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La edad de oro del podcast ha llegado, da inicio era sonora

El actor Damián Alcázar conduce el podcast ‘Fausto’, un éxito desde 2019. ESPECIAL
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Ahora se está produciendo un cambio de foco en la cultura digital: vamos hacia lo sonoro

NYT / Jorge Carrión

En julio Spotify, la mayor plataforma sonora del mundo, lanzó simultáneamente el mismo pódcast narrativo traducido y adaptado a cuatro idiomas y mercados distintos: Sonia (en español), Sara (en francés), Susi (en alemán) y Sofia (en portugués de Brasil). Son versiones de Sandra, la serie original que escribieron en inglés Kevin Moffett y Matthew Derby, estrenada en 2018. Los cinco nombres femeninos se refieren al mismo asistente personal que, pese a expresarse con una única voz robótica, no es en realidad un algoritmo, sino cientos de personas que buscan información y responden preguntas al otro lado de la línea telefónica.

Es sintomático que Spotify haya realizado esa gran apuesta global precisamente por una historia que tiene que ver con las relaciones de intimidad entre las voces digitales y las humanas. Los auriculares inalámbricos, los altavoces inteligentes y los agregadores de archivos sonoros están cambiando nuestra relación con las tecnologías y con los relatos: la están volviendo más audio que visual. Y en el nuevo escenario sonoro, la producción de pódcasts de alta calidad no para de crecer, como si necesitáramos urgentemente que nos contaran cuentos al oído.

Después de dos décadas en que la informática personal, la telerrealidad, las series, los teléfonos inteligentes y las redes sociales se han influido y reforzado mutuamente, situando el texto y lo audiovisual en el centro de la gran mayoría de las experiencias informativas, narrativas y personales, se está produciendo un cambio de foco en la cultura digital hacia lo sonoro. En el ámbito de las narrativas artísticas, ese inesperado giro argumental tal vez esté influyendo en el fin de la tercera edad de oro de la televisión y el nacimiento de la primera del pódcast.

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O quizá esas etiquetas aristocráticas ya no tengan sentido y, simplemente, haya llegado a nuestros dispositivos y a nuestra memoria emocional otro lenguaje artístico. Para coexistir con los anteriores y para quedarse con nosotros, con un nivel de guion y de producción y una influencia cada vez mayores. Varias plataformas y productoras están compitiendo por ese nuevo mercado de crecimiento acelerado, pero el líder a finales de este 2020 es Spotify, que, siguiendo la vía de Facebook o Amazon, avanza hacia el monopolio.

El año pasado no solo compró la prestigiosa productora Gimlet Media, sino también la red social Anchor, que se ha convertido en la herramienta más sencilla para crear y publicar archivos sonoros, con un crecimiento sostenido en varios mercados. No cesa de ofrecer estímulos para que sus usuarios mejoren sus habilidades y la calidad de sus productos: acaba de liberar, por ejemplo, su biblioteca de música para ayudar a los podcasters. Como hace Instagram con la edición de fotografías o YouTube o TikTok con los vídeos, se trata de impulsar la metamorfosis de la afición esporádica en hábito cotidiano.

Este mes, la corporación de origen sueco adquirió también la plataforma Megaphone. Son movimientos estratégicos inspirados en los que en su momento llevó a cabo Facebook, adquiriendo Instagram o WhatsApp. Spotify aspira claramente al predominio en las experiencias sonoras. En el ADN de las plataformas está esa tendencia glotona. Pero en la explosión del pódcast, la competencia va a ser feroz.

Ya es posible publicar mensajes sonoros en Twitter. Es muy probable que en los próximos meses los hilos de tuits se metamorfoseen en pequeñas series para escuchar. Y, si los tuiteros se acostumbran a compartir sus opiniones y sus historias en ese nuevo formato, pronto muchos de sus cerca de 340 millones de usuarios podrían convertirse en microproductores de pódcast.

Cada semana nos llega alguna noticia relacionada con un auge que muchos ya llaman burbuja. Storytel y Audible, las plataformas de audiolibros y pódcasts, han crecido en todo el mundo durante la pandemia. En los últimos meses, Podimo, Scribd, Sybel, Acast y Deezer han llegado a varios mercados en español. Mientras tanto, la legendaria BBC ha cambiado —muy significativamente— los nombres de sus áreas de Radio y Televisión por los de Audio y Pantallas.

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Alex Blumberg, CEO de Gimlet Media y uno de los grandes protagonistas del fenómeno, dice que estamos “en el inicio de lo que va a ser llamado la edad de oro del pódcast”. Este muy probablemente sea recordado como el año en que empezó a existir consenso en las industrias culturales sobre la importancia de las series sonoras. La primera edad de oro del pódcast ocurre exactamente un siglo después de que lo hiciera la época dorada de la radio (que se inició en la década de 1920 y duró hasta el nacimiento de la televisión, en los años cincuenta). Y no es casual que coincida con la probable decadencia de una época dorada de las teleseries.

Estamos saturados de correos electrónicos, textos, hojas de cálculo, fotos, vídeos y videoconferencias. A través de las mismas pantallas en que trabajamos, llegan a nosotros películas y, sobre todo, series. Nos hemos pasado veinte años imantados a ellas, desde Los Soprano hasta The Crown. El pódcast, en cambio, no nos entra por los ojos, sino por los oídos. Por el mismo sentido que recibe las conversaciones telefónicas o los mensajes de audio de nuestra pareja o de nuestros hijos o padres. El éxito del pódcast se debe, pues, a que llega a nuestras conciencias a través de un canal distinto. El familiar. El de la intimidad.

Precisamente por eso, deberíamos defenderlo de la uniformización que —a través de los algoritmos— está acabando con la tercera edad de oro de la televisión. Ningún monopolio es deseable. El privilegio de asistir al nacimiento de un gran fenómeno narrativo, artístico y comunicativo, con la conciencia de lo que ha ocurrido en los últimos años con otros lenguajes y géneros, nos puede ayudar a defender su diversidad. También será de ayuda su condición casi democrática. Aunque grabar un pódcast de alto nivel sea costoso, el presupuesto es muy inferior al de la producción de una teleserie. Y, al fin y al cabo, todos podemos dictarle una historia a nuestro teléfono móvil y enviársela a quien la pueda necesitar.

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