada no era una contradicción; era la expresión de una filosofía práctica de política exterior, llamada Jacksonianismo, que muchos estadounidenses, especialmente muchos de raza blanca, de áreas rurales y clase trabajadora, siempre han tendido a adoptar.

El término “Jacksoniano” fue acuñado por el experto en política exterior Walter Russell Mead, como parte de una famosa tipología que divide las tendencias de la política exterior estadounidense en cuatro formas de percibir el mundo: Hamiltoniana, Wilsoniana, Jacksoniana y Jeffersoniana. Estas posturas están simplificadas (“diseñadas para insinuar y evocar”, en palabras de Mead) y han causado frustración a muchos estudiosos; no obstante, todavía constituyen una explicación útil sobre la forma en que, en nuestra era imperial, tiende a operar la política exterior estadounidense.

Los Hamiltonianos son los internacionalistas que se preocupan por las empresas, no expresan emociones, buscan estabilidad y evitan guerras que les parezcan idealistas en vez de enfocadas en sus propios intereses. Los Wilsonianos son los idealistas, ya sean neoconservadores o liberales-humanitarios, que consideran el Ejército de Estados Unidos como una fuerza dedicada a diseminar la democracia y proteger los derechos humanos. La mayoría de las élites de política exterior pertenecen a uno de estos dos grupos, ambos partidos políticos incluyen las dos tendencias en sus niveles más altos, y las presidencias más recientes quedaron definidas por conflictos internos entre estos dos grupos.

Sin embargo, muchos más estadounidenses son Jacksonianos o Jeffersonianos. El impulso Jeffersoniano, más común en la izquierda que en la derecha, persigue un alejamiento del imperio basado en la consigna “ven a casa, Estados Unidos”, que cataloga la hegemonía global como una locura corruptora y tacha las guerras de Estados Unidos de insensatas e injustas en general (la actitud Jeffersoniana hacia nuestras desventuras en el Medio Oriente podría describirse con la frase: “Nada de sangre por el petróleo”). La tendencia Jacksoniana, más común en la derecha que en la izquierda, se inclina hacia un nacionalismo pugilista receloso de todo enredo internacional, pero está lista para la guerra en cuanto surge cualquier amenaza (el credo Jacksoniano esencial reza: “Más escombros, menos disgustos”). Puesto que ninguna de estas tendencias tiene tantos seguidores en la capital imperial, lo más seguro es que en cualquier momento en Washington, D.C., las élites de ambos partidos políticos intenten promover el ánimo Jacksoniano o Jeffersoniano para alcanzar fines Hamiltonianos o Wilsonianos.

El problema es que, cuando las élites de ambas ideologías están al frente de demasiadas calamidades, puede suceder que haya Jeffersonianos y Jacksonianos que surjan como contendientes presidenciales importantes por su propio derecho (digamos, como George McGovern y George Wallace cuando la guerra de Vietnam comenzó a agravarse). Entonces, cuando la élite de un partido pierde por completo el control del proceso electoral, resulta que podemos terminar con un verdadero Jacksoniano en la Casa Blanca.

Es cierto que no todo lo que ha hecho Trump se ajusta al paradigma de Mead, pero gran parte de lo que lo distingue de los presidentes anteriores es totalmente Jacksoniano. Un Hamiltoniano no habría hecho amenazas tan disparatadas a Corea del Norte; un Wilsoniano no habría estado tan dispuesto después a alcanzar un acuerdo con un régimen tan despreciable. Un Hamiltoniano no querría una guerra comercial tan amplia con China; un Wilsoniano hablaría con mayor claridad en contra de los abusos que comete Pekín contra los derechos humanos en vez de solo usarlos como un tema más de negociación. Las medidas de Trump para retirar tropas de Siria y Afganistán, bloqueadas por la burocracia, son obviamente Jacksonianas; también lo es su desdén por las negociaciones de su predecesor en el tema del cambio climático. Por otra parte, su disposición a conceder indultos a criminales de guerra y amenazar con crímenes de guerra son las peores expresiones del Jacksonianismo.

¿Cuáles son los mejores aspectos del Jacksonianismo? En mi opinión, la capacidad de identificar y priorizar amenazas, un área en la que los Wilsonianos quieren abarcar demasiado y son muy ambiciosos (“hacer del mundo un lugar seguro para la democracia”, “ponerle fin al mal”), mientras que los Hamiltonianos algunas veces se dejan cegar por la “realpolitik” y no ven enemistades ideológicas que no pueden hacerse desaparecer con negociaciones.

La política exterior de Trump ha sido útil para corregir acciones de sus predecesores, y mejor que otras opciones que podrían haber ofrecido otros candidatos republicanos, en la medida en que ha intentado concretar esa priorización. Era inevitable que Trump tuviera tropiezos en la ejecución, pero los objetivos de retirar tropas de Siria y Asia Central, confrontar a China y desescalar la confrontación con Corea del Norte, distribuir la carga con otras potencias de la OTAN en Europa y conservar una relación no muy amistosa con Rusia, pero tampoco tan hostil como durante la Guerra Fría, son más razonables en términos estratégicos que las formas de intervencionismo de Bush y Clinton que Trump criticó en su campaña.

Sin embargo, en la política de Trump hacia Irán bien podríamos estar viendo los límites del Jacksonianismo, o por lo menos de uno que opera en contextos estratégicos no creados por sus propios impulsos.

Sin duda, el gobierno iraní es nuestro enemigo, algo que los Hamiltonianos del gobierno de Obama subestimaron en ocasiones, y en ese sentido la línea dura de Trump hacia los mulás es coherente con su enfoque Jacksoniano. No obstante, la capacidad y propensión del régimen de Teherán a causarle problemas a Estados Unidos también refleja nuestra presencia, postura y alianzas en la región, que existen principalmente para promover una combinación de estrategias Hamiltonianas y Wilsonianas, como el acceso al petróleo de Medio Oriente, la promoción de la democracia y los derechos humanos y el cambio de régimen en Teherán.

Ninguno de estos objetivos es esencialmente Jacksoniano, en especial ahora que Estados Unidos es más independiente en materia energética que cuando se formuló la doctrina Carter o cuando se libró la primera Guerra de Irak. Si la política de Estados Unidos hacia Irán fuera totalmente Jacksoniana, quizá todavía se mantendría el enfrentamiento con Teherán, pero no estaríamos tan involucrados en la protección del poder en el golfo Pérsico y habría menos puntos naturales de combustión y menos blancos para los ataques de Irán.

De cualquier forma, mientras Trump trabaje dentro de un marco estratégico Hamiltoniano-Wilsoniano heredado, no es muy probable que su enfoque táctico Jacksoniano (en el caso de Soleimani, elegir la opción más sorprendente y dramática de las posibles acciones militares en represalia) contribuya a su meta oficial de evitar los interminables problemas en el Medio Oriente. Por el contrario, apunta hacia un ciclo permanente de represalias con los iraníes (los atacamos, nos atacan, atacamos con más fuerza, y así sucesivamente) o bien a una desastrosa guerra en tierra, en un foro no esencial, el fin menos Jacksoniano de todos.

Precisamente porque creo que, en esencia, el Jacksonianismo de Trump es sincero, no creo que sea probable la opción de una guerra a gran escala. Además, ya que he escrito varias columnas sobre el papel de Trump como desestabilizador geopolítico, antes y después de su elección, y no ha ocurrido nada tan terrible como la locura de Obama en Libia, que todavía continúa, es importante enfatizar que los efectos de la maniobra con Soleimani podrían ser menos dramáticos de lo que esperan los expertos apanicados. De hecho, si el general fallecido era en realidad el “Stonewall” Jackson de la República Islámica, el hombre indispensable de su estrategia asimétrica, entonces su muerte podría ser más conveniente para los intereses estadounidenses en el largo plazo de lo que podría afectarnos que se agrave la confrontación.

El problema es que la consecuencia más probable a corto plazo de la muerte de Soleimani quizá sea que aumenten las hostilidades, y para los estadounidenses eso será más parecido a la guerra interminable que Trump atacó en su campaña. En tal caso, algunos electores aversos a la guerra podrían decidir que, si realmente quieren olvidarse de los conflictos fútiles del Medio Oriente, elegir a un Jacksoniano implacable quizá no sea suficiente y el único capaz de lograrlo sea un Jeffersoniano que busque la paz.

Y resulta que un verdadero Jeffersoniano de izquierda, Bernie Sanders, en este momento está entre los demócratas favoritos, dándole la pelea a Joe Biden, la encarnación de la dialéctica de la élite Hamiltoniana-Wilsoniana a pesar de su jerga obrera, en un debate cada vez más animado sobre política exterior.

Si las locuras de la élite nos dieron la presidencia Jacksoniana de Trump, en otras palabras, la pregunta que ahora debe responder el electorado demócrata es si los peligros del trumpismo requieren que le demos otra oportunidad a esa élite o si poner a un Jeffersoniano a cargo de un imperio construido por Hamiltonianos y Wilsonianos es la única opción razonable que nos queda.


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