¿Temeroso? ¿Débil? ¿Egotista? ¡Ataca!

Simplemente no es sano para el país tener un presidente que siempre esté en una actitud de ataque, agreda a enemigos reales e imaginarios, e impulse una agenda tóxica que combine la exaltación de las reclamaciones y los intereses personales.

Las manifestaciones recientes del presidente han llegado a parecer orgías para el ego de Donald Trump, espacios en los que puede recibir adulaciones ilimitadas y desmedidas, y en los que las multitudes pueden reunirse para reanimar un enojo que se observa como algo casi religioso. Pueden experimentar una afirmación comunitaria de que no están solos en su intolerancia, indignación y retroceso.

En esos momentos, el predicador y el piadoso comparten un momento espiritual de oscuridad.

Ese volvió a ser el caso esta semana en una manifestación de Trump en Florida, en la cual sus partidarios interrumpieron y hostigaron a la prensa libre a la que Trump incesantemente estigmatiza con el falso descriptor “noticias falsas”.

En realidad, no existen las noticias falsas. Si algo no es cierto, no es noticia. Las opiniones, como la mía aquí, tampoco son noticias, aun si están impresas en un periódico o son transmitidas en una estación de noticias. Puede haber noticias en esas opiniones, pero el vehículo es subjetivo por definición y un reflejo de la visión del mundo del escritor o presentador.

Esta tontería de las “noticias falsas” no se trata en realidad de la diseminación de información falsa. Si así fuera, el gobierno podría exigir una corrección y la recibiría de cualquier medio noticioso.

No, Trump ha tergiversado la palabra “falsa”, en especial entre sus partidarios más fervientes, de tal modo que ha llegado a significar historias noticiosas que no le gustan, comentarios que son poco halagadores para él y cobertura inadecuada de lo que él ve como noticias positivas acerca de él y de su gobierno.

Trump no quiere una prensa libre; quiere propaganda gratis. La obtiene de sus amigos de Fox News, pero eso no es suficiente. Este aspirante a gobernante autoritario necesita un trato especial. Así que emplea el poder de la presidencia para producir su propia propaganda, inventar hechos y tergiversar las noticias.

Parece que esto funciona principalmente entre su propia base republicana, pero para él eso es lo importante. Toda la presidencia de Trump se trata de retribuir a los más devotos: los nacionalistas blancos, los nacionalistas cristianos, los etnonacionalistas.

Ellos creen que Estados Unidos se fundó como una nación blanca y cristiana, y que debe ser gobernada como tal. Añoran una cultura y una herencia perdidas. Braman contra los florecientes grupos minoritarios y de inmigrantes. Es una base republicana gobernada por el temor, y ha encontrado en Trump a su apóstol perfecto: un hombre que vende temor, se atiborra de él, se baña en él.

Trump y su base son como dos espejos, uno frente a otro. Trump ha matado al tradicional Partido Republicano y levantado y reavivado en su cadáver una monstruosidad sin alma ni mente, leal solo a él. Las fuerzas moderadoras del partido han sido marginadas o sometidas.

Trump, que se siente inexpugnable entre los cobardes legisladores republicanos y sostenido por su embelesada base, se ha adentrado cada vez más en su universo alterno y se ha alejado de las normas y convenciones aceptables.

Ataca la investigación de Robert Mueller como una “cacería de brujas”.

Ataca al FBI en general.

Ataca a nuestros aliados internacionales.

Ataca a celebridades y atletas.

Ataca a los inmigrantes.

Ataca a la prensa.

Ataca la verdad.

No hace nada de esto porque sea fuerte y valiente, sino precisamente porque no lo es. Sus ataques son un disfraz que compensa su propio temor e inseguridad.

Trump es débil. Muy débil. Increíblemente débil. Pero ahora sabe que su debilidad está fortalecida por el increíble poder de la presidencia y el apabullante poder económico y militar del país. La grandeza de Estados Unidos le ha dado a este cobarde un soporte que solo aumenta su bravuconería e intimidación, su falta de respecto y sus engaños.

Mientras él se siente envalentonado, su base se sube a la ola con él. Los supuestos partidarios protestantes de Trump han aceptado que es un instrumento imperfecto para alcanzar su meta deseada de una agenda de libertad religiosa cimentada por jueces conservadores. Así es que, sin importar qué tanto viole sus principios religiosos, lo perdonan y lo aclaman.

Los republicanos tradicionales que forman parte de la base de Trump miran los indignantes recortes tributarios y su esfuerzo por deshacer las normas y socavar el legado del presidente Barack Obama, y lo perdonan y lo aclaman.

Los racistas, los supremacistas blancos y los islamófobos comparten su hostilidad hacia las personas que no son blancas y cristianas, y ni siquiera necesitan perdonarlo para vitorearlo.

Esas aclamaciones para un hombre que no solo está rodeado de corrupción, sino cuyo círculo interno también está bajo investigación criminal, se han vuelto la banda sonora discordante de un hombre moralmente corrompido y cuya campaña pudo haber estado materialmente corrompida.

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