La experiencia en la interpretación

No es un secreto, incluso, por el contrario, es una condición conocida del trabajo artístico en cualquiera de sus manifestaciones, que los sedimentos del vivir alimentan las posibilidades expresivas de quienes se dedican a él. Se ha discutido siempre este tema desde la perspectiva crítica, con bandos a los que se adhieren quienes consideran a la obra independiente de su creador y de sus accidentes biográficos y quienes no son capaces de entender la obra si no es a través de sus vínculos con la biografía.

¿Realmente podemos disociar la experiencia de vida de Picasso de su Guernica? ¿Los arrebatados momentos románticos de la historia de Beethoven de su “Heroica”? ¿La significación del mar en el carácter de Melville de su Moby Dick? Si bien es cierto que, por ejemplo, la ficción se traga todo lo real y lo transforma inexorablemente en materia ficticia, también es cierto que es imposible que el creador se deslinde de contaminar con su vida lo creado.

En el caso de los intérpretes escénicos o musicales, es aún más fuerte y necesaria la relación, pues ¿cómo se puede responder a las exigencias que plantean los personajes de Shakespeare o de Verdi si no se ha vivido?

Hace poco tuvimos la visita de la soprano Nadine Sierra en la Ciudad de México, donde ofreció un recital en la sala Nezahualcóyotl de la UNAM. Sierra hizo lo que se esperaba de su muy prestigiada voz, desplegando con tenacidad y minuciosa eficacia las virtudes técnicas de su voz en un programa diverso. Sería enfadoso, y quizá necio, ir en contra de lo que demostró técnicamente. Sin embargo, fueron notorios ciertos altibajos de la expresividad a lo largo de su actuación. En algunas arias, la perfección del intrincado trabajo vocal contrastaba con una emotividad en proceso de maduración. ¿Podríamos aventurar que sus tempranos 29 años no le han permitido experimentar una serie de vivencias que respalden el necesario banco de emociones para enfrentarse a personajes operísticos complejos?

El arte roza la verdad a través de la experiencia de sus creadores, pues aquello que llamamos verdad artística es un contrato que celebran público y creadores, que se afirma sólo cuando estos últimos consiguen proyectar sus propias vivencias bajo las directrices de la obra que se trabaja.

También podría gustarte

Comentarios

Cargando