El juicio de Paul Manafort también servirá para juzgar a Donald Trump

La palabra colusión quizá no se mencione en el tribunal de Alexandria, Virginia, donde Paul Manafort pasará muchas horas difíciles durante las siguientes semanas. También es posible que el nombre de Donald Trump no se pronuncie, al menos no muchas veces.

Sin embargo, es evidente que el juicio de Manafort, por cargos de fraude bancario y fiscal en relación con actividades de consultoría política en Ucrania antes de su participación en la campaña de Trump en 2016, tiene mucho que ver con el presidente y podría dañarlo.

No solo porque el fiscal especial Robert Mueller está ejerciendo presión sobre Manafort con la esperanza, hasta ahora fútil, de obtener pruebas adicionales en contra de Trump, sino porque Manafort evoca la sórdida imagen de oropel de los personajes que Trump prefiere tener a su alrededor, así como su visión del mundo y la conducta que adopta en él. Son plutócratas con ideas similares y ambos disfrutan llevarse un botín.

Cuando los fiscales presenten el caso en contra de Manafort, el jurado escuchará la descripción de un hombre cuya vanidad y sed de poder eclipsaron su juicio en decisiones importantes como con quién aliarse, a dónde viajar para reunirse con esos aliados y cómo realizar sus negocios. ¿Acaso les recuerda a cierto magnate inmobiliario conocido?

También se enterarán de que Manafort ideó un mecanismo para evadir el sistema y multiplicar sus ganancias, y así logró amasar una fortuna y darse una vida de lujos. Al parecer, creía que las normas eran para los incautos que no tenían mansiones, trajes, baratijas ni dispositivos como él. Conozco bien esa filosofía, al igual que ustedes. La comparte cierto engreído personaje anaranjado con todo un historial de juicios agresivos, quiebras convenientes, acreedores estafados y actividades filantrópicas dudosas.

Podría decirse que no es justo vincular a Trump con Manafort, pues este último trabajó para otros presidentes y solo estuvo en la nómina oficial de la campaña de Trump cinco meses. La respuesta que daría a esta objeción es: Michael Cohen.

Este individuo, que mantuvo vínculos con Trump durante más de una década, es otro ejemplo de conducta amoral: un abogado de habilidad dudosa que grababa en secreto a los clientes; el profano guardián de la imagen de Trump que amenazaba a sus detractores con causarles dolor intenso y destruirlos por completo; un encubridor lisonjero que pagó por ocultar el rastro de la afición erótica de Trump; un estafador infatigable que pretendió vender su acceso al presidente al mejor postor, tanto dentro como fuera del país.

Un artículo detallado de The Times publicado en mayo pasado exploró los turbios acuerdos financieros de Cohen, la riqueza que se materializó milagrosamente en su favor y los extraños giros de su carrera (quizá debería decir que expresó su asombro ante ellos). Lo que me pareció más curioso fue que “en algún momento comenzó a portar una pistola con permiso en una funda sujeta al tobillo”. Supongo que es lo que suelen hacer los matones astutos para evitar que las armas arruinen la silueta de su traje.

Otros políticos antes que Trump se han codeado con personajes deshonestos, pues los beneficios prácticos superaban el daño que podían causar a su reputación. Otros presidentes antes que él criaron perros de ataque y le abrieron las puertas a cerdos y buitres. No obstante, las fieras de Trump son distintas. Más salvajes. Más rabiosas. Más sarnosas.

El editor más cercano a Trump es David Pecker, del periódico National Enquirer. Manafort tomó las riendas de la campaña de Trump como sucesor de Corey Lewandowski, quien hizo el comentario burlón “womp womp” con respecto a los inmigrantes enjaulados y jaló del brazo a una periodista.

Ciudadanos modelo como Rob Goldstone y Sam Nunberg participaron en la operación, y ejemplos de moralidad como Roger Ailes y Roger Stone dieron consejos desde la banda. El fantasma de Roy Cohn los observaba a todos desde lo alto. Trump conoció y convivió con el despreciable abogado desde un principio, y lo idolatraba. En cuestiones de ética, Cohn era el héroe de Trump.

Trump atrae a pillos, charlatanes y escritorzuelos. Los hay en su pasado, en su presente, en su familia y en su gabinete. Confunden riqueza con mérito y resplandor con carácter, y les encantan los atajos y las rutas rápidas, así que son su perfecto reflejo.

Manafort es el espejo por excelencia. Amasó su fortuna gracias a que decidió ignorar cualquier señal turbia. Su empresa consultora y de cabildeo en Washington representó a una serie de personajes que Betsy Woodruff y Tim Mak, de The Daily Beast, describieron como “la galería de clientes de un truhán más ajena a los elegantes corredores de poder de D.C.: dictadores, grupos guerrilleros y déspotas sin respeto alguno por los derechos humanos, entre ellos un hombre responsable de amputaciones masivas y otro que supervisaba violaciones con aprobación oficial”.

Mueller presentó el lunes documentos ante el tribunal en los que afirma que Manafort ganó más de 60 millones de dólares por consultorías a políticos y partidos políticos prorrusos en Ucrania. Para evadir el pago de impuestos, transfirió ilícitamente el dinero a través de cuentas extranjeras, según se indica en los cargos presentados en su contra. Así pudo pagar un lujoso guardarropa de trajes hechos a la medida, una impresionante colección de propiedades de varios millones de dólares, modificaciones a su casa como una cascada y un campo de minigolf, tres vehículos Range Rover (de fabricación británica, si no me equivoco) y un automóvil Mercedes-Benz (alemán).

¿No que “Estados Unidos primero”? Siempre se puso primero a sí mismo y a sus vastos gustos. Era el secreto de su prosperidad y se convirtió en la receta para su perdición. Trump tiene tendencias muy parecidas. El tiempo dirá si sufrirá el mismo destino.

También podría gustarte
Comentarios
Cargando