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Foto: Archivo.

Trump contra la amenaza socialista

Paul Krugman

En 1961, Estados Unidos enfrentó lo que para los conservadores fue una amenaza mortal: llamados para la creación de un programa nacional de seguro médico con cobertura para los adultos mayores. En un intento por evitar ese destino fatídico, la Asociación Médica de Estados Unidos lanzó lo que se llamó la ‘Operación taza de café’, un intento pionero de mercadotecnia viral.

Así fue como se implementó: se pidió a las esposas de los médicos (sí, era 1961) que invitaran a sus amigas a sus hogares para que escucharan una grabación en la que Ronald Reagan explicaba que la medicina socializada destruiría la libertad estadounidense. Las amas de casa, a su vez, tenían que escribir cartas al Congreso denunciando la amenaza de Medicare.

Evidentemente, la estrategia no funcionó; Medicare no solo entró en vigor, sino que se volvió tan popular que hoy en día los republicanos de manera rutinaria acusan (con falsedades) a los demócratas de planear recortar el financiamiento al programa. No obstante, la estrategia –que afirma que cualquier intento de fortalecer la red de seguridad social o limitar la desigualdad hará que caigamos irremediablemente en el totalitarismo– persiste.

Así fue como Donald Trump, en su discurso del Estado de la Unión, dejó de lado brevemente sus habituales advertencias sobre la escalofriante gente de piel morena para hacer advertencias sobre la amenaza del socialismo.

¿A qué se refiere la gente de Trump, o los conservadores en general, cuando hablan de “socialismo”? La respuesta es… depende.

A veces, es cualquier tipo de liberalismo económico. Por eso, después del discurso, Steven Mnuchin, secretario del Tesoro, alabó la economía de Trump y declaró: “No vamos a regresar al socialismo”, como si apenas en 2016, Estados Unidos hubiera sido un cuchitril socialista. ¿Quién lo hubiera dicho?

Sin embargo, en otras ocasiones se refieren a la planeación central al estilo soviético, o la nacionalización de la industria al estilo de Venezuela, sin tener en cuenta la realidad de que básicamente no hay un solo político estadounidense que abogue por tales cosas.

El truco –y “truco” es la palabra correcta– consiste en intercalar esos significados totalmente distintos y esperar que nadie se dé cuenta.

The New York Times

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