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El Reino Unido está al borde de Boris Johnson y el caos


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Como Sherlock Holmes observó: “Cuando se ha eliminado todo lo que es imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad”.

Lo imposible, en este caso, ha sido el brexit. Theresa May, la primera ministra británica que anunció su renuncia el viernes, hizo todo lo imaginable con el cáliz envenenado de la retirada del Reino Unido de la Unión Europea en un intento por hacerlo aceptable. Su intento fue en vano.

“Brexit significa brexit”, declaró, en una cita que pasó a la historia, sin encontrar la valentía ni la convicción para profundizar sobre su significado. Este fue un problema, teniendo en cuenta que el asunto en cuestión era una de las decisiones en tiempos de paz más serias del país. La impulsaba la obstinación, más que alguna otra idea para el futuro del Reino Unido. Hace casi tres años, el Reino Unido votó; ella sería quien hiciera cumplir dicha decisión.

Sin importar cuánta evidencia sobre el impacto negativo del brexit se acumulara a diario —un crecimiento más lento, menor inversión, la pérdida de empleos bancarios, el cierre de fábricas—, ni que el Reino Unido pudiera dividirse, ni que el Parlamento rechazara en tres ocasiones el acuerdo propuesto por May, ni que se sabe que las democracias cambian de opinión sobre sus errores, ella perseveró, incluso hasta que tuvo que aceptar que su renuncia era “lo más conveniente para el país”.

Entonces, ¿qué queda de todo esto, según la fórmula de Holmes? ¿Cuál es la verdad? En el Partido Conservador de May comenzará una contienda por el liderazgo y el ganador se convertirá en primer ministro, con la tarea de resolver la debacle del brexit. Su más probable sucesor, dado el grado fanático del sentimiento a favor del brexit entre los miembros del Partido Conservador, es Boris Johnson, el inescrupuloso, decadente, cambiante y deshonesto ex ministro de Relaciones Exteriores, cuya relación incierta con la verdad y firme narcisismo se asemejan a los de Donald Trump.

“Tiene lo que se necesita”, ha proclamado sobre Johnson de manera inquietante Trump, quien visitará el Reino Unido a principios de junio. La adulación ha sido recíproca. Ambos son hombres dotados en las artes oscuras.

Con Johnson como líder, aumentarían las posibilidades de que haya un brexit duro, entendido como la salida del Reino Unido de la Unión Europea en la nueva fecha límite del 31 de octubre sin ningún acuerdo para regular la relación a futuro con sus vecinos. Sin embargo, Johnson tiene muchos enemigos, y el escenario de cadenas de suministro cortadas, camiones haciendo fila en Dover y Calais, residentes británicos en Europa arrojados al limbo y un auténtico caos administrativo en todos los niveles financieros, comerciales, industriales y microempresariales podría hacer que algunos miembros del Partido Conservador deserten y renueven el punto muerto parlamentario o destituyan al gobierno de Johnson.

Hay otros candidatos, incluidos algunos como el ministro del Interior Sajid Javid o el ministro de Relaciones Exteriores Jeremy Hunt, quienes están más comprometidos con un acuerdo con la unión que sirva como base para una salida ordenada. No obstante, aun cuando las encuestas sugieren que muchos británicos han reconsiderado su voto de 2016 y que un segundo referéndum revertiría el resultado, el Partido Conservador está siendo empujado de manera inexorable hacia la derecha por la facción ultranacionalista de derecha que Johnson encarna de manera muy vívida. Johnson ha querido ser primer ministro desde hace mucho tiempo, y hará lo que sea para llegar a la calle Downing (donde se encuentra la oficina del primer ministro).

Con todo, este podría no ser el momento de Johnson. Parece ser que las elecciones del Parlamento Europeo, que concluirán el domingo, le darán la victoria al derechista Partido del Brexit de Nigel Farage (una victoria motivada por gente molesta con que no se haya respetado la fecha límite para el brexit del 29 de marzo) y una aplastante derrota a los dos partidos dominantes, el Partido Conservador y el ineficaz Partido Laborista de Jeremy Corbyn.

El centro está más débil que nunca antes en el Reino Unido. La composición política del país está en constante cambio. La sobrevivencia misma de la nación está en duda, dadas las divisiones al interior de Irlanda del Norte en relación con la Unión Europea y el fuerte deseo de Escocia de permanecer en la unión. El veneno del brexit sigue diseminándose por la sencilla razón de que no tiene sentido.

Johnson, de resultar electo, podría tratar de convocar elecciones anticipadas para reforzar su postura a favor de un brexit duro, pero el partido de Farage debilitará el voto del Partido Conservador y, en palabras de Hugo Dixon, vicepresidente de un movimiento político comunitario que está a favor de un segundo referéndum: “Si Johnson opta por un pacto con Farage, eso ocasionará todavía más caos”.

Una cosa es cierta: si hubiera elecciones generales con Johnson a la cabeza del Partido Conservador y Corbyn, el hombre que ha abierto las puertas al antisemitismo en el Partido Laborista, como la principal alternativa, mucha gente razonable en el Reino Unido se sentiría físicamente incapaz de votar por alguno de los dos.

Sin importar lo improbable que era que una nación por lo general prudente votara por renunciar a una membresía de 46 años en una unión de 500 millones de europeos que le ha traído prosperidad e influencia, ocurrió. Las consecuencias han probado ser imposibles de gestionar. No hay mayoría parlamentaria para ninguna forma del brexit. Es imposible arreglar la estupidez, como ha observado mi colega Tom Friedman.

La salida de May cambia el escenario, pero no altera el rumbo del Reino Unido hacia un punto muerto paralizante que solo un segundo referéndum podría resolver. Con las mentiras ahora al descubierto, la realidad revelada, la adrenalina disipada, los británicos merecen una segunda oportunidad para manifestar lo que quieren para sí mismos y para las generaciones por venir. No sería un final feliz, pero, a veces, como en la fórmula de Holmes, la vida se reduce a eliminar las alternativas.




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