‘Fake news’, el nuevo votante

Las ya conocidas campañas sucias –que se posicionaron en 2006– ahora tienen un nuevo aliado: mentiras difundidas como notas

Octavio Cárdenas 

Durante la pasada campaña electoral por la presidencia de Estados Unidos, las llamadas ‘fake news’ (noticias falsas) fueron el ingrediente más destacado.

Ejemplo de ello es una publicación en redes sociales que acusó a la candidata Hillary Clinton de ser parte de una red de pedofilia, la cual fue replicada y compartida desde cuentas falsas –lo que hoy conocemos como ‘bots’– y lograron que el llamado #pizzagate fuera tendencia.

Incluso después de la elección, y aunque la nota fue desmentida en los medios de comunicación tradicionales, la historia siguió difundiéndose.

De hecho, su impacto fue tal que en diciembre pasado, un mes después de que comenzó a circular la nota falsa, Edgar Welch irrumpió con un rifle de asalto en el restaurante donde supuestamente se cometía este delito y en cuyo sótano habrían sido enterrados los cuerpos de las víctimas.

El ataque, sin heridos, terminó luego de que Welch no encontrara pruebas de la supuesta red de pedofilia y se entregara a la policía.

Realidad nacional

En México este fenómeno es cada vez más común y afecta a todos los aspirantes a un puesto de elección popular.

Aunque en nuestro país se alió con un viejo conocido de la política mexicana, las campañas sucias.

Para muestra, un botón.En el caso de Andrés Manuel López Obrador, aspirante por Morena, recientemente se difundió que Alfonso Durazo –quien se integraría a su gabinete como secretario de Seguridad Pública en caso de ganar la elección– es hijo de Arturo Durazo, excomandante de la Dirección federal de Seguridad entre 1976 y 1982, señalado por institucionalizar la corrupción en la policía capitalina.

En realidad, no existe relación entre esos dos Durazo.

En el caso del candidato oficial, José Antonio Meade, se divulgó que previo a dejar la Secretaría de Hacienda aprobó un impuesto a la plusvalía de bienes inmuebles, cuando lo cierto es que dicho gravamen fue propuesto por el Gobierno de la Ciudad de México, en diciembre de 2016 y la iniciativa no prosperó.

Este fenómenos daría sentido a una recién aprobada modificación al Código Civil federal que incluía medios electrónicos y un artículo referente a daño moral. Aunque la reforma se descontextualizó y fue publicada como ‘ley mordaza’ o ‘ley antimemes’, sin importar que se mantenía íntegro el artículo que garantiza la libertad de expresión: “No estará obligado a la reparación del daño moral quien ejerza sus derechos de opinión, crítica, expresión e información, en los términos y con las limitaciones de los artículos 6 y 7 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos”.

Es decir, la reforma fue víctima de ‘fake news’.

Su impacto

Los primeros días de enero se publicó el estudio ‘Selective Exposure to Misinformation: Evidence From the Consumption of Fake News During the 2016 U.S. Presidential Campaign’, realizado en conjunto por expertos del Colegio Dartmouth y de las universidades Princeton y Exeter.

El documento analizó la exposición de las noticias falsas en la elección de dicho año y encontró que si bien el alcance de las noticias falsas fue amplio, también fue superficial.

Tras analizar una muestra de 2 mil 500 estadounidenses, encontraron que uno de cada cuatro consumió noticias falsas, aunque también revisó fuentes oficiales, como medios de comunicación masivos.

Para llegar a tales conclusiones obtuvieron el consentimiento para monitorear su actividad en línea de manera anónima, con ayuda de la firma de análisis YouGov, la cual incluyó visitas a sitios web realizados y hábitos generales de navegación.

Un dato relevante fue que los usuarios mayores de 60 años visitaron en mayor medida sitios de noticias falsas, en comparación con las personas más jóvenes.

Mientras, quienes se identifican con políticas de izquierda vieron más noticias falsas a favor de Trump.

Facebook fue la plataforma más utilizada para difundir y consumir noticias falsas.

Otro estudio, ‘Social Media and Fake News in the 2016 Election’, realizado por investigadores de las universidades de Nueva York y Stanford, descubrió que 10 por ciento de las notas que se consumieron durante ese proceso electoral llegaron a los lectores a través de redes sociales, cifra que aumenta a 40 por ciento cuando se trata de noticias falsas.

De hecho, las redes sociales concentraron 13.8 por ciento como fuente de información, comparable con la televisión abierta ( 14.5 por ciento), y superior a la prensa escrita ( 8 por ciento) y la radio ( 6.2 por ciento).

El estudio concluyó que no es posible medir el impacto real de las noticias falsas en la intención de voto, salvo confirmar la postura que ya tiene el ciudadano respecto a los candidatos.

Lo cierto es que, en nuestro país, no existen estudios respecto a las notas falsas, pero sí se ha demostrado que las campañas sucias aumentan el nivel de abstencionismo, provocando que la elección se defina por la base social que tenga un partido, al ser estos los únicos sufragios que se emiten.

 

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