Mike Pence, santo terror

Realizar un juicio político en contra de Donald Trump conllevaría problemas. Uno muy grande es el santo terror que representa aquel que espera remplazarlo.

Esa persona sería Mike Pence, quien se parece a su jefe más de lo que crees. También está enamorado de sí mismo. También es fanático. También es mentiroso. También es cruel.

A ese rebosante popurrí él añade dos ingredientes que Trump no posee genuinamente: la convicción de que Dios le encomendó una misión y la determinación de moldear a toda la nación a semejanza de su propia fe, como una versión retrógrada y represiva del cristianismo. Si cambiamos a Trump por Pence iremos de la cleptocracia a la teocracia.

Ese es el mensaje de un libro de próxima aparición escrito por los periodistas Michael D’Antonio, autor de “The Truth About Trump”, y Peter Eisner. Se titula “The Shadow President: The Truth About Mike Pence”. Saldrá a la luz el 28 de agosto y es el análisis más minucioso de los antecedentes del vicepresidente al día de hoy.

Pude echarle un vistazo anticipado y hacerle una primera entrevista a D’Antonio, y aunque su tono es mayormente mesurado, presenta un retrato por completo condenatorio de Pence. Ya lo conoces, pero no tan vívida ni detalladamente.

El libro ilustra convincentemente lo ineficaz que fue como congresista, aparte de su adulación a los hermanos Koch, Betsy DeVos y otros ricos donantes republicanos; la torpeza y vanidad de su propio periodo como gobernador de Indiana, cuando hizo algo que ningún antecesor había hecho y “ordenó una serie de prendas con bordado personalizado —camisas de vestir, camisetas polo, así como chalecos y chamarras— decorada con su nombre y las palabras Gobernador de Indiana”; la fuerte posibilidad de que no hubiera ganado la reelección; la suerte de haberse salvado de la humillación por el llamado de Trump, quien necesitaba a un testigo de carácter intensamente religioso e insulso a la vista para lavar sus pecados y suavizar su locura; y la presteza con la que dice cualquier cosa que Trump necesite sin importar la verdad.

Desde la perspectiva de Pence, si se muerde la lengua es por orden divina. Trump no sería presidente si Dios no lo quisiera; Pence no sería vicepresidente si no fuera para santificar a Trump. Su servilismo es su mejor ruta hacia la Oficina Oval, lo que muy bien puede ser el plan divino de Dios.

“La gente no entiende lo que Pence es”, me dijo D’Antonio. ¿Y qué es? “Un fanático religioso”.

D’Antonio también dijo que Pence podría terminar ocupando la Casa Blanca antes de lo que pensamos. Además del prospecto del juicio a Trump, existe la posibilidad de que el presidente simplemente decida que ya fue suficiente.

“No creo que sea tan resiliente, políticamente, como lo era Bill Clinton”, dijo D’Antonio. “No disfruta de una lucha partidista de la misma forma. A él le encanta ir a mítines en los que la gente lo adora”.

No hay ninguna política que aprecie ni un sentido del deber que le ayude a mantenerse firme a través de las investigaciones y las acusaciones. “Si el dolor es lo suficientemente grande”, dijo D’Antonio, “creo que estaría dispuesto a no postularse de nuevo”.

Así que es tiempo de observar más detenidamente a Pence. En “The Shadow President” eso es lo que sucede. Muestra su desprecio a la ciencia, evidente por su antigua insistencia en que fumar no era causa de cáncer y la creencia de que las alarmas respecto del cambio climático eran “un esfuerzo secreto para aumentar el control gubernamental sobre la vida de la gente por algún propósito diabólico no declarado”, de acuerdo con el libro.

Sugiere insensibilidad, en el mejor de los casos, hacia los afroestadounidenses. Como gobernador, Pence se negó a otorgar el perdón a un negro que había pasado casi una década en prisión debido a un crimen que claramente no había cometido. También ignoró la crisis —similar a la de Flint, Michigan— en la que gente de una ciudad pobre y con mayoría poblacional negra de Indiana quedó expuesta a niveles peligrosamente altos de plomo. D’Antonio me dijo: “Creo que los prejuicios lo motivan tanto como a Trump”.

Durante el debate vicepresidencial con Tim Kaine, Pence repitió la afirmación risible y absurda de que Trump divulgaría su declaración de ingresos “al terminar la auditoría” e insistió falsamente en que Trump no había prodigado halagos al liderazgo de Vladimir Putin, aunque los registros demostraran lo contrario.

El libro señala que, en un informe de alto nivel sobre la injerencia rusa en las elecciones de 2016, a Pence se le dijo que los funcionarios de inteligencia no habían determinado si esa interferencia había influido en los resultados. Luego hizo una declaración pública de un hallazgo sin efectos.

Conminado por Trump y con dinero de los contribuyentes, él y su esposa, Karen, volaron a un partido de fútbol americano en Indianápolis solo para que pudiera hacer el gran gesto público de irse en protesta porque, como era de esperarse, algunos de los jugadores se hincaron cuando sonó el himno nacional.

Además, siguiendo el ejemplo de Trump, se manifestó en respaldo del desatado exalguacil de Arizona Joe Arpaio. En un discurso dijo que Arpaio era un “defensor incansable” del “Estado de derecho”. Eso sucedió después de la sentencia de desacato a Arpaio por ignorar la orden de un juez federal de dejar de usar tácticas ilegales para atormentar a los inmigrantes. El columnista conservador George Will se agarró del discurso de Pence para escribir que este había destronado a Trump como “la figura pública más repulsiva de Estados Unidos”.

Podemos agradecer a Pence por DeVos. Son aliados de toda la vida, de hace muchas décadas, vinculados por pasiones compartidas tales como aprobar que los estudiantes usen dinero del gobierno, en la forma de vales, en escuelas religiosas. Pence dio el voto de desempate en el Senado para confirmarla como secretaria de Educación. Fue la primera vez en la historia que un vicepresidente hizo eso por una nominada del Gabinete.

Pence, un feroz opositor del aborto, alguna vez habló positivamente en la Cámara sobre figuras históricas que “de hecho pusieron fuera de duda que el aborto es una ofensa capital, castigable incluso con la muerte”. Al parecer respaldaba fondos federales para terapia de conversión contra la homosexualidad. Promovió una enmienda constitucional para prohibir el matrimonio entre personas del mismo sexo.

“Tiene la absoluta certeza de que su opinión moral debe dominar las políticas públicas”, me dijo D’Antonio.

Luego me relató dos historias que escuchó de compañeros de la universidad de Pence después de que el libro ya estaba en la imprenta, así que no están incluidas. Una tiene que ver con una mujer en el grupo de oración semanal de Pence en la universidad. Cuando ella no pudo describir una experiencia específica de “volver a nacer”, “la sermoneó sobre sus deficiencias como cristiana y dijo que en realidad no era el tipo de cristiana que se necesitaba en su grupo”, según D’Antonio.

La otra historia tiene que ver con un amigo de Pence de la universidad que luego lo buscó para que lo aconsejara respecto de revelar su homosexualidad. D’Antonio afirma que Pence le dijo: “Debes mantenerlo en secreto, debes conseguir ayuda; estás enfermo y ya no eres mi amigo”.

Según el libro de D’Antonio, Pence se ve a sí mismo y a sus compañeros guerreros cristianos como un grupo bendecido pero oprimido, y su “esperanza para el futuro descansaba en su creencia de que, como los elegidos, los protestantes conservadores algún día serían dirigidos por un gobernante a quien Dios le permitiría vencer a sus enemigos y construir una nación cristiana”.

Le hice a D’Antonio la inquietante pregunta obvia: ¿Estados Unidos estaría mejor sin Trump o sin Pence?

“Tengo que decir que prefiero a Donald Trump, porque creo que sus intenciones son más obvias”, dijo, mientras que Pence tiende a “disfrazar sus planes”. D’Antonio señaló luego que si Pence asumiera la presidencia en la segunda mitad del primer periodo de Trump, sería elegible para postularse en 2020 y 2024, y podría ocupar la Casa Blanca por hasta diez años.

Que el cielo nos ampare.

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