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Foto: especial

El insulto, bandera nacional

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Martín Caparrós

No falla: cada vez que escribo en estas pantallas sobre la Argentina, amables compatriotas se encargan de recordarme por qué no vivo allí. Lo hacen ejerciendo una de sus habilidades más reconocidas: el insulto, la violencia verbal, la “patoteada”.
El insulto argentino es una artesanía de punta, un bien de exportación global: en el Mundial pasado, por ejemplo, medios de muchos países escribieron sobre él, y dos publicistas madrileños generaron una página web –Insultá como un argentino– para celebrarlo y reproducirlo. Así que no debo preocuparme: seré bien servido. Los insultos que me dedican mis compatriotas son variados, altisonantes, imaginativos pero, a fin de cuentas, se concentran en dos líneas principales. Y arman, entrambas, un perfil social.
La línea más trajinada se sintetiza como “vos no podés opinar porque no vivís acá”. Quizás alguno de ellos debería pensar qué pasa cuando se empiezan a poner condiciones para opinar —para pensar, para decir, para decir lo que se piensa—. Que alguien tenga su domicilio en tal o cual sitio es una entre tantas. Por el mismo principio se podrían poner otras: habría que pensar qué pasa si yo digo, por ejemplo, que para poder opinar tenés que tener título de ingeniero. O haber publicado por lo menos tres libros. O ser un hombre mayor de 28 o mostrar una cuenta bancaria con un mínimo de. O tener un lunar en el sobaco izquierdo o creer que un espíritu hizo el mundo en siete días hace cuatro mil años o apellidarte Schmidt.
Así se arma el principio de exclusión: consiste en encontrar un rasgo que cierto grupo supuestamente comparte para definir que todos los que no lo comparten no forman parte y, por lo tanto, no tienen derecho a tal o cual. Es el núcleo del nacionalismo, ese gran sistema de exclusiones: este no forma parte porque su padre no nació acá; este no forma parte porque tiene los ojos rasgados; este no forma parte porque no sabe pronunciar la she. Y, por fin: este no forma parte porque no me gusta lo que dice, lo que piensa, lo que ignora. Este no forma parte porque no piensa como yo —que, por supuesto, pienso como nosotros—.

Son, al fin y al cabo, truquitos para esconderse en un nosotros. Para eso lo primero es construirlo. Durante milenios ese nosotros estuvo claro: las personas vivían en unidades pequeñas, una familia grande, un pueblo chico, donde todos se conocían y se reconocían; era un nosotros —casi— natural. Con el aumento incontenible de las gentes hubo que crear unidades mayores. Los primeros intentos —que duraron miles de años— se basaban en un dios común o un rey común: el nosotros estaba formado por todos los que creían en lo mismo y/o todos los que obedecían al mismo. Hace un par de siglos —en París, en Londres, en Boston— muchos empezaron a suponer que no tenían por qué confiar en relatos tan confusos u obedecer a hombres tan tarados y decidieron armar otra forma de nosotros.

Ese nosotros se llamó nación y se define como una unidad compuesta por todos sus integrantes. Nos dicen que “ser” argentinos o bolivianos o chilenos nos define, que debemos sentirnos más cerca de un compatriota que vive a dos mil kilómetros que de un simpatriota que vive a veinte, aquicito, del otro lado de la frontera, o de un semejante muy semejante que vive del otro lado del planeta. Y, para eso, arman un sistema de símbolos y, sobre todo, un sistema de reconocimientos: tenemos las mismas referencias. Sufrimos los mismos gobiernos, gritamos los mismos goles, entendemos y pronunciamos las mismas palabras, vimos los mismos programas de tevé, comemos —cuando podemos— las mismas cosas, cantamos —entre otras— las mismas canciones.

Nos entendemos. Pero nada de eso terminaría de funcionar si no se sostuviera en la convicción de que reconocernos en ese nosotros significa también reconocer a los que no son —como— nosotros. Cualquier nacionalidad es un principio de exclusión: estos somos nosotros, esos son ellos. Y cualquier nacionalismo es una exacerbación de esa exclusión. Si querés opinar tenés que cumplir con las reglas que yo digo. Si querés vivir acá tenés que ser como a mí me gusta. Y yo tengo derecho a definirlo porque soy de acá: porque este es mi país. Así que si no vivís acá…

La segunda línea de insultos consiste en llamarme zurdo —y ni siquiera son lo bastante educados como para saber que ser zurdo es ser, antes que nada, antinacionalista, internacionalista—. Lo dicen, y lo dicen como un insulto —como el peor que se les ocurre justo antes de decirme puto—, y no consiguen insultarme. Soy zurdo, por supuesto. Escribo con las dos manos pero sigo pensándome de izquierda, entendida la izquierda como la convicción de que no tiene que haber diferencias materiales importantes entre las personas y que todos deben conseguir lo que necesitan para vivir con dignidad y que el poder debe estar repartido.

Por eso me impresiona que me digan zurdo e imaginen que me injurian. Uno de los errores más antiguos de las izquierdas consiste en creer que lo que creemos es tan razonable que no se puede —que es muy difícil— creer otra cosa. Nos cuesta entender, por ejemplo, que alguien pueda aprobar que haya personas que tengan muchísimo y otras que no tengan lo suficiente, que haya pocos que decidan qué hay que hacer y muchos que obedezcan porque Dios así lo quiso, porque su esfuerzo lo justifica, porque sí. Pero claro que pueden, y por supuesto que mi insistencia en creer lo contrario les parece material para el insulto.

En mi país sucede demasiado; a veces parece que todo nos parece materia de improperios y que nos regodeamos componiéndolos; a veces parece que nos enorgullece que nuestra realidad ofrezca tantas y tan justas razones para lanzarlos; a veces me parece que esos gritos, esas bravuconadas, son la peor expresión de la impotencia.

The New York Times


“Paul



“TEDx
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