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La única respuesta es menos internet



Ross Douthat

En nuestra época de la conexión digital y la vida constantemente en línea, podría decirse que dos regímenes políticos están desarrollándose, uno chino y otro occidental, que ofrecen dos tipos de relaciones entre la privacidad de los ciudadanos ordinarios y el poder recién descubierto de las autoridades centrales para rastrear, supervisar, exponer y vigilar.

El primer régimen es uno en el que cada una de tus transacciones puede incluirse en un sistema de calificaciones y clasificaciones, en el que los que parecen simples errores personales pueden costarte la subsistencia y la reputación, incluso la capacidad de pedir un auto o hacer una reservación. Es uno en el que compañías teóricamente privadas cooperan con el gobierno para dar seguimiento a los disidentes y radicales, y censurar el discurso; uno en el que los demás ciudadanos actúan como ejecutores del consenso ideológico, convirtiéndote en un ejemplo por comentarios que estaban destinados solamente para tus amigos; uno en el que ni el dinero ni el poder de tus superiores pueden comprar la privacidad.

El segundo régimen es el que están construyendo en la República Popular China.

Este es un chiste oscuro; no tiene como propósito minimizar los horrores de la incursión de China en el totalitarismo de la era de la información. Comenzando con su control exitoso del internet, Pekín ha tomado los episodios más lúgubres de “Black Mirror” como guía para el control social y la subyugación, con calificaciones de “crédito social” y la humillación pública para la gente cuya conducta diaria resulta decepcionante, aplicaciones oficiales del Partido Comunista que más te vale usar si no quieres que pase algo malo, tecnologías de vigilancia y software de reconocimiento facial como lastres destinados a las religiones no aprobadas, y el internet obligatorio como parte de la reafirmación brutal y tecnológica de la Revolución Cultural impuesta a la zona occidental musulmana de China.

Por suerte, lo que está pasando en Occidente con la privacidad y la autoridad afortunadamente es distinto. A diferencia del sistema chino, nuestro orden emergente posprivacidad (por ahora) no es totalitario; sus imposiciones están más descentralizadas y son menos sistemáticas, más delimitadas y civilizadas, menos diseñadas y más desarrolladas, más aleatorias en cuanto a los castigos infligidos y las reglas implementadas.

Eso significa que no hay un aparato partidista central que anime a nuestras corporaciones a crear “calificaciones de confianza” individuales para todos los consumidores, por ejemplo (aunque sigan haciéndolo); no hay comisarios que organicen turbas digitales (aunque la humillación por el pensamiento disidente ahora sea un lugar común); no hay persecución política relacionada con la mayoría de los casos en los que se exponen los secretos y las selfis de personajes públicos en internet. (Quizá tengan éxito las afirmaciones de Jeff Bezos acerca de la participación de los sauditas, pero, hasta ahora, en su mayor parte parece haber sido víctima de su propia idiotez y de la avaricia del hermano de su amante). E implica que los radicales vigilados mediante la cooperación de las empresas y el gobierno en su mayor parte son nacionalistas blancos y yihadistas, no defensores de los derechos humanos ni pastores cristianos, como en China.

Sin embargo, esta lista de diferencias reales aún es una lista de similitudes parciales, de maneras en las que la arquitectura de nuestro sistema reproduce ciertos rasgos del panóptico chino emergente, aunque la vida que se vive dentro de nuestro sistema aún sea felizmente más libre que la suya.

En efecto, nuestro sistema no puede evitar la recreación de los rasgos del orden chino, porque la manera en que vivimos en internet nos deja vulnerables ante el poder de una manera nueva y radical. En Occidente, ese poder aún está descentralizado, difuso, dividido y polarizado, y, por lo tanto, es probable que sea limitado y controlado. No obstante, adaptando el famoso llamado de Deng Xiaoping a favor del “socialismo con características chinas”, el orden occidental en la era del internet podría describirse útilmente como “liberalismo con algunas características del Estado policial”. Esas características son formadas y limitadas por nuestro legado político de derechos e individualismo. Sin embargo, aún hay muchas características autoritarias, un aspecto ligeramente de “Estado policial rosa” respecto del nuevo mundo que crea la vida en línea.

Lo sorprendente es cuán fácilmente lo hemos tolerado. Sí, hay momentos en que organismos específicos de vigilancia han sido objeto de oposición: la NSA durante el breve “momento libertario” protagonizado por Rand Paul y Edward Snowden, las compañías de redes sociales de los liberales cuando resultó que el equipo digital de Trump podía aprovechar los datos de sus usuarios, al igual que los hábiles jóvenes de Obama.

Pero además de los nombres y los paranoicos, la privacidad propiamente dicha no es un gran tema en nuestra política. La mayor parte de la gente quiere la conveniencia del internet mucho más de lo que quieren espacios privados que protegían las formas más antiguas de comunicación. Son indiferentes ante las estrategias parecidas al acoso con las que las corporaciones dirigen anuncios al público todo el día. Ponen dispositivos de vigilancia en sus casas y sus bolsillos sin recelo. Aceptan sin resistencia hackeos y humillaciones en línea al igual que un californiano se muestra indiferente ante los terremotos. Suponen que los extremistas que son vigilados y censurados y a veces arrestados probablemente se lo merecen. Y dan la bienvenida a las posibles ventajas de la vida panóptica, pues esperan que haya menos crímenes y menos malas conductas por parte de la policía, mejor salud pública, más exposición de la corrupción, además, desde luego, de la oportunidad de ver a sus celebridades favoritas al desnudo.

Así que quienes se oponen de manera inherente a nuestra nueva desnudez pueden considerar que los terremotos son un precio demasiado alto por los bajos precios de Amazon, o temer lo que un Augustus o un Robespierre podría hacer algún día con toda esta arquitectura, la mayor esperanza para una restauración parcial de la privacidad debe involucrar más que solo una ansiedad respecto de la privacidad. Requiere un giro más general contra lo virtual, en el que los temores de la desnudez digital sean solo un incentivo entre muchos, la pieza política de una causa que también es psicológica, intelectual, estética y religiosa.

Esa es la difícil verdad sugerida por nuestra experiencia en línea hasta ahora: que un movimiento para restaurar la privacidad debe ser un movimiento contra el internet hasta cierto punto. No un ludismo puro, sino un movimiento a favor de los límites, de los espacios libres de internet, de las zonas de realidad previrtual obligada (la infancia y la educación, sobre todo), para las convenciones sociales que desaniman los tuits que destruyen carreras y fotos de entrepiernas al animarnos a guardar nuestros iPhones.

A falta de un movimiento como tal quizá no nos unamos a la distopía China. Pero los elementos distópicos de nuestro propio orden están aquí para quedarse.

The New York Times




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