Sangre en Gaza

El pasado domingo, los Estados Unidos mudaron su embajada en Israel de Tel Aviv, la anterior capital, a Jerusalén, desatando una oleada de protestas, no solamente entre los palestinos, sino también en sectores judíos dentro de Israel y alrededor del mundo. Sólo el primer día de protestas, soldados israelíes ya habían matado más de 55 palestinos y herido a alrededor de 2,240.

Israel ha dado un paso más en su objetivo de apoderarse de Cisjordania, territorio palestino que Israel reclama como suyo, y de reunificar Jerusalén bajo su control, pasando por alto las restricciones impuestas por la ONU y el no reconocimiento internacional de ese status. Esto es así entre otras razones, por ser Jerusalén una ciudad santa para las 3 principales religiones monoteístas. Los musulmanes, por ejemplo, consideran Jerusalén el lugar de la ascensión de Mahoma al cielo.

Con la medida, se consolida el desplazamiento de los palestinos de sus hogares, con el único y decidido apoyo del presidente norteamericano Donald Trump, quien da un giro de 180 grados a la política seguida por los anteriores gobiernos de este país respecto a la zona.

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El domingo coincidió el cambio de embajada y las protestas palestinas con el día de la Nakba, que conmemora que desde hace 70 años, cuando se fundó el estado de Israel en 1948, alrededor de 700 mil palestinos fueron expulsados de los que fueron sus hogares.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, a pesar del apoyo total de Trump, se enfrenta a varias oposiciones, al decretar por sí y ante sí que Jerusalén sea la capital israelí. Desde luego a prácticamente todo el mundo musulmán, pero también a los judíos que están cansados del conflicto interminable árabe-israelí que ha conducido a varias guerras abiertas y a muchísimas otras acciones bélicas. También se oponen varios países importantes alrededor del mundo.

Netanyahu no la tiene fácil, a pesar del apoyo de Trump. Su oposición radical a cualquier tratado con Irán, su involucramiento creciente en la guerra de Siria, sus medidas unilaterales, sin consenso interno, y la opresión a los palestinos (en Gaza no permiten ni siquiera el libre flujo de ayuda humanitaria) garantiza que la paz en Medio Oriente se vea cada vez más y más lejana

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