Soy sudaca – AM Querétaro
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Soy sudaca

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Soy sudaca. Lo soy y, como decía mi abuela Rosita, a mucha honra. Pero hay quienes nos dicen sudacas como insulto; el error es tomarlo como tal. Escandalizarse, atrincherarse, reclamar que se callen o los callen. Por suerte no hay manera eficiente de callar a nadie; nunca la hubo y ahora, en tiempos de multiplicación infinita de la palabra, menos todavía. Lo único que vale es hacer judo.

La llave es vieja como el mundo. Recuerdo por ejemplo a los miembros de una pequeña secta palestina con ínfulas de grandeza. Aspiraban a más pero, en aquel imperio, los pocos que los conocían los llamaban, despectivos, con el nombre de su fundador, un tal Chrestus, un judío sin historia.

Para colmo aquel provinciano ignoto había muerto de la peor muerte posible, la de los delincuentes más abyectos, los esclavos: colgado de una cruz. Cuando sus seguidores empezaron a crecer, sus enemigos se lo recordaban: era la peor descalificación. Pero aquellos insolentes no pidieron que no los llamaran así, que no mencionaran la tortura; empezaron por reivindicar el nombre del judío y lo usaron para denominarse, y después, en un golpe de genio, dieron un paso más: lo mostraron en su momento más despreciable, torturado en la cruz, e hicieron de esa cruz su signo.

El mecanismo se usó tanto a lo largo de la historia. Como, por ejemplo —para ponernos serios—, en el fútbol argentino. Durante décadas las hinchadas ofendían a sus adversarios con nombres que, supuestamente, los descalificaban: llamaban bosteros a los hinchas de Boca porque su cancha, decían, olía a bosta, mierda de caballos —que trabajaban en una fábrica de ladrillos vecina—. Llamaban gallinas o gashinas a los de River porque su equipo había perdido —Chile, 1966— 4 a 2 una final de la Libertadores que le ganaba 2 a 0 a Peñarol. Llamaban cuervos a los de San Lorenzo porque los había fundado un cura salesiano —y aquellos curas todavía se vestían de negro y picoteaban—.

El primer calificativo venía de un prejuicio de clase, el segundo de un juicio de carácter, el tercero del más sensato anticlericalismo. Pero, más allá de sus análisis, está claro que aquellos nombres se lanzaban como ofensas hasta que los hinchas empezaron a usarlos para sí. Yo, ahora, soy bostero; que alguien me diga bostero ha perdido, entonces, cualquier capacidad de insultarme. También por eso, digo, soy sudaca.

Sudaca me parece una buena palabra: corta, clara, rotunda, dice lo que quiere decir con la mayor economía. Es una buena palabra y de algún modo la perdimos.

La palabra sudaca es relativamente nueva: nació en los ochenta y en Madrid —que se creía muy movida—. Entonces era común formar palabras con ese tipo de sufijo: se decía cubata para decir un cuba libre, mensaca para mensajero, masoca para masoquista, bocata para bocadillo y siguen firmas. Sudaca vino en esa banda, y el gran Francisco Umbral ya la recogía en su Diccionario cheli (1983): decía que se empezaba a decir sudaca o sudoca para hablar de esos sudamericanos —mayormente Cono Sur— que habían llegado a España en esos años; muchos, corridos por sus dictaduras. Ese mismo año una reputada banda de rock gallego, Siniestro Total, sacó un tema que anduvo bien y se reía con gracia: “El sudaca nos ataca”. Y nadie se ofendía.


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