Fe y razón: Iglesia ya no admite pena de muerte

El Papa Francisco modifica el texto del Catecismo y declara que es “inadmisible” la pena de muerte. Esta decisión nos empuja a reflexionar: ¿por qué la Iglesia antes apoyaba la pena capital? ¿qué la llevo a hacer este cambio?

  1. Un cambio largamente anunciado. Durante siglos la teología católica apoyó la pena de muerte, basada en el deber del Estado de tutelar el bien común y cuidarlo eficazmente de un agresor de las vidas humanas.

Sin embargo, Pablo VI suprimió la pena capital en el Estado Vaticano en 1969 y Juan Pablo II enseñó solemnemente que: “ni siquiera el homicida pierde su dignidad personal y Dios mismo se hace su garante” (Evangelium vitae, 1995, n. 9).

Eso conllevó una primera modificación del n. 2267 del Catecismo de la Iglesia Católica, en el que se pasó de justificar la pena de muerte a establecer que tal castigo sólo se admitía si fuera “el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas”.

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  1. La dignidad humana, base del nuevo texto. Siguiendo la enseñanza de Juan Pablo II, la nueva redacción afirma que la supresión de la vida de un criminal como castigo por un delito es inadmisible porque atenta contra la dignidad de la persona, dignidad que no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves.

Añade que hoy se llegado a comprender que las sanciones penales deben estar orientadas ante todo a la rehabilitación y la reinserción social del criminal. Finalmente, explica que, la sociedad actual tiene sistemas de detención más eficaces, de modo que la pena de muerte es innecesaria.

Epílogo. Esta modificación del Catecismo conlleva un cambio de paradigma muy profundo, pues indica que la dignidad humana no admite excepciones. La dignidad en algo previo al sujeto mismo y no en sus acciones, y éste no la pierde, aunque sus acciones sean muy reprobables.

Era muy importante dar este paso, pues cuando admitimos que hay una excepción para no respetar la vida humana (como el caso de un criminal), abrimos la puerta para que haya más excepciones (como el aborto, la esclavitud, la venganza o la eutanasia).

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