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Negar el racismo es respaldarlo

   

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¿Cuándo llegamos al punto en el que usar las palabras “racista” y “racismo” se convirtió en algo más radioactivo que en realidad hacer y decir cosas racistas y demostrar que eres racista?

¿Por qué Estados Unidos insiste en la necesidad de saber lo que es imposible saber —aquello que acecha en el corazón— para asignar esa denominación?

¿Por qué tantos estadounidenses insisten en que el racismo requiere de una intención maliciosa y consciente para ganarse ese título?

La semana pasada, una gran parte de Estados Unidos luchó con la idea de etiquetar de racista al presidente después de que publicó tuits racistas sobre cuatro mujeres congresistas de color, con lo cual demostró una vez más en los términos más evidentes que realmente es racista.

No obstante, muchas personas, entre ellas algunas en los medios, tuvieron problemas para decidir si debían tachar de racista su tuit, y por extensión al mismo Donald Trump.

Como se expresó en el Columbia Journalism Review, algunos medios sí tacharon los tuits de racistas: “Sin embargo, en general, las salas de prensa de las organizaciones noticiosas populares no dijeron que los tuits fueran racistas, o al menos no de una manera tan consistente en toda su cobertura”.

En muchos casos, los responsables de ser las voces más estruendosas en el coro que está dispuesto a llamar las cosas por su nombre fueron los críticos, los expertos y los columnistas. Y muchas de esas voces eran personas de color que desde el principio han nombrado correctamente a Trump por lo que es.

No obstante, esta situación genera cuestionamientos muy graves, en particular hacia nuestros colegas blancos en el periodismo y nuestros conciudadanos blancos: ¿por qué tardaron tanto?, ¿esos tuits en verdad fueron su límite de racismo?, ¿o simplemente fueron la gota que derramó el vaso?, ¿nada de lo que Trump ha hecho en décadas lo hace merecedor del título?, ¿o nada más reinician su regulador de racismo cada tantos meses?

Me da la impresión de que los periodistas blancos en particular —y los ciudadanos blancos, en general— han provocado un daño tremendo a la verdad y la honestidad al crear la ilusión peligrosa de que el racismo es difícil de definir y los racistas difíciles de identificar.

Este periódico no está exento de esa crítica.

Y, en específico, al aislar a la gente de color como las principales voces de la verdad en estos temas raciales, han creado la impresión de que el uso de esos términos se origina en el agravio personal y no en la evaluación profesional.

Al negarse a sumar sus voces blancas, le dieron un rostro negro a la definición de racismo. Permitieron que la gente creyera que el hecho de que algunos de nosotros, unos pocos negros y morenos, hayamos dicho la verdad y sido testigos tuviera la apariencia de estar corrompido y ser menos válido por un motivo innoble.

Una encuesta de USA Today/Ipsos publicada el 17 de julio reveló que más del doble de los estadounidenses encuestados cree que la gente que llama a otros racistas lo hace “de mala fe”, en comparación con aquellos que no lo creen.

Todo esto contribuye a una atenuación gradual de la realidad misma del racismo, de que incluso existe en casi las proporciones que han documentado los científicos sociales. Esta negativa a llamar al racismo de manera adecuada y constante por su nombre permite que los prorracistas y la gente que niega el racismo proclamen casi sin oposición que etiquetar algo o a alguien de racista solo se ha vuelto un arma, y que las palabras mismas han perdido su significado por haberse usado en exceso.

La verdad es que lo opuesto es verdadero: en Estados Unidos, el racismo en realidad está subidentificado y subetiquetado.

Además, creo que demasiados de nuestros vecinos blancos están eligiendo voltear para otro lado a fin de no ver la enorme amplitud y el inmenso alcance del racismo en este país, porque reconocerlo sería condenarse y condenar a la familia, los amigos y la comunidad. Sería reconocer que una gran parte de su existencia es privilegiada, y a la inversa la negrura es oprimida.

En palabras de Shirley Chisholm, la primera afroamericana en ser elegida al Congreso y la primera en buscar una importante nominación del partido a la presidencia: “El racismo es tan universal en este país, tan diseminado y arraigado, que es invisible porque es normal”.

Hay un prejuicio racial incrustado en casi todos los aspectos de la vida estadounidense: el financiero, el médico, el judicial, el político, el nutricional, el ambiental, el educativo, lo que se te ocurra.

En Estados Unidos, el racismo es como el aire: nos rodea a todos, se inhala y exhala de manera constante y, si eres blanco, ha demostrado ser benéfico para tu salud y supervivencia.

Esa es justamente la razón por la que mucha gente blanca es incrédula cuando ve a una persona de color jadeando, respirando con dificultad, quejándose de que el aire está envenenado.

¿Cómo puede ser que esta cosa invisible que me mantiene con vida, al mismo tiempo te provoque un perjuicio severo?

Y así empieza la gimnasia mental de asignar otra causa, de acusar al asfixiado de ser histriónico.

No te equivoques: negar el racismo o negarte a desafiarlo también es racista. No puedes alegar que eres igualitario y antirracista y escoger no demostrarlo con tu familia y amigos o incluso en tu comunidad por temor al rechazo y al ostracismo o, como suele usarse de excusa, para mantener la paz.

No hay paz para los objetos del racismo, así que elegir la comodidad personal y la comodidad de los racistas ayuda a la perpetración del perjuicio racial.

Si apenas vas a llamar racista al comportamiento de Trump —o peor aún, si todavía no te atreves a hacerlo—, eres parte del problema. Estás respaldando esa arquitectura de racismo blanco.

The New York Times 

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