LOS SABERES DEL TORO
Columnista: Marisol Pérez Servín
Título: “EL RITUAL DE VESTIRSE DE LUCES”
Para vestirse de torero, hay que serlo primero. Al portar el traje de luces, el matador se fusiona con él en una liturgia por demás solitaria en el que se antepone la vocación a la propia vida. Vocación enmarcada por el amor… amor al toro y a la mística que logran ambos en el ruedo.
Este ritual que dignifica la profesión torera y la engrandece, representa un contraste entre la luminosidad que emana del traje y la oscuridad que conlleva el desafío torero.
Precisamente se le llama traje de luces a la vestimenta empleada por los matadores de toros de a pie, pues refleja tras la puesta del sol efectos luminosos que lo hacen brillar. Sin embargo, así como el arte de torear ha evolucionado y modificado sus formas con el andar de los años; el traje de torero también se ha transformado.
Hasta antes del siglo XVII, la profesión torera no era considerada como tal, razón por la cual los lidiadores utilizaban vestimentas de acuerdo al estatus que ocupaban en la sociedad. Es por el siglo XVIII cuando por primera vez en la historia de la tauromaquia, un diestro se enfrenta al burel ataviado con estoque y muleta, haciendo uso de un traje compuesto de calzón, coleto de ante negro, mangas acolchadas con terciopelo del mismo color y cinturón ceñido al cuerpo.
A la par, el toreo a pie toma tanta relevancia como la que tenía el torero a caballo. A mediados de ese siglo, se introducen vestidos color grana con galón blanco y a finales de este, se acompaña con adornos y bordados hasta llegar al traje majo que perdura en nuestros días.
Este traje de seda y oro que define la silueta del torero y lo acompaña en su dualidad de emociones, guarda un encanto adicional en la elección del color. El cromatismo de los vestidos de torear está ligado a la personalidad del torero que elige por ello un color determinado, influido en gran medida por el estado de ánimo y más aún, por la superstición.El grana, color asociado con la valentía y con la sangre, se convierte en tono predilecto de los diestros. En contraparte, se encuentra el amarillo, la mayoría de toreros lo evitan siguiendo una tradición que proviene del teatro: Moliere se indispuso y falleció en una representación de su obra El enfermo imaginario estando vestido de ese color.
El complemento ideal llega con el resto de los componentes que engalanan a un torero. La montera, que también ha sufrido transformaciones, pues en la antigüedad se usaba una redecilla a manera de protección en la cabeza, aparece en el siglo XIX.
La chaquetilla, trabajo artesanal con bordados en oro acompaña la vestimenta, entendida como una casaca corta y rígida, abierta por las sisas para permitir el movimiento de los brazos. Debajo de esta se aprecia la camisa, el chaleco, el corbatín y la faja.
La taleguilla, pantalón muy ceñido al cuerpo para evitar enganchones, debajo de la cual se coloca otro calzón interior y unas medias blancas que van debajo de las rosas de seda. Para cerrar esta obra, el torero viste las zapatillas o manoletinas de color negro.
Así cada tarde, el ritual de vestirse de luces evoca la nostalgia de los sueños, el temor al fracaso y la sed del triunfo. Alguien dijo: “Definitivamente cuesta mucho vestirse de torero, pero nunca tanto como serlo”.
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