La verdad sobre el cardenal McCarrick

Una de las mejores cosas que los obispos de la Iglesia católica estadounidense hicieron durante la gran ola de revelaciones de abusos sexuales surgida hace dieciséis años —y, sí, el estándar para ese “mejor” es bajo— fue establecer un Consejo de Revisión Nacional, seleccionado por prominentes laicos, con la autoridad para comisionar un informe independiente sobre lo que había sucedido exactamente en la Iglesia.

El resultado fue un cuidadoso análisis elaborado por el Jay College of Criminal Justice que detalló los patrones del abuso sexual cometido por sacerdotes pertenecientes al catolicismo estadounidense entre 1950 y 2002: cuántos, con qué frecuencia, el tipo de abuso, la estrategia de depredación, cuántas víctimas, de qué sexo, de qué edad, cómo habían respondido (o no) los superiores de los sacerdotes, qué tan a menudo habían participado las cortes, cuántos acuerdos fueron pagados, y demás entre una gran cantidad de desagradables detalles estadísticos.

Adjunto a tales datos había un amplio análisis de parte de los miembros del Consejo de Revisión, que se las arregló para ser razonablemente imparcial sobre unos temas (el celibato de los sacerdotes y la homosexualidad, sobre todo) que se prestaron a una histeria de guerra cultural tanto dentro como fuera de la Iglesia. Gracias a la labor de los miembros, cualquier periodista o historiador interesado en evaluar el problema del abuso sexual por parte de sacerdotes sin emociones, y cualquiera que busque la verdad sobre una historia polarizadora y escabrosa, puede recurrir a un recuento sobrio y detallado, comisionado por la Iglesia misma.

Desafortunadamente ahora se requiere algo parecido de nuevo. Pero lo que debe encargarse esta vez, ya sea por el mismo papa Francisco, si los obispos estadounidenses no pueden o no lo harán, no es un panorama sintético de un problema sistémico. Más bien la Iglesia necesita una indagación, un fiscal especial —incluso pueden llamarla una inquisición, si así lo desean— para responder a la pregunta muy específica de quién sabía qué y cuándo acerca de los delitos cometidos por el cardenal Theodore McCarrick, y exactamente por qué guardaron silencio.

Las acusaciones en contra de McCarrick hasta este momento son las siguientes: en 1971, como joven sacerdote, el futuro cardenal abusó sexualmente de un monaguillo de dieciséis años —el crimen que más de 50 años después finalmente condujo a su exposición pública como pederasta. Por la misma época, sedujo y acosó a un adolescente que era el primer niño al que había bautizado, cuya familia lo consideraba un amigo cercano— tocándolo y masturbándolo, llevándolo consigo a un restaurante de San Francisco y emborrachándolo antes de toquetearlo, llevándolo también a un campamento de pesca con otros chicos y durmiendo con él desnudo.

Lo mismo que le pasó a ese chico les sucedió a varios seminaristas y sacerdotes jóvenes, mientras el padre McCarrick se convertía en el obispo y luego en el arzobispo McCarrick. La primera acusación escrita (que conocemos) fue presentada por uno de sus sacerdotes en 1994, ante el sucesor de McCarrick como obispo de Metuchen; el sacerdote que hizo el reclamo fue transferido a otra diócesis mientras el ascenso del hombre que abusó de él continuaba.

Para finales de esa década, la conducta sexual incorrecta de McCarrick (aunque quizá no en toda su magnitud) era conocida por suficientes personas como para que un grupo de laicos estadounidenses fuera a Roma a solicitar que no se le designara arzobispo de Washington, D.C., y por lo menos un sacerdote de Nueva York, Boniface Ramsey, envió una carta al Vaticano con una advertencia similar.

Estas peticiones fueron en vano; McCarrick se convirtió en el arzobispo de Washington y luego en cardenal. En ese momento explotó el escándalo de abusos sexuales en Boston y otras partes, y el arzobispo de Washington se volvió la persona paternal y tranquilizadora de referencia para los medios sobre sus pares obispos, haciendo declaraciones de preocupación y condena que, si realmente temiera los castigos del infierno, se habrían convertido en cenizas en su boca.

Luego en 2005 y 2007, dos diócesis de Nueva Jersey llegaron a un acuerdo privado con dos hombres que acusaban de abuso o acoso a McCarrick. Es posible asumir que esto amplió de manera sustancial la cantidad de gente que estaba enterada de sus crímenes. Sin embargo, la Iglesia no dijo nada públicamente sobre estos acuerdos; McCarrick se retiró con su reputación intacta, e incluso se le permitió vivir en un seminario. Ramsey continuó enviando peticiones a sus superiores, incluyendo tanto al finado cardenal Egan de Nueva York (una figura de reputación dudosa respecto del abuso sexual) como al cardenal arzobispo de Boston, Sean O’Malley (cuyo historial y reputación son mucho más sólidos), sin efecto visible.

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En 2013, cuando el papa Benedicto XVI renunció, McCarrick ya era demasiado viejo para votar en el cónclave, pero seguía activo en la política interna de la Iglesia. Cuando se eligió al papa Francisco, se convirtió en un poder detrás del trono, cuyo cabildeo ayudó a elevar a varios de los designados por el nuevo papa a cargos altos dentro de la Iglesia estadounidense, incluyendo al nuevo cardenal obispo de Newark, Joseph Tobin, y al jefe del dicasterio del Vaticano para la vida familiar, Kevin Farrell, dos personas que consideran a McCarrick un mentor.

En otras palabras, dos décadas después de que McCarrick debió haber sido retirado de sus cargos, expulsado del sacerdocio y entregado a las autoridades civiles, estaba en cambio ejerciendo una influencia notable en la Iglesia… hasta el momento en que una vida plagada de delitos finalmente fue arrastrada hacia la luz.

Me parece que esta larga y desagradable historia debería dejar claro por qué el caso McCarrick, aunque se trate “únicamente” de un abusador, merece un recuento amplio y público de los hechos. Durante el transcurso de varias décadas, en un periodo en que no solo los crímenes sino también los encubrimientos devastaron la credibilidad moral de la jerarquía eclesiástica, muchas figuras importantes de Roma y Estados Unidos debieron saber que un hombre que había encarnado la respuesta oficial al escándalo era tan culpable como cualquiera de los sacerdotes cuya conducta él fingió deplorar.

A alguien, o de hecho a muchos, se les debe hacer responsables de este desastre. Esa rendición de cuentas requiere más que declaraciones autoexculpatorias de los cardenales implicados. Requiere juicios —que requieren un conocimiento más certero— que requieren una indagación seria —que probablemente necesita un investigador con un encargo proveniente del mismo papa.

Hay unos cuantos sacerdotes estadounidenses que aún cuentan con plataformas mediáticas, unos cuantos con talentos intelectuales. Sin embargo, muchos de los líderes conceptuales de la Iglesia son importantes solo dentro de la burocracia que manejan y tan invisibles para el feligrés promedio como un vicepresidente regional de Target para el comprador promedio de fin de semana en la tienda. Los desapasionados dentro de su rebaño simplemente no los conocen; los fervientes construyen nuevas instituciones diseñadas específicamente para evadir la vigilancia. Sus intervenciones políticas pasan desapercibidas para los demócratas católicos y para los republicanos católicos por igual. En demasiados casos un cargo que alguna vez dominó ciudades enteras ahora pertenece a hombres invisibles, fantasmas avergonzados que se materializan en un video grabado para la colecta anual.

De ahí la gran ironía del momento en que surgió el caso de McCarrick: que el tipo de crímenes que alguna vez se encubrieron debido al poder y la influencia de los obispos ahora podría hacerse desaparecer rápidamente debido a la oscuridad y falta de relevancia del episcopado.

La pregunta que los dirigentes de la Iglesia deben hacerse, en Estados Unidos pero en especial en Roma, es si están contentos con este acuerdo: felices de ser ignorados siempre y cuando también puedan evadir la responsabilidad por lo que sigue podrido dentro de la Iglesia, felices de pasar su tiempo como servidores de una institución en declive en lugar de exigir la cabeza de los hombres cuya ignorancia culpable causó que el declive sea mucho más pronunciado de lo que debía ser.

Si están lo suficientemente contentos con el mundo tal como es, entonces tendremos más declaraciones de preocupación vacías, más promesas de un nuevo proceso para las acusaciones en contra de los obispos, más juramentos de inocencia e ignorancia. Si no lo están, si pueden imaginar una Iglesia con la autoridad moral restablecida, entonces tendremos una investigación independiente, una invitación a que se presenten testimonios y finalmente la sanción de la misma Iglesia sobre la dura y pesada verdad.

Siempre se puede elegir. Les he presentado la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escojan la vida.

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