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¿Quién es una mayor amenaza para su democracia: Netanyahu o Trump?


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El 17 de septiembre, Israel celebrará su segunda elección nacional en menos de seis meses. De lejos, parece una repetición de la elección del 9 de abril, en la que el primer ministro Benjamín Netanyahu resultó victorioso gracias a un margen estrecho, pero no fue capaz de reunir una coalición gobernante más tarde. Que no nos engañen. No es una repetición. Esta será una de las elecciones más importantes en la historia de Israel. Si te importa esta nación, presta atención, porque el país que admiras está en juego. Si eres judío, pon mucha más atención, porque el resultado de esta elección podría acabar con tu sinagoga y tu comunidad.

¿Por qué? Porque esta elección israelí reúne varios problemas relacionados que se encuentran en el núcleo de la identidad de Israel como democracia judía, problemas que se ocultaron en la elección de abril pero que ahora han estallado ante la mirada de la sociedad.

Esos problemas son el futuro de las instituciones judiciales de Israel, el futuro del control que tiene Israel de más de 2,5 millones de palestinos en Cisjordania y el asunto de si Israel será dirigido en esta época crucial por una coalición pragmática desde el centro o por la coalición más inclinada a la derecha que el país haya visto en su historia. También están en juego los destinos de dos titanes políticos actuales: Netanyahu —que está librando una batalla a rienda suelta para evitar que lo encarcelen por cargos de corrupción, y el ex primer ministro Ehud Barak, que no participó en la elección previa, pero se ha sumado a la actual. Barak argumenta que estamos al borde de “una desintegración total de la democracia israelí”, lo cual es “una amenaza estratégica no menos grave que la iraní”.

Permítanme intentar deshebrarlo todo. En la elección de abril, hubo una colusión tácita entre la derecha y el centro-izquierda en Israel para no hablar del asunto palestino. El partido Likud de Netanyahu y sus aliados de derecha no querían hablar de su anexión progresiva de Cisjordania. Además, los principales rivales de centro-izquierda de Netanyahu, el partido Azul y Blanco, dirigido por el general retirado Benny Gantz, y el Partido del Trabajo pensaron que enfocarse en la corrupción personal de Netanyahu atraería más votos que ofrecer un plan para separar a Israel de los palestinos. Como consecuencia, ignoraron el que quizá es el asunto más vital para el futuro de Israel.

Así que la principal división en la elección de abril fue que el centro-izquierda señaló que Netanyahu debía irse porque él y su familia eran corruptos y habían estado demasiado tiempo en el poder, y que Netanyahu afirmó que era indispensable para el futuro de Israel.

Las acusaciones de corrupción en contra de Netanyahu no son ordinarias. En febrero, el fiscal general Avichai Mendelblit —designado por Netanyahu— anunció su intención de acusar al primer ministro por tres casos de corrupción, a la espera de una audiencia previa a la inculpación en la que Netanyahu puede realizar una última apelación.

Mendelblit escribió sobre Netanyahu: “Has herido la imagen del servicio público y la fe de la sociedad en él. Participaste en un conflicto de intereses, abusaste de tu autoridad mientras tomabas en cuenta otras consideraciones que se relacionan con tus intereses personales y los intereses de tu familia. Corrompiste a los servidores públicos que trabajan para ti”.

Netanyahu está desesperado. Podría ir a la cárcel. Pero antes de la elección de abril, negó rotundamente que, si resultaba victorioso y su coalición se apoderaba de la Knéset, usarían su poder para aprobar leyes que lo protejan de la inculpación y persecución. Dios no lo quiera… ¡eso estaría mal!

Y adivinen qué. Inmediatamente después de que ganó, su primera decisión fue tratar de asegurar que la nueva coalición que estaba formando aprobara las mismas leyes que negó que buscaría para anular una acusación en su contra.

Desgraciadamente, además de su partido Likud, los únicos partidos tan extremos como para secundar los abusos de Netanyahu eran los colonos de extrema derecha y los ultraortodoxos. Puesto que Netanyahu estaba obsesionado con enlistarlos de nuevo para obtener una mayoría gobernante en la Knéset, lo convirtieron en su cautivo, siempre aumentando sus exigencias, y terminaron por llegar a un punto en el que otros miembros de su coalición propuesta se rehusaron a seguirle el juego.

Sin embargo, durante el proceso de todas esas maniobras, todos los israelíes pudieron ver lo lejos que Netanyahu estaba dispuesto a llegar con el fin de poner en riesgo las instituciones legales de Israel solo para salvarse.

Netanyahu le estaba pidiendo a sus futuros socios de coalición que aprobaran leyes que, como primer ministro en funciones, le darían inmunidad efectiva para no ser enjuiciado. Además, para evitar que la Corte Suprema de Israel eliminara estas leyes, Netanyahu insistió en que sus socios también debían aprobar otra ley que disminuiría los poderes de la Corte Suprema. No lo estoy inventando, amigos. Estamos hablando del mundo judío del revés.

No obstante, el asunto de Palestina aún no estaba en la agenda. Es ahí cuando llega Ehud Barak.

Durante los últimos años, Barak, retirado pero aún influyente, ha estado atacando a Netanyahu en Twitter, enfatizando en repetidas ocasiones que la anexión progresiva de Cisjordania no solo terminará por socavar a Israel como una democracia judía —que se basa en el principio de una persona, un voto— sino que literalmente exige que Netanyahu y sus socios de extrema derecha socaven las instituciones legales de Israel. La Corte Suprema, los vibrantes grupos de la sociedad civil y los medios noticiosos son las últimas instituciones que se interponen en la iniciativa de la extrema derecha de invadir los territorios de Palestina mientras aseguran que los palestinos que viven ahí nunca tengan los mismos derechos políticos que los israelíes.

Muchos afuera de Israel creen que las únicas dos posibilidades para Cisjordania son la separación de israelíes y palestinos o su integración en una sola entidad política basada en la igualdad de derechos. Sin embargo, la derecha israelí tiene una tercera fantasía en mente: controlar Cisjordania sin darles los mismos derechos a los palestinos que viven ahí. La principal barrera para esta visión es el sistema judicial de clase mundial de Israel, la prensa libre y la sociedad civil. Así que el ala derecha debe castrarlos. Barak reveló esa conexión a todos los israelíes.

Barak no puede ganar esta elección. Sin embargo, al entrar en la contienda y enfatizar todas estas amenazas al futuro de Israel, puede obligarlos a adoptar esta agenda y forzar al partido Azul y Blanco y al Partido del Trabajo a que hablen sobre lo que ha llamado “un sendero peligroso” hacia un futuro de “apartheid” para Cisjordania.

Barak llamó a su nuevo partido Yisrael Demokratit –Israel democrático– y argumentó: “Cada uno de nosotros puede elegir entre el Estado de Israel y el Estado de Netanyahu; entre la destrucción de la democracia israelí, el daño intencional al Estado de derecho, los tribunales y la policía; entre el atropello total del gobierno y la solidaridad israelíes, y el Estado judío democrático que Israel necesita, que sea adecuado y sostenible. …Esta es la época más oscura que hemos vivido”.

El presidente Donald Trump y los judíos de todo el mundo deberían orar para que Netanyahu pierda. Si gana la elección –y socava el Estado de derecho para proteger a su gobierno y perpetuar el control de Israel en Cisjordania– todos los judíos a los que les importa el Estado judío terminarán por tener que tomar la decisión ética de si quieren seguir apoyando a Israel o no. Esto, como dije, podría destruir todas las sinagogas y las instituciones judías en los campus universitarios, en Estados Unidos y en toda la diáspora.

Además, como Netanyahu ha atrapado a Trump y a Jared Kushner, su yerno, a tal grado, no entienden que, si Netanyahu gana, el plan de paz de Trump estará muerto antes de nacer. Netanyahu ahora solo puede sobrevivir políticamente con una coalición que rechace cualquier insinuación de reparto de poder con los palestinos, sin importar lo sutil que sea.

De manera irónica, el plan de paz de Trump solo podría ser escuchado y catalizar un cambio si la agenda de Barak le da forma a esta elección y produce un gobierno de coalición listo para abordar el problema más existencial de Israel.

Por cierto, mis queridos estadounidenses, ¿acaso muchos elementos de esta historia no les suenan familiares?




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