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El bárbaro de la Casa Blanca



En 2020 se observará si Donald Trump acepta su salida en caso de que la gente así lo decida

Roger Cohen

Chuck Hardwick, republicano de toda la vida y exejecutivo de Pfizer –que ahora está retirado en Florida– votó por Donald Trump en 2016, pero tenía algunos reparos. Lo conoció en la década de 1980 y notó su “ego dominante”. Aun así, las elecciones giran en torno a las opciones y no le agradaban los ‘maquinadores’ Clinton. Estaba enojado con los medios porque durante las primarias se burlaron de Trump y luego se pusieron en su contra cuando fue candidato.

Tres años después, Hardwick, de 78 años, cuya carrera política incluyó un periodo como presidente de la Asamblea General de Nueva Jersey, no está seguro de cómo votará en noviembre de 2020. Trump lo desconcierta.

Admira la energía del presidente, su coraje para enfrentar temas difíciles como el que China estuviera “alcanzando la prosperidad mediante robos”, sus recortes de impuestos corporativos y lo que él ve como un impacto revitalizante en las ambiciones estadounidenses.

“Pero si estuviera en un consejo de administración que hubiera contratado a Trump como director ejecutivo”, me dijo Hardwick, “tendría que decirle: ‘Tienes buenas habilidades, pero no puedes manejar a las personas. Estás despedido’”.

Ser despedido por el pueblo estadounidense en 2020 es algo que el ego de Trump no tolerará. La derrota destrozaría esa especie de manual de operaciones de “yo-siempre-puedo-salirme-siempre-con-la-mía” que lo caracteriza.

Si no hay abogados serios que ya estén pensando en cómo responder a las confabulaciones que Trump desplegará en caso de una derrota estrecha el próximo año, es hora de que comiencen.

Sacar a Trump de la Casa Blanca es más parecido a la destitución de un líder como Recep Tayyip Erdogan, de Turquía, que, por ejemplo, a la de un primer ministro neerlandés.




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