Identidad en un mundo virtual

En 2030, 7 mil millones de personas utilizarán internet de forma cotidiana, lo cual equivaldrá a 90 por ciento de la población mundial

Carlos Perusquía

Todos tienen el derecho a ser reconocidos como personas ante la ley, en cualquier parte del mundo, dicta la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Actualmente, más de mil millones de personas no pueden comprobar su identidad ni, por lo tanto, acceder a servicios de salud, seguridad social, educación y finanzas.

Ochoscientos setenta millones de habitantes del planeta viven en pobreza extrema y no tienen acceso a ningún programa de asistencia social, de acuerdo con datos del Banco Mundial.

“La identidad es elemental para oportunidades en materia política, económica y social”, destaca el organismo.

Los Gobiernos que no cuentan con un adecuado sistema de identificación tienen problemas para proveer servicios sociales coordinados, simplemente porque el número de beneficiarios es desconocido y en esa condición es imposible reconocer de manera precisa a las personas, detalla la iniciativa ID 2020.

Esta asociación público-privada tiene el objetivo de resolver el Objetivo 16.9 del Desarrollo Sostenible de la Organización de la Naciones Unidas (ONU), que busca proporcionar una identidad digital a toda la población mundial para 2030. Para esto, se requieren 12 mil millones de dólares, según estimaciones del Banco Mundial.

“Sin una identidad, los individuos comúnmente son invisibles –no pueden votar, acceder a servicios de salud, abrir una cuenta bancaria ni recibir educación– y pueden ser más vulnerables al tráfico de personas”, detalla la ID 2020.

Concepto

La identidad digital se refiere a la suma de todos los datos disponibles en línea de un individuo, sin importar el grado de veracidad, forma o accesibilidad que posean, explica un reporte en la materia elaborado por The Boston Consulting Group.

Esta puede dividirse en tres partes: los datos inherentes, adquiridos y los de preferencias individuales.

El primero se refiere al origen de una persona: nacionalidad, fecha de nacimiento y género. El segundo, a la historia del individuo, como domicilio, registros médicos y reporte de compras. El último se vincula a los intereses y pasatiempos.

Los datos de una persona –lo que le gusta, lo que hace y quién es– están dispersos en el “paisaje digital”; distribuidos en diferentes sistemas, dispositivos de almacenamiento, redes sociales, servidores corporativos y bases de datos gubernamentales. Sin importan donde se encuentren, comparten una misma característica, pueden rastrearse a una persona específica; explica el análisis de la consultora.

También se define como la representación digital de la información conocida de una persona específica, grupo u organización, de acuerdo con la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT).

“Una colección de atributos capturados y almacenados electrónicamente que describen de manera única a un individuo dentro de un determinado contexto y que son utilizados para transacciones electrónicas”, informa el Banco Mundial, la Alianza de una Identidad Segura (Secure Identity Alliance, en inglés) y la Asociación GSMA.

Cibercrímenes

Más de 3 mil millones de usuarios de internet se contabilizaron en 2017, lo que representó 57 por ciento una población mundial, según el último reporte sobre cibercrímenes, elaborado por Cibersecurity Ventures y Herjavec Group.

El análisis estima que para 2030 habrá más de 7 mil millones de cibernautas, 87 por ciento de la población mundial, con una proyección de 8 mil millones de habitantes en el mundo.

El cibercrimen costará aproximadamente 857 millones de dólares por persona al año para 2021, el equivalente a más de 17 mil millones de pesos, conforme a estimaciones del informe.

El impacto per cápita del cibercrimen sería similar al presupuesto de reconstrucción para las escuelas afectadas por los sismos de septiembre de 2017, en México.

Esta cifra incluye daños y destrucción de datos, dinero sustraído, pérdida de productividad, robo de propiedad intelectual, datos financieros y personales, malversación, fraude, desequilibrio del curso del negocio, investigación forense, restauración y eliminación de sistemas hackeados y daño a la reputación.

Actualmente, se pueden vulnerar dispositivos médicos implantables, que son monitoreados por vía remota y están conectados de manera inalámbrica, como desfibriladores que detectan ritmos cardiacos, marcapasos y bombas de insulina.

“(El cibercrimen) no se trata solamente de ‘armas’ electrónicas más sofisticadas, sino también del incremento en el número de humanos y de blancos digitales”, destaca el análisis.

Agujero digital

Uno de cada tres consumidores en línea está consciente de que las industrias recolectan y hacen uso de su información, destaca un reporte de Boston Consulting Group.

Más de 2 mil millones de archivos fueron robados, perdidos o expuestos a nivel mundial en 2017, de acuerdo con el último Breach Level Index.

De los mil 765 incidentes ocurridos el año pasado, 69 por ciento correspondieron a robo de identidad, lo que ubicó esta categoría como la principal en tipo de filtración de datos, pues 600 millones de registros fueron afectados.

Por origen de las filtraciones, los ‘intrusos malintencionados’ causaron 72 por ciento de ellas, aunque representan 23 por ciento de todos los datos afectados.

En términos de la cantidad de registros perdidos, robados o comprometidos, los sectores más afectados fueron el gubernamental (18 por ciento), el tecnológico (16 por ciento) y el de servicios financieros (9.1 por ciento).

El reto

Aún no hay manera de utilizar identificaciones digitales para comprobar nuestra identidad en línea de la misma forma que se hace en el “mundo físico”, detalla la fundación Sovrin.

En la ‘vida real’, una persona constata su identidad al mostrar una o más identificaciones (que contienen datos verificados por una entidad autorizada) a otro ser humano o compañía que necesita cerciorarse de la información mostrada.

Por ejemplo, al rentar un automóvil los empleados cuentan con procedimientos establecidos para poder cotejar los datos mostrados a través de la documentación física, como credencial de elector, pasaporte o licencia de manejo.

“Este mismo proceso no es fácil de duplicar en línea. Para empezar, al otro lado de la conexión de internet no se cuenta con una persona, sino con una máquina. La identificación que se le muestre no es un documento físico que pueda examinar, sino que es una credencial digital”.

Se debe tomar a consideración que para verificar un documento digital se debe resolver la estandarización del formato, para que la máquina lo pueda entender y homologar la forma de comprobar el origen y la integridad del mismo.

Sin embargo, una solución propuesta a esta problemática es la identificación autoregulada (self-sovereign ID, en inglés), un concepto en el que las personas y los negocios pueden almacenar sus datos en dispositivos propios.

Esto parte de la idea de la ‘cadena de bloques’ (blockchain, en inglés), una base de datos distribuida a través de computadoras y que funciona como un libro de contabilidad digital de transacciones.

Aunque esta nueva alternativa para identificarse en el mundo en línea apenas comienza, los avances tecnológicos en la materia posiblemente dictarán la existencia del ser humano en el futuro.

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