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Migrantes: Alejandro Gutiérrez Balboa


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Vivimos una crisis migratoria a nivel planetario. El problema de la migración es complejo, no puede ser analizado sin tomar en cuenta épocas, causas, medios. Hasta en la Iglesia Católica se expresan posiciones encontradas al respecto.

La mayoría de los migrantes que llegan a Europa en nuestros días, después de la crisis provocada por la guerra civil en Siria, provienen del África, de países en guerra civil, con estados fallidos, o con gobiernos en manos de tiramos corruptos. Por lo general es una migración de jóvenes y de menores de edad, mayoritariamente musulmanes, encontrando un futuro incierto en los países europeos, pero definitivamente mejor que en sus propios países.

Los países receptores europeos han tenido una actitud ambivalente ante el fenómeno, desde políticas de cuasi brazos abiertos, como en Alemania, hasta de abierto rechazo, como en Hungría y en Polonia. Las sociedades europeas miran con recelo y con rechazo a los migrantes recién llegados a quienes culpan, y no sin razón, de la alta elevación de los crímenes y delitos observados.

Los migrantes no solamente llegan en oleadas cada vez más crecientes, sino que su traslado ha sido la causa de un “boom” en las actividades del crimen organizado, que se encarga de transportarlos, así como de hacerlos vehículo del tráfico de drogas y de su reclutamiento para abrir o fortalecer nuevos mercados.

En México vemos con simpatía la migración ajena, la que no nos afecta, porque sabemos que todos esos fenómenos los han vivido nuestros compatriotas que por más de 150 años han constituido un flujo ininterrumpido de migración, frente a un Estado incapaz de proporcionar niveles mínimos de bienestar. Los polleros desde hace décadas conforman toda una mina de oro y no se sabe de ningún caso en que su actividad haya sido sancionada o perseguida.

Las migraciones no siempre han sido buenas, como la que recibieron Estados Unidos y Argentina en el siglo XIX y que ayudaron a consolidar la economía y la nacionalidad de esos países. En contraste, lo que ocurre en Europa se mira como un intento de cambiar su cultura milenaria para favorecer la implantación del islam, favorecido por el crecimiento poblacional negativo de todos los países europeos.

No siempre los migrantes ayudan. Con frecuencia son motivo de criminalidad y de guerras. Los gobiernos deben estar atentos al tipo de migrantes que aceptan, aunque esto pareciera censurable.




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