¿La tierra natal de la derecha moderna se pintará de azul?

El 31 de julio de 2018 fue martes; como de costumbre, el electorado de Dana Rohrabacher, congresista republicano del condado de Orange, salió a las calles a manifestarse. Hasta hace poco, las manifestaciones semanales se realizaban frente a su oficina; sin embargo, los activistas del distrito de Rohrabacher, el número 48, se pusieron de acuerdo para unir fuerzas durante el verano con otros del vecino distrito 45, representado por la republicana Mimi Walters. Cincuenta personas se reunieron en un pequeño parque de Newport Beach y poco después se apostaron con sus pancartas al lado de la calle. Su manifestación recibió expresiones de aprobación mediante un sorprendente número de toques de bocina, si se considera que el condado de Orange solía ser el centro de la derecha estadounidense.

Bob Hartman, agente inmobiliario de 70 años de edad, relató su experiencia del momento en que se dieron a conocer los resultados de las elecciones de 2016; estaba con su madre, una republicana registrada a la que no le gustaba nada Donald Trump. “Estaba muy molesta”, comentó. “Murió unas semanas después, y no estaba nada contenta”.

Más adelante, comenzó a colaborar con el grupo de resistencia anti-Trump Indivisible, y así se convirtió en activista por primera vez en su vida. “Solo es porque considero que el actual mandatario es una de las peores personas que han ocupado el cargo”, señaló. Otra manifestante, Bethany Webb, de 57 años, dijo que había reducido sus horas de trabajo para poder dedicarle más tiempo al activismo en contra de Trump. “¡Vamos a cambiar este distrito al otro bando!”, afirmó. “Sí, vamos a hacerlo. Estoy segura”.

Hace unos años, podría haber parecido una situación fantasiosa. Desde la creación del distrito 48 en 1993, ningún demócrata lo ha representado. Hillary Clinton ganó por 1,7 puntos en 2016, pero Rohrabacher fue reelecto por más de 16 puntos. No obstante, desde 2016, la extraña rusofilia de Rohrabacher ha generado más atención debido a la investigación sobre Rusia (“Creo que Putin les paga a dos personas: Rohrabacher y Trump”, aseveró el líder de la mayoría en la Cámara de Representantes, Kevin McCarthy, durante una conversación grabada en secreto en 2016). Además, parte de su electorado se opone al proyecto de realizar perforaciones petroleras frente a su hermosa costa.

Para colmo, el republicano tiene un formidable contrincante: Harley Rouda, un fornido millonario de mandíbula angular que ganó las primarias demócratas en parte gracias al apoyo de Indivisible.

Una encuesta reciente realizada por la Universidad de Monmouth coloca a Rouda a la cabeza por tres puntos. El mes pasado, según me comentó, un mitin para voluntarios convocó a más de mil personas, en su mayoría mujeres, así que tuvieron que realizarlo en un campo de fútbol.

Otras zonas del condado de Orange también son competitivas. El boletín Cook Political Report clasifica como de “tendencia demócrata” al distrito 49 (representado por el republicano Darrell Issa, quien va a retirarse), que abarca áreas de los condados de Orange y San Diego. El distrito 45, donde la progresista profesora de Derecho Katie Porter compite contra Walters, parece más difícil para los demócratas; en la clasificación de Cook se le considera de “tendencia republicana”. Sin embargo, si tan solo una parte del condado de Orange, la tierra natal de Richard Nixon, se pinta de azul, será un símbolo poderoso de realineación política.

La acaudalada región costera, después de todo, era tan de derecha que en 1968 la revista Fortune se refirió a ella como “nut country” (una frase identificada con la derecha). En su libro “Suburban Warriors: The Origins of the New American Right”, la historiadora Lisa McGirr describe cómo los activistas del condado de Orange en la década de 1960 “organizaron grupos de estudio, abrieron librerías ‘Freedom Forum’, se afiliaron a la Sociedad John Birch, participaron en las elecciones de los districtos escolares y trabajaron dentro del Partido Republicano”, pues estaban convencidos de que su forma de vida corría peligro.

Mike Levin, el demócrata que contiende por el escaño de Issa, habló conmigo acerca de su infancia en el condado de Orange, cuando sus padres demócratas se sentían aislados y evitaban hablar acerca de política con sus amigos y vecinos.

Desde entonces, la demografía de la región ha cambiado gracias a la llegada de inmigrantes de Asia y Latinoamérica. Sin embargo, los cambios demográficos más significativos quizá sean los ocurridos dentro del propio Partido Republicano. Hace poco, el exestratega de Trump, Steve Bannon, dijo al reportero de Vanity Fair Gabriel Sherman que “ya desapareció la mujer republicana con educación universitaria”. A diferencia de muchas de las cosas que dice, esto parece ser verdad. En una encuesta reciente sobre las preferencias para la Cámara de Representantes, las mujeres blancas con educación universitaria favorecieron a los demócratas por una diferencia impresionante de 47 puntos (los hombres blancos con educación universitaria también prefieren a los demócratas, pero en ese caso el margen es mucho menor). Gracias al miedo y la repugnancia que provoca Trump, la intensa toma de conciencia cívica en la zona suburbana ahora se está dando en las filas demócratas.

No se sabe si esta realineación se prolongará. En el distrito 48, la separación del Partido Republicano parece depender de Trump. Rouda se hizo demócrata apenas el año pasado; antes era independiente. Donó 1000 dólares a la campaña presidencial de John Kasich, aunque me dijo que fue más bien debido a que eran amigos cercanos que a una afinidad ideológica. “Soy empresario y abogado; estoy convencido de que es posible ser progresista social y cumplir con tus responsabilidades fiscales”, señaló.

Si el Partido Demócrata multiplica su presencia en enclaves adinerados que antes dominaban los conservadores, quizá se generen tensiones entre los exclusivos representantes centristas y los populistas económicos. No obstante, una muestra del giro que ha dado el centro de gravedad del Partido Demócrata hacia la izquierda es que Rouda apoya una versión moderada del programa Medicare for All, en la que quienes no han llegado a la edad de jubilación tengan la opción de pagar para integrarse. Hace una década, esa postura se habría considerado radical.

Además, nadie puede producir un efecto unificador más poderoso entre los demócratas que Trump. Rouda describe los temas fundamentales de su contienda como “respeto básico de los cimientos y las instituciones de nuestra democracia, así como un sentido básico de decencia”. Si resulta que los demócratas tienen la oportunidad de triunfar en el condado de Orange, será gracias a que Trump ha convertido la decencia básica en una postura partidista.

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