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Idiotas útiles y multimillonarios trumpistas

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A quien se le haya ocurrido la frase “idiotas útiles” –suele atribuírsele a Lenin, pero no hay pruebas de que la haya dicho alguna vez– traía algo entre manos. Hay ocasiones en las que movimientos políticos peligrosos obtienen apoyo importante de gente que se encontrará entre sus más grandes víctimas en caso de que estos movimientos logren hacerse del poder y lo mantengan.

Ciertamente pienso en la frase cuando leo sobre la recaudación de fondos de Trump que se llevó a cabo en la casa de los Hamptons de Stephen Ross, presidente de una empresa que es titular de participaciones controladoras de Equinox y SoulCycle.

La mayoría de los reportajes sobre el evento de Ross se han centrado en los posibles efectos adversos en su imperio comercial: a los jóvenes con educación superior y fanáticos de mantenerse en forma que van a sus gimnasios no les gusta la idea de que su dinero esté financiando a Donald Trump. Pero la estupidez del apoyo de Ross a Trump va mucho más allá del posible daño en su estado de resultados.

Con esto me refiero a que, si eres multimillonario y además racista, apoyar a Trump tiene todo el sentido del mundo: sabes lo que estás comprando. Pero si estás apoyando a Trump, no por su racismo, sino a pesar de él, porque esperas que mantenga tus impuestos bajos, estás siendo, por así decirlo, un idiota.

Es cierto que Trump (incumpliendo todas sus promesas de campaña) recortó los impuestos a los ricos, y muy seguramente los reducirá más si resulta reelecto. Por otra parte, es probable que quienquiera que resulte designado por los demócratas como su candidato aumente esos impuestos, tal vez de manera considerable, de ganar la elección general.

No obstante, vamos a poner los pies en la tierra. Si eres multimillonario, no necesitas el dinero adicional. A ese nivel, el poder adquisitivo no tiene nada que ver con la calidad de vida: tener una casa de 4180 metros cuadrados en lugar de una de solo 3716 o volar en un jet privado más grande a alguna de tus múltiples residencias no te hará significativamente más feliz.

La gente que ha estudiado a los extremadamente ricos argumenta que ese dinero, para ellos, no tiene que ver en términos generales con poder comprarse cosas, sino que es una forma de mantener su clasificación; su satisfacción no proviene de consumir más sino de ganarles a quienes perciben como sus pares.

Y, en esa dimensión, los recortes fiscales no ayudan, debido a que tus pares obtienen las mismas exenciones fiscales que tú.

Más concretamente, el trumpismo tiene que ver con mucho más que recortes fiscales: es un intento de acabar con el Estado de derecho e imponer un régimen nacionalista blanco y autoritario, e incluso los multimillonarios deberían estar aterrados de aquello en lo que sus vidas se convertirán si ese intento tiene éxito.

Esto es particularmente cierto si eres parte de una minoría, aunque tu piel sea blanca. Ross es judío, y un judío tiene que ignorar por completo la historia para no saber que, cuando se da rienda suelta a la intolerancia, siempre somos los siguientes en ser perseguidos.

De hecho, los ingredientes para un pogromo estadounidense ya están en marcha. El presunto culpable del tiroteo de El Paso, al igual que muchos terroristas de derecha, cree en la “teoría del remplazo” (el argumento de que la inmigración es parte de una vasta conspiración para sustituir a los blancos con gente de color) y ¿quién está detrás de esta conspiración? Ustedes saben quiénes. “Los judíos no nos remplazarán”, declaraban los manifestantes que llevaban antorchas en Charlottesville.

¿Trump apoya la teoría del remplazo? Los teóricos del remplazo parecen pensar que sí.

En cualquier caso, los multimillonarios que se imaginan que su riqueza los aislará de las purgas y la inseguridad de un régimen autoritario se engañan. Vean la Rusia de Vladimir Putin, un lugar que Trump seguramente considera un modelo a seguir. Putin ciertamente favorece a un círculo interno de oligarcas, pero ha demostrado que no duda en usar el sistema jurídico politizado para perseguir y arruinar a sus críticos, sin importar lo ricos que sean.

Ah, y no me digan que no puede suceder aquí. El hombre que instiga gritos de “Enciérrenla”, que ha declarado que los medios independientes son “los enemigos del pueblo”, ha dejado bastante claro que le encantaría involucrarse en persecuciones con fines políticos de cualquiera que se interponga en su camino.

Seguramente hay algunos estadounidenses ricos que quieren vivir en un país así. Pero la mayoría de los multimillonarios que apoyan a Trump tal vez estarían horrorizados ante esa posibilidad. Entonces, ¿en qué están pensando cuando recaudan dinero para un aspirante a autoritario?

La respuesta, por supuesto, es que no están pensando. En lugar de considerar lo que una consolidación del poder trumpista significaría, están reaccionando sin pensar como resultado de una combinación de avaricia y ego.

Por cierto, la parte de la avaricia es obvia. Pero también ha quedado claro desde los años de Obama que a un buen número de superricos no les satisface por completo ser inmensamente ricos, sino que también quieren adulación. Esos ricos esperan que se les alabe por ser creadores heroicos de empleo y les molesta cualquier sugerencia de que algunos de ellos quizá se hayan comportado mal, ni qué decir de que podrían haberse beneficiado de un sistema amañado.

De ahí el odio incluso hacia los progresistas razonables que están a favor del mercado como, por ejemplo, Elizabeth Warren. No es solo que estos progresistas puedan hacer a los multimillonarios un poco menos ricos, sino que los hacen sentir pequeños.

No obstante, este no es momento para semejante mezquindad. La inmensa riqueza trae consigo muchos privilegios, y continuará haciéndolo incluso si los progresistas demócratas tienen una victoria arrasadora el año próximo. Lo que la riqueza no trae consigo es el derecho de dejar que la autocomplacencia te convierta en un idiota útil, que presta ayuda y consuelo a un movimiento que está tratando de destruir al Estados Unidos que conocemos.


“Paul



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