Marte es un planeta helado, oxidado y embrujado. No podemos dejar de verlo.

Ahí estaba: rojo encapotado en el tablero del cielo, como una luz de advertencia astrológica junto a la Luna de sangre que se asomó el viernes. Marte.

Dennis Overbye

Su brillo convocaba desde 57,6 millones de kilómetros de espacio, un abismo que los humanos han anhelado cruzar desde que saben que las luces en el cielo son lugares. Esta semana, el planeta está más cerca de la Tierra de lo que ha estado en quince años.

Ahora, ese deseo se ha revitalizado —si es que en realidad alguna vez se debilitó— debido al descubrimiento que realizó el orbitador Mars Express de la Agencia Espacial Europea: un lago de diecinueve kilómetros de ancho que se encuentra debajo del casquete polar del sur de Marte. Un oasis para soñadores interplanetarios. Los microbios son conocidos por habitar lagos similares en la Tierra, así que, ¿quién sabe? ¿Será posible que haya bichitos marcianos nadando debajo del kilómetro y medio de hielo que aleja los rayos cósmicos y mantiene el agua marciana en estado líquido?

Marte siempre ha sido el patio trasero de nuestra imaginación, el lugar donde podríamos vivir algún día o desde donde los invasores podrían llegar en platillos voladores para esclavizarnos y robarnos el agua. Nuestros robots ya han cruzado ese espacio una y otra vez.

En los círculos astrobiológicos de la actualidad, no es una locura pensar que la vida que ahora se desarrolla en la Tierra haya comenzado en Marte y después algunos microbios peregrinos llegaron aquí sobre un asteroide errante. Ahora sabemos que el cielo es una infinita cinta transportadora con escoria cósmica que remueve restos de planeta en planeta, incluso de estrella en estrella, como lo personifica, Oumuamua, el cometa deambulatorio que provino de fuera de nuestro sistema solar y pasó alegremente por los planetas el invierno pasado. Con el correr del tiempo, todo llega a todas partes.

Entonces, podríamos ser marcianos, lo cual explicaría nuestra atracción aparentemente interminable por el planeta rojo. El sueño del exilio para volver a lo que quizás alguna vez fue el edén. Elon Musk ha dicho que quiere morir ahí, pero aún no está tan preparado para irse.

Cuando era pequeño, ese lugar me producía tanto terror como curiosidad, después de haber visto los cortos de “Invasores de Marte”. La película mostraba a un niño de mi edad que veía cómo unos platillos voladores descendían en una ladera, y después los habitantes del pueblo, incluidos sus padres, eran secuestrados y convertidos en robots. Mis padres nunca me dejaron ver la película completa.

Le rendía homenaje a la parte de una mitología que data de inicios de ese siglo: Marte era el hogar agonizante de una civilización moribunda de seres superinteligentes —hombrecitos verdes— resguardados por canales que traían agua de los polos. Estas visiones surgieron de un malentendido del trabajo del astrónomo Giovanni Schiaparelli, quien en 1877 creyó ver líneas largas y delgadas que llamó “canali” (“canales” en italiano), las cuales encorsetaban la superficie de Marte. Percival Lowell, un miembro de la alta sociedad y astrónomo, se tomó en serio la idea y procedió a mapear lo que pensó que eran ciudades y canales en el planeta.

Todo ese buen melodrama de ciencia ficción desapareció cuando las imágenes de las naves espaciales mostraron el planeta verdadero: lleno de cráteres y volado por el polvo.

Bien, he aquí algunos datos duros. Marte mide casi la mitad del tamaño de la Tierra, así que la gravedad es más débil, apenas una tercera parte de la que hay en nuestro planeta, así que podrías saltar más alto, eso si puedes respirar hondo. La atmósfera marciana está compuesta principalmente de dióxido de carbono, y de todas maneras hay muy poco, la presión es menor a uno por ciento de la presión del aire aquí. Las temperaturas sobre el suelo van de 30 a -123 grados Celsius. Un día tiene 24 horas, 39 minutos y 35 segundos, y un año consta de 687 días terrestres.

Marte es rojo porque está oxidado. El polvo marciano está lleno de óxido de hierro.

Es, como lo describiría un folleto de viajes, una tierra de contrastes dramáticos: dentro del sistema solar tiene el volcán más grande, 24 kilómetros de alto, y el cañón más largo, 4000 kilómetros de largo y seis kilómetros de profundidad.

Hasta donde sabemos, en esencia lo habitan nuestros propios robots, como los robots exploradores y los Viking que hemos enviado, así como los restos de módulos de descenso perdidos. Los humanos hemos enviado más o menos 45 misiones a Marte, no todas han llegado. Quedan cinco en el tintero planeadas para el verano de 2020, entre ellas iniciativas de China y Emiratos Árabes Unidos.

Si a alguien más le ha interesado, si hay algo parecido a un iPhone alienígena o uno de esos monolitos de la película “2001: Odisea del espacio” en alguna roca del universo, aún no lo hemos encontrado necesariamente.

A partir de tanta exploración, ha surgido una nueva historia, igual de inquietante. Se trata de un planeta que alguna vez fue bañado océanos y esculpido por ríos caudalosos, un mundo que hace mucho tiempo recibía calor de una atmósfera. Sin embargo, algo pasó y Marte perdió sus aguas efervescentes y su aire.

Ahora, solo quedan las riberas desnudas, los filamentos vacíos de los afluentes, las rocas silenciosas y las humedades ocasionales en los costados de los peñascos. Si alguna vez hubo vida, según cuenta la leyenda, murió o se fue al subsuelo.

El lago subterráneo que se acaba de descubrir, si lo confirman futuras observaciones, es tan solo la más reciente en el desfile de las señales esperanzadoras que indican la posible existencia de vecinos en algún lugar del espacio.

A últimas fechas, una gran parte de la emoción sobre la vida extraterrestre ha provenido del sistema solar exterior, donde se ha descubierto que muchas de las lunas de Júpiter, Saturno y otros gigantes gaseosos son mundos con océanos escondidos debajo de casquetes de hielo. Algunos, como Europa de Júpiter y Encélado de Saturno, parecen expulsar columnas de agua y tal vez microbios al espacio.

La NASA está planeando lanzar una sonda a Europa, y muchos astrobiólogos han presionado para que haya un viaje que pase por los chorros de Encélado o para que haya una misión que envíe drones a explorar los lagos de metano de Titán, la luna más grande de Saturno. En realidad, nadie sabe cuál es el aspecto de la vida extraterrestre ni qué necesitará.

Como le gusta decir a Jill Tarter del Instituto SETI en Mountain View, California, quien ha pasado su vida buscando extraterrestres, solo conocemos un ejemplo de vida en el universo: una alucinante red compleja de organismos en la Tierra basados en el ADN.

“Estamos buscando al número dos”, mencionó Tarter.

Aún no sabemos cómo o por qué comenzó la vida en la Tierra o qué tan prevalente es en el universo. Un principio rector entre astrobiólogos optimistas y astrónomos es que, con las condiciones adecuadas, la vida encontrará un camino.

Tal vez no encontremos monolitos o un iPhone alienígena errante. Quizás solo hallemos microbios muertos o huellas fósiles de ellos. Sin embargo, eso sería emocionante: saber que la naturaleza ya había hecho un intento.

No obstante, si están vivos —lo que sea que eso signifique—, entonces nos llegará un tipo de ajuste de cuentas espiritual e intelectual. Según qué tan descabelladas o familiares resulten estas criaturas extraterrestres, podríamos decidir si somos leales a organismos basados en el ADN o a algo incluso más amplio.

Si el arco de la historia cósmica se dobla hacia el planeta rojo, algún día podríamos estar en los zapatos metafóricos de una familia como la que Ray Bradbury retrató en su obra clásica “Crónicas marcianas”. Huyeron en un cohete robado de una guerra nuclear en la Tierra y volvieron a empezar la vida sobre las ruinas de la antigua y desaparecida civilización marciana.

Para compensar el trastorno, el papá ofrece mostrarle un marciano a su hijo. Lo lleva a un canal.

Miran el agua y ven sus propios reflejos.

También podría gustarte
Comentarios
Cargando