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Joe Biden y el Partido de Davos


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Roger Cohen

¿Donald Trump es una aberración? Si lo fuera, Joe Biden es el candidato demócrata perfecto para vencerlo el próximo año, la mano firme que puede restaurar la decencia, encontrar el punto medio entre Wall Street y la economía en general y revitalizar el sacudido orden democrático liberal.

No creo que Trump sea una aberración. Por el contrario, es el rostro, sin importar qué tan falso sea, de una revolución en contra del Partido de Davos, la red de élites con propuestas económicas y culturales que terminaron por ser consideradas el camuflaje de un atraco egoísta por un sinnúmero de votantes en Estados Unidos y Europa. Biden ha sido un asistente regular a Davos.

La genialidad de Trump radica en percatarse de que podía ser el impostor perfecto, el representante adinerado y muy visible del movimiento de los desposeídos y los invisibles del siglo XXI. Él podía ser sus voces. Él podía decir lo indecible. Él podía alterar el orden de las cosas. Él podía devolver la violencia a un escenario político lánguido de diapositivas de PowerPoint. Él podía hacerse cargo de la China que había puesto a trabajar a millones de personas en sus fábricas por poco dinero, lo que había ocasionado la desindustrialización de buena parte de Occidente, desde el Medio Oeste hasta la región central de Inglaterra.

Si las personas sentían que eran donnadies, que estaban abandonadas, que no solo había una creciente desigualdad en cuanto a riqueza sino también en cuanto a reconocimiento, que su propio idioma había sido anestesiado por élites omniscientes que se sienten más en casa en capitales globales que en las provincias de sus países, entonces alguien podía hablar por los desaparecidos a causa del liberalismo… y tal vez hasta ganar. Steve Bannon lo percibió. Trump lo captó y ganó, no como el creador de un movimiento, sino como el mensajero hábil con los medios de una fuerte marejada.

Esta revolución no es un fenómeno estadounidense. Es mucho más amplio. Su primera expresión bien definida no fue la victoria de Trump, sino la votación a favor del brexit en el Reino Unido. La revolución sigue en la parte alta de la primera entrada. Es política, económica y cultural, y la dirige el resurgimiento de aquellos gemelos infelices: el miedo y el nacionalismo.

Ha habido un movimiento en la mente de las personas, un cambio radical en la manera en que la gente vive, percibe y lleva a cabo sus políticas. El viejo paradigma no funcionará. Biden, a quien admiro por su defensa apasionada de la idea de Estados Unidos que Trump ha manchado, representa el viejo paradigma. Ese es un gran problema, sin importar cuál sea la ventaja inicial que tiene en las encuestas. Como un pilar del antiguo régimen, Biden no está en una buena posición para revertir la revolución. Esto no es personal. Es social.

A pesar de sus inicios como obrero en Scranton, Biden será ridiculizado como un fiel sirviente del Partido de Davos, la camarilla que aseguró la impunidad para los financieros detrás de la crisis de 2008, el intoxicante crecimiento de la desigualdad, la conciliación con China y la arrogancia de los demócratas amantes del dinero que se distanciaron de su electorado de la clase trabajadora. Le perjudicará la política sin filtros, el regalo ambiguo de la tecnología. Esta política premia la agilidad más que el honor. El mundo ha pasado a otra etapa. ¿A cuál? No estoy seguro, pero es así. Las cosas cambian. Así funciona el mundo, tan inexorable como la biología.

Hasta ahora, uno de los intercambios más significativos de la pelea por la nominación demócrata para 2020 llegó en los días pasados cuando Biden se refirió a China: “Es decir, bueno, no son malos. ¿Pero adivinen qué? No son competencia para nosotros”. A lo cual Bernie Sanders respondió que Estados Unidos había perdido tres millones de empleos manufactureros por el acuerdo comercial que se firmó con China en 2000. “Es una equivocación suponer que China no es uno de nuestros principales competidores económicos”, tuiteó Sanders.

No solo económicos, agregaría yo. China ha tomado un rumbo implacable hacia dirigir el mundo en la segunda mitad de este siglo. Si eso no es precisamente lo que quieres para tus hijos, pensar que “no son competencia para nosotros” es justo la manera equivocada de empezar. Es pereza mental, y la pereza ha perjudicado mucho al centro liberal durante la última década.

Europa es un buen ejemplo del alcance de la revolución. En Italia, crece la popularidad de Matteo Salvini, el vicepresidente del Consejo de Ministros derechista y antinmigrantes. En España, en las elecciones del 28 de abril, triunfó el Partido Socialista, pero el partido Vox, de derecha, salió de la nada para obtener el 10,3 por ciento de los votos, con lo cual entró al Parlamento y rompió el tabú pos-Franco. Santiago Abascal, el líder de Vox, elaboró una síntesis política y cultural casi perfecta para la estructura actual: un rechazo virulento hacia los inmigrantes y una defensa estridente de las corridas de toros. Estamos ante el regreso de la política vista como un deporte sangriento.

Emmanuel Macron, el presuntuoso presidente francés, se vio obligado a bajar de las alturas de Júpiter cuando su propuesta de aumentar los impuestos de la gasolina detonó las protestas de los chalecos amarillos. Estaba pensando en salvar el planeta; los ciudadanos afectados estaban pensando en llegar a fin de mes. ¡Ah! Macron comenzó un ejercicio de tres meses para escuchar a los votantes llamado el “Gran Debate Nacional”, el cual ha culminado con el reconocimiento de la necesidad de impuestos más bajos y la necesidad de ser más “humano”.

Ese tipo de atención a los ciudadanos es crítico. Trump lo hizo; escuchó mejor que Hillary Clinton. Tengo la impresión de que, entre los contendientes demócratas, Elizabet Warren está prestando más atención a los ciudadanos. El impuesto que propuso para los superricos refleja eso, mientras que Biden no se mete ni con los multimillonarios ni con China. Trump no es una aberración. Solo lo vencerá algún innovador.




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